lunes, 31 de enero de 2011

EL MISTERIO DE LOS GLOBOS JAPONESES


Por W. H. Wilbur (*)

El bombardeo de Tokio dirigido por el General Doolittle el 18 de abril de 1942 lastimó vivamente el orgullo de los japoneses.

Ansiosos de encontrar un medio de ejercer represalias, concibieron la primera campaña transoceánica con globos de dirección automática que registra la historia. Invirtieron dos años en su preparación, pero en los seis meses que siguieron al 01 de noviembre de 1944 soltaron 9.000 globos de gas ingeniosamente construidos y arreglados para lanzar bombas incendiarias y de fragmentación en los bosques, granjas y ciudades de Norteamérica.

Estas nuevas armas tenían diez metros de diámetro y estaban destinadas a trasvolar el Pacífico a una altura de 9.000 a 11.000 metros, donde las corrientes de aire dominantes marchan hacia América a la velocidad de 150 a 300 kilómetros por hora. Aún cuando una vez puestos en libertad nadie ejercía acción sobre estos globos, ni siquiera por radio, se calcula moderadamente que de 900 a 1.000 llegaron a las costas del continente americano.

Aparecieron a lo largo de todo el Oeste desde Alaska hasta Méjico; casi 200, más o menos completos, fueron hallados en el Noroeste del Pacífico y el Oeste del Canadá; fragmentos de 75 más fueron recogidos en otros lugares o pescados en aguas costeras del Pacífico, y los fogonazos advertidos en el cielo indicaron a los observadores que por lo menos otros 100 estallaron en el aire.

Se han hecho esfuerzos para quitar importancia a este ataque. Pero lo cierto es que señaló un progreso significativo en el arte de la guerra. Por primera vez se lanzaron a través del mar proyectiles desprovistos de dirección humana y realmente capaces de causar grandes daños. Afortunadamente las nieves del invierno eliminaron el riesgo de incendios forestales. Si el asalto de los globos hubiera continuado hasta la temporada veraniega en la cual los vastos bosques del Oeste estadounidense estuvieron como yesca; si los japoneses hubiesen mantenido un promedio de 100 lanzamientos por día, como hicieron en marzo de 1945, y si hubieran equipado los globos con centenares de bombas incendiarias pequeñas en vez de hacerlo con unas pocas de gran tamaño, o con agentes bacteriológicos, tal vez habrían causado estragos.

Los japoneses hicieron los primeros ensayos de globos en cantidad durante la primavera de 1944 lanzando al aire 200. Ninguno llegó a las costas estadounidenses. Los globos que cruzaron con éxito el océano fueron soltados el 01 de noviembre de 1944, y el día 04 del mismo mes recibí el primer informe sobre ellos. Aquel día un barco patrulla de la Armada encontró flotando en el mar un gran trozo de tela desgarrada. Un marinero intentó subirlo a bordo, pero descubrió que tenía sujeta una masa pesada. Como no pudo subir el conjunto, cortó la tela, de modo que el mecanismo y los explosivos se hundieron. Sólo rescató la envoltura; pero como tenía marcas japonesas, nos bastó para hacemos sospechar que el enemigo había introducido en la lucha algún elemento misterioso.

Desde el principio nos dimos cuenta de las posibilidades de la nueva campaña. En consecuencia, requerimos inmediatamente la ayuda de todos los organismos gubernamentales. Avisamos a la Armada y llamamos a la Oficina Federal de Investigación. Advertimos a los guardas forestales que necesitábamos informes de los aterrizajes de globos y de toda fracción de globo o tren de aterrizaje que fuese hallada.

Después del encuentro de la primera envoltura tuvimos que esperar dos semanas antes de rescatar del océano los restos de un segundo globo. Poco después otro, quemado y parcialmente destruido, cayó tierra adentro en Montana. Para mediados de diciembre y a base de muchos datos fragmentarios los técnicos habían descubierto los principios fundamentales del arma, y los artistas la habían diseñado. Más tarde nos sentimos orgullosos al comprobar que nuestra “imitación imaginaria” resultó exacta en todo lo esencial.

Se enviaron fragmentos al Laboratorio Naval de Investigaciones de Washington y al Instituto de Tecnología de California. Se descubrió que la envoltura estaba fabricada con varias capas de papel pergamino grueso pegadas unas a otras con cola vegetal, y que era más eficaz para retener el hidrógeno que las mejores telas cauchutadas para globos hechas en Norteamérica.

Los expertos que examinaron la arena de los sacos de lastre dieron los nombres de cinco lugares del Japón de los cuales tenía que proceder la arena. Se encomendó a la Fuerza Aérea que averiguase lo que ocurría en aquellos lugares. Pronto tuvimos un informe, con fotografías, de uno de esos lugares. Las fotografías mostraban una fábrica en derredor de la cual había varias esferas de color gris perla, al parecer globos de gas que se estaban inflando para emprender el vuelo a América.

Poco después descubrimos uno de los globos grises en las proximidades de una ciudad del Oeste estadounidense. El piloto del aeroplano de la Fuerza Aérea que fue enviado para hacer que el globo descendiera intacto, lo hizo avanzar hacia campo abierto a impulso de ráfagas de aire producidas con la hélice de su avión. Estos golpes de aire ladearon el tren de aterrizaje de modo que se aflojó la llave del hidrógeno y se escapó el gas haciendo que el globo se posara blandamente en tierra. Afortunadamente el mecanismo automático de destrucción no funcionó. Todo se encontró en perfecto estado.

Tiempo después supimos que la construcción de una de esas armas costaba cerca de 800 dólares. Cada globo llevaba aproximadamente 30 sacos de arena de tres kilogramos, los cuales iba dejando caer uno a uno por medio de un dispositivo de trinquete conectado con un barómetro que lo hacía funcionar cada vez que el globo descendía más abajo de 9.300 metros. Otro control automático abría una válvula para dejar escapar hidrógeno cuando el globo de gas se elevaba a más de 11.000 metros. Cada globo llevaba tres o cuatro bombas, una de las cuales por lo menos era incendiaria. Las otras eran bombas de fragmentación de 15 kilogramos y estaban destinadas a causar daños a las personas. Ambos tipos eran gobernados por un mecanismo de lanzamiento dispuesto para funcionar después que todos los sacos de lastre habían caído, porque según la teoría japonesa ya entonces el globo debería estar volando sobre el continente americano. Tenían además otro mecanismo para hacer estallar el globo después de haber sido lanzadas todas las bombas. La circunstancia de que este último mecanismo no funcionó cuando menos en un 10 por 100 de los globos hizo posible que varios fuesen rescatados casi indemnes.

Con cada grupo de globos portadores de bombas los japoneses mandaban uno que daba señales de radio y servía para ir indicando los progresos de la flota a través del océano. Como querían asegurarse de su feliz llegada a América emplearon seda engomada en vez de papel pergamino para la envoltura de estos globos, pues al parecer creían que la seda engomada era mejor material para envases de hidrógeno. Pero ocurrió exactamente lo contrario. Sólo tres globos de seda llegaron a los Estados Unidos.

Después de haber rescatado unos cuantos globos llegamos a la conclusión de que el riesgo de las bombas explosivas no era grande, pero que las incendiarias constituirían grave amenaza durante la temporada de incendios forestales (de julio a fines de septiembre) en la costa del Oeste. Necesitábamos la madera de aquellos bosques, y por consiguiente organizamos tropas especiales de paracaidistas que cooperasen con los guardabosques y los servicios civiles de incendios forestales. En el mejor caso, sin embargo, estas defensas hubieran sido muy débiles.

Entretanto, y para hacer frente a la posibilidad de que los globos fuesen utilizados para sembrar plagas por medio de esporas de enfermedades de las plantas, bacterias de pestes de los animales o tal vez gérmenes de dolencias humanas, alistamos en el programa de defensa a funcionarios de sanidad, veterinarios y autoridades universitarias en agricultura. Se adiestraron escuadras de descontaminación; se establecieron depósitos de desinfectantes, ropas y máscaras en lugares estratégicos. Se pidió con insistencia a agricultores y ganaderos que diesen cuenta de las primeras señales de cualquier enfermedad extraña que atacara su ganado vacuno, lanar o de cerda.

Para impedir que los japoneses conociesen el grado de éxito alcanzado por su campaña, la prensa y la radio de los Estados Unidos y del Canadá aceptaron una censura voluntaria que resultó una de las maravillas de la guerra. Pero al mismo tiempo esta censura nos dificultaba el prevenir al pueblo. En Oregón un grupo de niños que iban en jira campestre encontraron un globo y parece que lo remolcaron e hicieron estallar las bombas. Cinco niños y una mujer murieron.

¿Cómo podíamos prevenir a millones de niños contra un azar semejante y hacer saber a los agricultores y leñadores del Oeste que necesitábamos recibir información y evitar que llegase a conocimiento de los japoneses que la esperaban ansiosamente? Conseguimos ambas cosas por la soberbia cooperación de las autoridades docentes, los maestros, los jefes de policía y los guardas forestales.

Súbitamente, a fines de abril, cesó la invasión de los globos. ¿Habían los japoneses suspendido el ataque por creerlo un fracaso? ¿O se trataba de una calma engañosa antes de un asalto mayor? Pasaron semanas y meses sin que el ataque se repitiera.

Aclaré el misterio tres años después cuando visité el Japón y tuve ocasión de conferenciar con el General Kusaba, a cuyo cargo había corrido la campaña de los globos.

Me dijo que en total se habían soltado 9.000 globos, y que los japoneses calculaban que por lo menos el 10% llegarían a los Estados Unidos y el Canadá. En el Japón se tuvo noticia del aterrizaje inicial en Montana. Pero desde entonces el silencio de la prensa y la radio norteamericanas fue absoluto. Como solamente tenía conocimiento de un aterrizaje en el continente americano, el Estado Mayor japonés empezó a amonestar a Kusaba. Le dijeron muchas veces que su campaña era un fracaso y que estaba derrochando los recursos, cada vez más reducidos, del país.

Por fin, en los últimos días de abril, el General Kusaba recibió orden de suspender totalmente las operaciones. Las palabras del Estado Mayor fueron: “Sus globos no llegaron a América. Si hubiesen llegado, los periódicos hablarían de ello. Los norteamericanos no podrían estarse callados tanto tiempo”

(*) General de Brigada del ejército Norteamericano

Fuente: Historias Secretas de la Última Guerra. Selecciones de Reader´s Digest

miércoles, 26 de enero de 2011

UNA NOCHE QUE NO SE OLVIDARÁ

Por Quentin Reynolds (*)

En Londres habíamos tenido un día despejado y caluroso. Y cuando la tarde se disolvió en las sombras del crepúsculo supimos que la noche sería de cielo sin nubes, tachonado de estrellas, con luna llena. Pero no sabíamos que aquélla iba a ser una noche que cambiaría el curso de la historia. Era el sábado 10 de mayo de 1941.

El número de corresponsales de prensa norteamericanos que estábamos en Londres ascendía a cerca de 50, y éramos en la mayor parte un grupo alicaído. Como Rusia se mantenía apartada, la fuerza aérea nazi estaba desatando toda su furia contra Inglaterra. En sólo el mes de abril los submarinos alemanes habían hundido medio millón de toneladas de la Marina aliada. El Ejército inglés acababa de ser arrollado hacia Egipto y se esperaba que el Canal de Suez fuera la próxima presa del enemigo. Grecia y Yugoslavia se habían perdido y Alemania estaba ganando el dominio de todo el Mediterráneo.

Portsmouth, Southampton, Liverpool y otros puertos yacían heridos casi de muerte, y los astilleros del Clyde estaban totalmente arrasados. Cerca de 43.000 civiles habían perecido. Pero Londres resistía aún, y el pueblo, aunque cansado, mostraba la firme determinación de seguir resistiendo.

Así era como estaban las cosas esa noche de mayo. Una gran parte de los corresponsales vivíamos y trabajábamos en el Hotel Savoy.

Cuando las sirenas de alarma empezaron a aullar ese sábado en la noche, casi no les prestamos atención; era la rutina. Pero una hora después nos dimos cuenta de que no se trataba simplemente de un asalto aéreo, como los anteriores; esa noche la Luftwaffe nos atacaba con todo lo que tenía, aprovechando plenamente la “luna de bombardeo” y el cielo sin nubes.

El Savoy nos había dado a los de la prensa un cuarto del cual encargó a cierto individuo llamado Titch. Nosotros bautizamos el cuarto “la cantina de Titch”. Era éste un tipo rechoncho, de pelo color de arena, que siempre tenía cara de angustia. Su pasión eran los vasos limpios y pasaba todas las tardes sacándoles brillo. Cuando las bombas caían cerca, su expresión de angustia se acentuaba; tenía miedo de que la concusión pudiera romperle los vasos. En una de las varias mesas de nuestro cuarto había un tablero de ajedrez. Dos corresponsales, completamente ajenos a la conmoción de afuera, estaban inclinados sobre él. Un receptor telegráfico de noticias funcionaba monótonamente. Pero su sonido era tranquilizador.

Entre las explosiones casi continuas se percibía un sordo rugido crepitante que invadía nuestro cuarto. Salí afuera. El rugido era más fuerte allí. Al otro lado del Támesis se extendía una sólida sábana de fuego sobre los almacenes y los muelles. En el río, diminutos botes de incendio lanzaban a las llamas plumas de agua lamentablemente pequeñas; el agua parecía alimentar las furiosas lenguas de fuego, que cada vez subían más y más.

Bob Post, corresponsal del Times de Nueva York, salió del hotel.

—La Real Fuerza Aérea dice que esta noche hay más de cuatrocientos atacándonos. Son muchos aviones.
—¿Ya hemos tumbado algunos?
—Ocho solamente. El fuego antiaéreo no puede subir lo bastante para alcanzarlos. (Pocos meses después el fuego antiaéreo de Berlín llegó lo bastante alto para alcanzar el B-17 en que iba Bob Post. Y Bob pereció).

Volvimos adentro. Los dos corresponsales seguían absortos en su partida de ajedrez. Tomé entre los dedos la cinta de papel amarillo que salía del receptor telegráfico. Aquel aparato era como un eslabón que nos unía con un mundo estable situado a 5.000 kilómetros de distancia.

El gran edificio del Savoy, todo hormigón y acero, se estremeció y el estallido de una poderosa explosión que llenó nuestro cuarto nos hizo tambalear un poquito y nos dejó zumbando los oídos. La ráfaga de la explosión penetró como un torbellino, y aunque su fuerza se había disipado tenía aún la vibración necesaria para hacer bailar los chispeantes vasos de la cantina de Titch. Siete de ellos cayeron al suelo y se hicieron pedazos. Titch renegó en voz baja:

—Nunca podré reemplazar estos malditos vasos. ¿En qué parte de Londres puede uno encontrar hoy vasos?

Dos corresponsales entraron en el cuarto dando traspiés. Tenían la cara demacrada, la ropa en jirones, las manos cubiertas de arañazos. Vivían en una de las casas de madera de una larga fila, en Chelsea. Una bomba de gran capacidad había estallado allí y destruido todas las casas, excepto la suya; había matado a casi todo el mundo, menos a ellos. Venían de ayudar a los bomberos a sacar los heridos de las casas en llamas. Titch salió de detrás del mostrador con una botella de coñac en la mano.

—No tengo yodo, dijo echándoles coñac en los arañazos. Pero el coñac es buen desinfectante.

Uno de los corresponsales vio la etiqueta de la botella y retiró la mano. “¡Coñac de tres años, Titch!, gruñó fingiendo cólera. ¡Tú sabes que yo nunca toco coñac que tenga menos de doce años!”

Todos hablábamos alto porque la explosión nos había ensordecido un poco. Pero aún podíamos oír el telégrafo. Nada paraba su impasible clic-clack, clic-clack.

Llegaron más noticias. Parecía que todo Londres estaba ardiendo. Las horas pasaban cojeando, con pies de plomo. La telefonista del Savoy llamó para decimos que todas las líneas estaban interrumpidas. Quedamos aislados en nuestro pequeño oasis.

Los ascensores seguían prestando servicio y Ed Beattie, de la United Press, y yo subimos a la azotea. Aquello era como una isla rodeada por un mar de fuego. Centenares de reflectores exploraban el aire con sus largos dedos blancos, y el áspero ruido de los aviones alemanes en la altura era un insistente moscardón sombrío que no podía uno apartarse de los oídos; era como el zumbido de un millón de mosquitos.

—Parece que han hecho blanco en la Cámara de los Comunes, dijo Beattie señalando hacia allá. Bombas de iluminación brillantemente blancas descendían con lentitud en sus paracaídas, delineando a Londres para la puntería de los bombarderos. A la derecha, la enorme cúpula de San Pablo destellaba bañada por la luz blanquecina. Era como una especie de postre gigantesco y parecía que una salsa de coñac ardiendo lo rodeara. Indudablemente, la parte de Londres conocida como la City había sido arrasada por las llamas.

—Esta es una fecha que nunca olvidaremos —dijo Beattie con tristeza.

Para ambos era como si estuviésemos a la cabecera de un amigo moribundo. Habíamos llegado a encariñarnos con Londres y con la gente de Londres, y nos sentíamos allegados de la vieja ciudad heroica.

Ahora nos tocaba verla agonizar. De ello no había duda, pensamos. Fragmentos de metralla de los cañones antiaéreos empezaron a caer en la terraza. Como ni Beattie ni yo éramos héroes, bajamos.

Uno de los bombarderos “Heinkel III”, en vuelo de guerra sobre Londres, disponiéndose a bombardear instalaciones situadas a lo largo del Támesis. Foto Keystone. Londres.

El humo había penetrado en nuestro cuarto y todas las personas que había allí tenían un aspecto extraño: el humo y el hollín les habían puesto una grotesca máscara. Llegaban de continuo noticias fragmentarias. El Ministerio de Información decía que los alemanes habían causado por lo menos 3.000 incendios y que el número de bajas entre los bomberos y los vigilantes aéreos era muy crecido. Dos mil personas, por lo bajo, habían perecido. Setenta almacenes y fábricas estaban reducidos a cenizas... y entonces, inesperadamente, un agudo alarido atravesó el rugir de las llamas. Nos miramos unos a otros, incrédulos... Todo había pasado. Era la señal de fin de alarma. La aurora, el gran enemigo del bombardero nocturno, había llegado, por fin. Pero en nuestro sentir había llegado demasiado tarde.

Salimos afuera y caminamos por el Strand. Una densa cortina de humo pesaba sobre la ciudad. Hombres y mujeres con el rostro tenso y los labios mustios salían del subterráneo y los refugios antiaéreos. Muchos llevaban niños dormidos. Las llamas de las casas incendiadas se alzaban aún y pudimos ver que, evidentemente, éste había sido el peor ataque aéreo de la guerra.

Caminamos hasta la Cámara de los Comunes. Las llamas ya habían sido dominadas, pero el humo seguía saliendo en espirales del techo. Un automóvil se detuvo, y un individuo rechoncho, con un gran cigarro en la boca, echó pie a tierra y entró en la Cámara. Pocos minutos después volvió a salir con expresión de cólera en el rostro.

Los ojos de Churchill parecían mirar sin ver cuando regresó al automóvil.

Fuimos luego al Ministerio de Información. Algunos de nuestros colegas estaban allí. Un vigilante aéreo entró a pasos elásticos en el cuarto. No parecía estar desalentado. Por el contrario, sonreía.

—¡Qué noche hemos tenido!, dijo con típica sobriedad inglesa. Hicieron mucho daño. No le acertaron a la estación de energía de Battersea, pero volaron casi todo lo demás. El agua ha fallado; están tratando de bombear agua del Támesis, pero antes de veinticuatro horas no se podrán dominar los incendios. Probablemente a ustedes les pareció esto malo, caballeros, y fue muy malo en verdad, el peor “blitz” que hemos tenido, pero, caballeros, agregó tranquilamente, yo creo que esta noche ganamos la guerra.

Lo miramos alarmados. ¿Se habría vuelto loco? Él vio la expresión de nuestras miradas y sonrió.

—Ustedes nos han oído decir en el Ministerio del Aire, que siempre que nosotros podamos causarle diez por ciento de bajas a una escuadrilla aérea de los alemanes estamos ganándoles. Ninguna fuerza aérea puede resistir tal desgaste por largo tiempo. Hemos calculado que unos 450 aviones alemanes tomaron parte en el ataque. La información, incompleta aún, muestra que tumbamos 45 de ellos, o sea el 10 por 100, y esta cifra peca de moderada. Es la primera vez que hemos podido causar daño de tales proporciones en un ataque de esta clase. Lo cual significa que nuestros cazas nocturnos, con sus nuevos aparatos de detección, han sido un éxito completo. Alemania no puede permitirse perder 45 tripulaciones adiestradas en un solo ataque.

“Sí, caballeros; nosotros, los de la Fuerza Aérea, estamos enormemente contentos. Ustedes quizás recordarán esta noche como la más horrible que han pasado en su vida. Nosotros la recordaremos como la noche en que mostramos a los alemanes la inutilidad de sus asaltos nocturnos. Tal vez se la recuerde como la noche en que se salvó Inglaterra.”

Salimos del edificio pensando en lo que acabábamos de oír. ¿Podría ser cierto lo dicho por el vigilante aéreo? ¿Había en verdad sobrevivido Londres? La cortina de humo estaba empezando a levantarse y un sol alegre y vivo lanzaba sus rayos a través de ella. Por increíble que parezca, había una docena de taxis frente al edificio del Ministerio. Todos los choferes parecían contentos. Tomamos uno de esos taxis para volver al Savoy. Algunas calles estaban intransitables. Tuvimos que dar unos cuantos rodeos. Pero los incendios se habían apagado. Cuadrillas de trabajadores se ocupaban ya en componer las cañerías maestras del agua. Los autobuses circulaban como de costumbre por el Strand.

Dos muchachos muy risueños, con uniformes de la Fuerza Real Aérea, estaban en la cantina de Titch. Nosotros los conocíamos. Eran pilotos de cazas nocturnos estacionados en las afueras de Londres. Habían estado de servicio toda la noche.

—¡Dicen que solamente tumbamos 45!, apuntó uno de ellos, riendo desdeñosamente. Seguro que tumbamos 45, y cerca de 60 más, probablemente. Los alemanes no volverán a volar sobre Londres. Si tienen sentido común, no volverán.

—Tenemos un nuevo aparatito que nos guía derecho a ellos, dijo el segundo seriamente. Es un secreto de guerra, y una gran cosa, créanmelo.

El vigilante aéreo tenía razón.

Titch entró tarareando “siempre habrá una Inglaterra...”. Traía una gran bandeja con tazas de té y platos de tostadas. Aquella canción no había alcanzado mucha popularidad en Londres. El público la encontraba cursi. Pero no parecía cursi ahora. Quizás fuera la verdad pura y sencilla. Quizás Inglaterra fuese indestructible. Si había podido sobrevivir a una noche como esa, podía sobrevivir a cualquier cosa.

¿El 10 de mayo de 1941? Fue la noche en que la marea cambió. Sí, los historiadores se detendrán en esa fecha uno de estos días. Se darán cuenta al fin de que en esa fecha Inglaterra fue salvada. No se desplomó, como los pesimistas habían estado anunciando desde hacía meses. La golpearon cruelmente y sufrió unas cuantas heridas superficiales, pero fue más fuerte de lo que había sido nunca.

El 10 De Mayo De 1941... Una Noche Que No Se Olvidará.

La catedral de San Pablo, en el corazón de la City londinense, luego de la tremenda noche del 29 al 30 de diciembre de 1940, cuando los bombardeos alemanes a Inglaterra adquirieron Su máxima violencia. Foto Keystone. Londres.

(*) Nació el 11 de abril de 1902en Nueva York. Periodista que se desempeñó como corresponsal de guerra durante la II Guerra Mundial. Murió en San Francisco el 17 de marzo de 1965

Fuente: Historias Secretas de la Última Guerra. Selecciones de Reader´s Digest

YO COMANDÉ EL ASALTO A PEARL HARBOR

Por El Capitán Mitsuo Fuchida (*)

“Ha sido usted designado para comandar la fuerza aérea en caso de ataque a Pearl Harbor.”

Sin poderlo evitar me quedé sin aliento. Estábamos a fines de septiembre de 1941 y, si continuaba aumentando la tirantez de la situación internacional, el plan de ataque debía ejecutarse en diciembre. Si la fuerza había de estar debidamente preparada para aquella importantísima misión, no quedaba tiempo que perder.

Después de someter al personal al adiestramiento más riguroso, los aeroplanos fueron llevados a sus respectivos portaaviones hacia mediados de noviembre. Para no llamar la atención, los portaaviones salieron uno a uno y por diferentes rutas, rumbo a las Islas Kuriles; y a las seis de la oscura y nebulosa mañana del 26 de noviembre nuestra escuadra de ataque, integrada por 28 navíos, entre ellos seis portaaviones, zarpó de dichas islas.

El Vicealmirante Nagumo, Jefe Supremo de las fuerzas de ataque a Pearl Harbor, llevaba las instrucciones siguientes: “En caso de que tengan éxito las negociaciones en curso con los Estados Unidos, las fuerzas de su mando regresarán inmediatamente a la patria”. Pero las dotaciones de los buques, ignorantes de aquellas instrucciones, gritaron “¡Banzai!” al echar una mirada, que podía ser la última a las costas japonesas. El entusiasmo y el belicoso ánimo de aquellos hombres saltaban a la vista. Me era imposible, no obstante, desechar la duda íntima de que el Japón tuviese la necesaria confianza en sí mismo para llevar a cabo una guerra.

Con objeto de quedar fuera del alcance de las patrullas aéreas estadounidenses, algunas de las cuales tenían al parecer 1.000 kilómetros de radio de acción, seguimos la ruta media entre las Aleutas y la Isla de Midway. Mandamos en descubierta tres submarinos para que nos hicieran saber si había barcos mercantes a la vista, con objeto de cambiar de rumbo y evitar su encuentro. Nos manteníamos en constante alerta contra submarinos estadounidenses.

Aún cuando los radiotransmisores de la escuadra guardaban estricto silencio, escuchábamos las estaciones de Tokio y Honolulú para ver si daban alguna noticia del estallido de la guerra. Desde el 27 al 30 de noviembre se celebró diariamente en Tokio una conferencia de enlace entre el gobierno y el alto mando para tratar de la propuesta hecha el día 26 por los Estados Unidos. Los conferenciantes llegaron a la conclusión de que, si bien dicha propuesta era un ultimátum destinado a subyugar al Japón y hacer inevitable la guerra, había que continuar haciendo esfuerzos en favor de la paz “hasta el último momento”.

La decisión de ir a la guerra se tomó en una conferencia imperial el 01 de diciembre. El día 02 el estado mayor dio la siguiente orden: “El día X será el 08 de diciembre” (El 07 de diciembre en Hawaii y los Estados Unidos). La suerte estaba echada. Nos dirigimos a toda prisa hacia Pearl Harbor.

¿Por qué se escogió aquel domingo para día X? Porque, según nuestros informes, la escuadra estadounidense solía regresar a Pearl Harbor todos los fines de semana después de los períodos de adiestramiento en el mar, y también porque se quería coordinar el ataque con las operaciones sobre la Península de Malaca (incursiones aéreas y desembarcos) proyectadas para aquel día.

Los informes del espionaje sobre la situación y movimientos de la escuadra estadounidense nos llegaban desde Tokio. Uno del 07 de diciembre (06 de diciembre en Hawaii) decía: “No hay globos en Pearl Harbor ni se han tendido redes protectoras contra torpedos en torno a los acorazados. Todos los acorazados están en el puerto. La radio enemiga no indica que vuelen patrullas de vigilancia en la zona hawaiana. El portaaviones “Lexington” salió ayer del puerto. Se cree que también el “Enterprise” está en maniobras en alta mar”.

Aproximadamente a la misma hora recibimos el mensaje del Almirante Yamamoto: “De esta batalla dependen el triunfo o la ruina del Imperio. Que todos pongan el máximo empeño en cumplir con su deber”.

Nos encontrábamos a 230 millas al Norte de Oahu, isla en que está Pearl Harbor, poco antes de amanecer el 07 de diciembre (hora de Hawaii), cuando los portaaviones viraron en redondo y pusieron proa al viento norte. Ya ondeaba en lo alto de cada mástil la bandera de combate.

La fuerte inclinación y el bamboleo de las cubiertas de vuelo nos hacían dudar que fuera prudente despegar en la oscuridad. Me pareció que los aviones sí podían despegar. Las cubiertas de vuelo vibraron con el bramido de los motores que se estaban acabando de calentar.

Luego, con una lámpara verde que describía un círculo, se dio la orden: “¡Despegar!” Los bramidos del motor del primer caza fueron in crescendo... y súbitamente el avión despegó sin tropiezo. Cada vez que un avión se lanzaba al aire, la gente lo vitoreaba ruidosamente.

A los quince minutos, 183 cazas, bombarderos y aviones torpederos habían despegado de los seis portaaviones y se formaban en el cielo todavía oscuro, sin otra orientación que las luces de señales de los aviones guías. Después de volar en círculo sobre la escuadra en formación, pusimos rumbo al Sur, hacia Pearl Harbor. Eran las 06:15 de la mañana.

Bajo mi mando inmediato había 49 bombarderos. A mi derecha y un poco más abajo 40 aviones torpederos; a mi izquierda y unos 200 metros más arriba, 51 bombarderos de picada; la fuerza protectora de la formación estaba constituida por 43 aviones de caza.

A las 07:00 calculé que deberíamos llegar a Oahu en menos de una hora; pero como volábamos sobre espesas nubes, no podíamos ver la superficie del agua y, por tanto, nos era imposible comprobar la desviación. Busqué en la radio la estación de Honolulú y no tardé en oír la música. Volví la antena y encontré la dirección exacta de donde venía la emisión, lo cual me permitió rectificar el rumbo. Nos habíamos desviado cinco grados.

Luego oí el parte meteorológico de Honolulú: “Cielo parcialmente nublado, con la mayor parte de las nubes sobre las montañas. Visibilidad, buena. Viento Norte, diez nudos”.

¡La fortuna nos sonreía! No era posible haber imaginado condiciones más favorables. Las nubes tendrían boquetes por los cuales pudiéramos ver la isla.

A eso de las 07:30 las nubes se rasgaron de pronto y divisamos larga línea de costa. Nos encontrábamos sobre la punta de Oahu. Había llegado la hora de desplegamos.

El informe de uno de los dos aviones de reconocimiento que se habían adelantado, nos comunicó la posición de diez acorazados, un crucero pesado y diez cruceros ligeros. Cuando nos dirigíamos hacia nuestros objetivos se despejó el cielo y empecé a examinar con los gemelos nuestros presuntos blancos. Allí estaban, en efecto, los buques. “Comunique a todos los aviones, ordené a mi radiotelegrafista, que empiecen el ataque”. Eran las 07:49, Las primeras bombas cayeron en el aeródromo de Hickam, donde estaban formados los grandes bombarderos. Los siguientes lugares alcanzados por nuestros proyectiles fueron la Isla de Ford y el aeródromo de Wheeler. Al poco rato empezaron a elevarse de las tres bases enormes masas de humo negro, Mi grupo de bombarderos se mantuvo al Este de Oahu, más allá de la punta meridional de la isla. En el cielo no se veían más que aviones japoneses. Los buques del puerto parecían dormidos todavía. La radio de Honolulú continuaba transmitiendo su programa con toda normalidad. ¡Habíamos logrado sorprenderlos!

Las unidades navales americanas en la rada de Pearl Harbor el 07 de diciembre de 1941.

La noche anterior al famoso ataque, un submarino japonés de bolsillo captó la posición de todas las naves, y la comunicó luego a los mandos de la flota aérea nipona.

Consciente de la ansiedad de nuestro Estado Mayor, di orden de enviar a la escuadra el siguiente mensaje: “Hemos conseguido ataque por sorpresa. Ruego envíen este parte a Tokio”,

Pronto empecé a ver surtidores de agua alrededor de los buques. Nuestros aviones torpederos estaban en funciones. Ya era tiempo de que entraran en acción los bombarderos. Ordené, por lo tanto, a mi piloto que hiciese una pronunciada inclinación lateral, lo cual era la señal de ataque. Mis diez escuadrillas quedaron formadas en una sola columna con intervalos de 200 metros: una formación espléndida.

Cuando mi grupo empezó el bombardeo, las baterías antiaéreas de los buques y la costa revivieron repentinamente. Surgieron acá y allá grandes vellones grises oscuros que se fueron multiplicando hasta nublar el cielo. Los proyectiles estallaban tan cerca de nuestros aviones que éstos se estremecían. Me asombró la celeridad del contraataque, que no tardó en producirse cinco minutos después de haber caído la primera bomba. La reacción japonesa no hubiera sido tan rápida; el carácter japonés es adecuado para la ofensiva, pero no se adapta tan pronto a la defensiva. Mi grupo se dirigió al “Nevada”, que estaba anclado al extremo Norte de la fila de acorazados, al Este de la isla de Ford. Ya estábamos para soltar las bombas cuando nos metimos entre nubes. El piloto de nuestro bombardero guía empezó a mover las manos de atrás adelante para indicamos que teníamos que pasar sin descargar las bombas. Entonces volamos en círculo sobre Honolulú en espera de otra oportunidad. Entretanto, otros grupos iniciaron maniobras de ataque, pero algunos tuvieron que hacer hasta tres intentonas antes de conseguir soltar las bombas.

De pronto hubo una explosión colosal en la fila de los acorazados. Una enorme columna de humo rojizo oscuro se elevó unos 300 metros y una violenta conmoción llegó en ondas hasta nuestro avión. Debía de haber saltado un polvorín; el ataque estaba en su apogeo; el humo de los incendios y las explosiones cubría casi todo el cielo sobre Pearl Harbor.

Examinando la fila de acorazados con los gemelos, vi que la gran explosión había ocurrido en el “Arizona”, Estaba envuelto en llamas, y como el humo que despedía ocultaba al “Nevada”, que era el blanco de mi grupo, busqué otro buque al cual atacar, El “Tennesee” estaba ya ardiendo, pero después de él se hallaba el “Maryland”. Di orden de hacer a este último buque objeto de nuestra puntería y volvimos a metemos en la cortina de fuego antiaéreo. Cuando nuestro bombardero guía dejó caer su carga, pilotos, observadores y radiotelegrafistas de los otros aparatos gritaron a una: “¡Descarguen!”... y soltamos todas nuestras bombas. Me tiré inmediatamente al suelo para observar por la mirilla. Cuatro bombas en perfecta formación se hundían en el espacio como demonios destructores. Fueron haciéndose más y más pequeñas y por fin desaparecieron, a tiempo que unos destellos blancos surgían del acorazado o de sus inmediaciones.

Vistas desde gran altura, las bombas que yerran el blanco son mucho más visibles que los impactos directos, porque forman en el agua grandes ondas concéntricas fácilmente perceptibles. Al observar dos de aquellos círculos y dos pequeños destellos, grité: “¡Dos impactos!” Quedé plenamente convencido de que habíamos causado considerables daños.

Ordené el retorno a los portaaviones de los bombarderos que habían completado sus ataques, pero yo continué volando sobre Pearl Harbor, tanto para observar como para dirigir operaciones que todavía estaban en curso.

Pearl Harbor y sus alrededores eran la viva estampa del caos. El “Utah” había zozobrado. El “West Virginia” y el “Oklahoma”, con los flancos medio volados por los torpedos, escoraban pesadamente en inmenso charco de aceite. El “Arizona” se inclinaba marcadamente a un lado y era pasto de furiosas llamas. El “Maryland” y el “Tennesee” ardían. El “Pensylvania”, varado en el dique seco, estaba ileso. Era, sin duda, el único acorazado al cual no habíamos atacado.

Durante el ataque, muchos de nuestros pilotos pudieron observar los valerosos esfuerzos de los aviadores estadounidenses para lanzarse al aire con sus aviones. Aunque eran muy inferiores en número, no vacilaron en entablar desigual combate con nuestras fuerzas. Los resultados que obtuvieron fueron insignificantes, pero su valor suscitó nuestro respeto y admiración.

Los aeroplanos de nuestra primera tanda de ataque tardaron como una hora en cumplir su misión. Cuando emprendieron el regreso a los portaaviones, después de haber perdido tres cazas, un bombardero de picada y cinco aviones torpederos, ya estaba entrando en juego la segunda tanda de 171 aviones.

Ya entonces las nubes y el humo cubrían de tal modo el cielo, que los aviones localizaban difícilmente sus objetivos. Para complicar aún más sus problemas, el fuego antiaéreo de los buques y de tierra era ya muy intenso.

El segundo ataque alcanzó extenso radio de acción, hizo blanco en los acorazados menos damnificados por el primero y en los cruceros y destructores que habían salido incólumes. También este ataque duró una hora, pero a causa del creciente fuego enemigo tuvimos más bajas: 6 cazas y 14 bombarderos de picada.

Cuando las fuerzas del segundo ataque hubieron emprendido el regreso a los portaaviones, volé sobre Pearl Harbor una vez más para observar los resultados y sacar fotografías. Conté cuatro acorazados definitivamente hundidos y tres seriamente averiados. Otro parecía estarlo ligeramente, y los daños causados a los buques de otros tipos eran considerables. La base de hidroaviones de la isla de Ford era una hoguera y también los aeródromos, sobre todo el de Wheeler.

No era posible determinar los daños causados a los aeródromos por impedirlo la capa de humo denso que los cubría, pero no cabía duda de que habíamos destruido buena parte de las fuerzas aéreas de la isla. En las tres horas que mi avión estuvo volando por aquella zona no tropezamos con un solo avión enemigo. Quedaban, sin embargo, varios hangares intactos, y nada tendría de particular que en alguno de ellos hubiera todavía aparatos utilizables.

Mi avión fue uno de los últimos en reintegrarse a la escuadra. Cuando llegué, ya se estaban formando en las cubiertas de vuelo los aviones reabastecidos de combustible y proyectiles para lanzar un tercer ataque. Enseguida me llamaron al puente. Mientras esperaban mi informe, los miembros del Estado Mayor del Almirante Nagumo habían estado discutiendo acaloradamente si convenía o no lanzar otro ataque.

“Cuatro acorazados están definitivamente hundidos, informé. Hemos causado gravísimos quebrantos en aeródromos y bases aéreas, pero hay todavía muchos objetivos que deben ser atacados.”

Recomendé con insistencia el tercer ataque, pero el Almirante Nagumo, tomando una decisión que ha sido desde entonces objeto de muchas críticas por los expertos navales, optó por retirarse. Inmediatamente se izaron las banderas de señales y nuestros buques salieron rumbo al Norte a toda marcha.


(*) Oficial de la Antigua Armada Imperial Japonesa. Nació en 1902. Conocido por haber dirigido el primer ataque a Pearl Harbor. Después de la guerra quedó en un estado moral muy quebrantado, con un odio insano hacia los americanos y muy desilusionado de cómo se habían conducido los hilos de la guerra. En 1949 conoció a un misionero cristiano americano, llamado Jacob DeShazer, durante el período de reconstrucción del país y se convirtió del budismo al cristianismo Falleció a consecuencia de la diabetes en 1976 a la edad de 74 años en Kashiwara, distrito de Tokio.

Fuente: United States Naval Proceedings

lunes, 3 de enero de 2011

PIERRE CLOSTERMANN, UN AS FRANCÉS MARAVILLADO POR EL VALOR DE LOS PILOTOS ARGENTINOS
















El coronel de la Fuerza Aérea Francesa Libre Pierre Clostermann


Pierre Clostermann nació el 28 de febrero de 1921 en Curitiba, Brasil, siendo hijo de un diplomático francés. Residió y estudió en los EE.UU., hasta su ingreso a la Fuerza Aérea Francesa, durante la II Guerra Mundial. Posteriormente, fue escritor, ingeniero y político. Ya graduado del Colegio Ryan de Los Ángeles, California, Clostermann, se alistó en la Fuerza Aérea Libre Francesa en 1942, luego de haber escuchado a Charles De Gaulle, en su famoso llamado a formar las “Fuerzas Francesas Libres”, para que, junto con los aliados, contribuyeran a liberar el territorio francés y el europeo de la invasión nazi.

Ya con un título de Ingeniero Aeronáutico y residiendo en los Estados Unidos, el 18 de marzo de 1942, con 21 años, se enroló en las Fuerza Aérea Libre de Francia en el escuadrón de cazas 341 “Alsacia”. "Siento una aguda mezcla de curiosidad y de angustia. El deseo de saber cómo reaccionaré frente al peligro, el deseo un poco malsano de conocer el miedo, el verdadero miedo, el del individuo solo frente a la muerte". Éstos eran los sentimientos de Pierre Clostermann ante su primera misión como piloto de guerra, a los mandos de un Spitfire. Así los transcribe en ese inolvidable libro que es Le Gran Cirque, souvenirs d'un pilote de chasse français dans la RAF (Flammarion, 1948).

Sus primeras victorias las obtuvo el 27 de julio de 1943 sobre Triqueville (en las proximidades del Havre, Francia) contra los FW-190 A-6 de la escuadrilla Richtofen que comandaba el Mayor Von Graff. El piloto francés, a los mandos de un aparato Spitfire (de origen inglés), consiguió aquella jornada dos derribos. Un mes después, Clostermann tuvo algunos problemas con sus compañeros de escuadrón debido a su implicación en la muerte del líder de escuadrón y uno de los aviadores más famosos de las fuerzas gaullistas, René Mouchotte por lo que pidió y obtuvo su transferencia al escuadrón Nº 602 “City of Glasgow”, integrado por aviadores de diferentes países aliados, y luego voló en los Tempest V (a su aparato, con el que consiguió 14 de sus derribos, lo bautizó “Le Grand-Charles”). Posteriormente vendrían las operaciones para neutralizar las bombas volantes V-1.

En octubre de 1943, Clostermann comenzó su exitosa carrera de as. En ese escuadrón voló numerosas misiones que incluyeron intercepciones aéreas, escolta de bombarderos, intercepción a gran altura sobre la base naval de la Marina Británica en Scapa Flow, ametrallamiento o bombardeo de los sitios de lanzamiento de las V-1. Pierre Clostermann participó en el Día D y fue uno de los primeros pilotos en aterrizar sobre suelo francés liberado, el 18 de junio de 1944, exactamente 4 años después del llamado de Charles pronunciado por la radio instando a los franceses a proseguir la lucha. Un tiempo después, Clostermann fue condecorado con la Distinguished Flying Cross (DFC) y luego reasignado al Cuartel General de la Fuerza Aérea Francesa.

En el mes de diciembre de 1944, extrañando la acción, Clostermann retornó a los escuadrones de primera línea ignorando las órdenes formales de Charles de Gaulle, que quería preservarlo como un modelo viviente de la nueva Francia. Voló el nuevo Hawker Tempest Mk. V con el escuadrón Nº 274 de la RAF en misiones de caza y ataque. El 24 de marzo de 1945, Clostermann resultó herido en la pierna alcanzado por el fuego de un flak alemán y fue hospitalizado por una semana tras un aterrizaje forzoso. A partir del 8 de abril de ese mismo año se convirtió en el líder del escuadrón Nº 3 de la RAF, y el 27 de ese mismo mes en el comandante provisorio del Ala Nº 122 de la RAF. El 27 de julio de 1945, Clostermann se retiró de la RAF. En 432 salidas, Pierre Clostermann derribó 23 aviones enemigos, en su mayoría cazas, y 5 más probables. Además, él dice haber destruido 225 camiones, 72 locomotoras o vagones, 5 tanques y 2 buques torpederos. Muchas referencias le acreditan entre 29 y 33 victorias aéreas.










Pierre Clostermann se despide en 1945 de su Hawker Tempest V “Le Grand-Charles”

Estos probablemente incluyan sus “victorias en tierra” (aviones destruidos en los aeródromos, no en vuelo) que no eran reconocidos por la RAF. Sin embargo, recientes análisis más detallados de sus reportes de combate y de los registros de su escuadrón indican que su verdadero record era de 11 destruidos y 7 probables, lo que da un total de entre 15 y 18. Ya casi sobre el final de la guerra, el 3 de mayo de 1945, sobre el estrecho de Fenhmarn, logrará diversas victorias. El 27 de abril le nombran comandante de escuadrilla del ala 122 de cazas. Cuando se recupera la paz, la foja de Pierre Clostermann indica 2.000 horas de vuelo, 600 en misiones de guerra y un total de 420 salidas operacionales.

Luego de la guerra, Clostermann continuó su carrera como ingeniero, participando en la creación de la empresa francesa Reims-Aviation, actuando como representante de la firma norteamericana Cessna y trabajando para las industrias francesas Renault. Paralelamente, Clostermann tuvo una exitosa carrera política, siendo elegido para la Asamblea Nacional Francesa durante 8 periodos entre 1946 y 1969. También se re-enlistó nuevamente en la Armée de l'Air (Fuerza Aérea Francesa) en 1956-57 para volar misiones de ataque al suelo durante la Guerra de Argelia.

Clostermann escribió Le Grand Cirque (El Gran Circo), un relato de sus experiencias en la Segunda Guerra Mundial, y según William Faulkner, el mejor libro de aviación sobre el conflicto. Otro libro menos conocido de Pierre Clostermann es Feu du Ciel (Fuego en el Cielo) que fue editado en 1957 donde incluye una colección de relatos sobre combates aéreos tanto de los aliados como del eje. Finalmente, Clostermann falleció el 22 de marzo de 2006, a los 85 años de edad…

MEDALLAS Y HONORES

Coronel (reserva) de la Fuerza Aérea Francesa
Gran Cruz de la Legión de Honor Francesa
Compagnon de la Libération (Compañero de la Liberación)
Médaille Militaire (Medalla Militar)
Croix de Guerre 1939-45 con 19 palmas (la mayor cantidad posible) (Cruz de Guerra 1939-45)
Croix de la Valeur Militaire con 2 citaciones (Cruz al Valor Militar)
Distinguished Flying Cross de la RAF (Cruz de Vuelo Distinguido)
Silver Star (Estrella de Plata)
Air Medal (Medalla Aérea)









El joven As Pierre Clostermann.


Fuente: Revista http://www.soldadosdigital.com/2009/pdf/malvinas-clostermann.pdf