31 de octubre de 2018

LA CAZA AÉREA, INICIOS Y I GUERRA MUNDIAL

Por Carlos GÓMEZ-MIRA

A ojos de un profano, la aviación de caza, puede ser el último reducto caballeresco que ha quedado de las confrontaciones entre los hombres. Se asemeja, en cierta forma a esos combates o justas que se hacían entre los señores de los castillos en los cuales se luchaba como auténticos gladiadores, pero con unas normas establecidas y una nobleza en los finales respetando el honor del contrario.

Pero la realidad es bien distinta. En la lucha aérea y como en todas las acciones de guerra, han sido los combates aéreos algo sanguinario y duro, y no precisamente muy caballeresco.

aviacion de caza 
Gráfico: Imperial War Museum

INICIOS

La guerra en el aire, descontando a los globos que también tuvieron su importancia, se inició con los aviones en la guerra italo-turca aproximadamente hacia 1912.

bomba3A España también le cupo el honor de emplear los aviones en la Guerra de Marruecos, en una de las primeras acciones de bombardeo, en 1913. No había ni visores para lanzar las bombas ni nada parecido. La misión de los aviones era vigilar al enemigo, y dejar caer sobre él unas bombitas a mano como quien tira una piedra.



EMPIEZAN LOS COMBATES EN EL AIRE

En los inicios de la Primera Guerra Mundial, ambos bandos seguían utilizando el avión como lo habían hecho los españoles o los italianos antes de esta gran contienda. Los vuelos de observación eran más productivos que el reconocimiento que se podía hacer con los globos e incluso en las primeras fases de la guerra, cuando dos aviones enemigos se cruzaban en el aire se saludaban caballerosamente, respetándose el uno al otro.

pilot-2-580x421Ser aviador era algo singular y extraño. Había pocos en el mundo, y los de ambos bandos, solían ser amigos de antes de la guerra ya que habían coincidido en festivales y en presentaciones aéreas.

Hasta que un día, uno de los pilotos sacó de su bolsillo una pistola, y se lío a tiros contra el contrario con la intención de derribarlo. A partir de ahí se acabó la caballerosidad.

El problema era que los biplanos de entonces no estaban preparados para la guerra en el aire. En un principio, los tiros eran a golpe de escopeta, de pistola o incluso lanzándose ladrillos, pero los diseñadores intentaron poner en los aviones ametralladoras que tirasen fuera del arco de la hélice. Comenzaron situándolas por encima del plano superior, y era realmente difícil apuntar con ella.

Un piloto francés llamado Rolland Garros, ideó un sistema para tirar a través de la hélice bastante poco refinado. Simplemente, recubrió las palas por donde iban a pasar las balas con placas de acero, y principalmente, puso unos deflectores de manera que cuando una bala chocase con la hélice, saliera desviada de lado, sin causar daño a esta. La puntería mejoró muchísimo con este artilugio, y de hecho Garros consiguió abatir cuatro aviones enemigos en combates aéreos.

Pero desgraciadamente, un día de abril de 1915, su motor falló y tuvo que aterrizar pasadas las líneas enemigas. No le dio tiempo a destruir su avión en tierra incendiándolo, pues fue hecho prisionero e inmediatamente los enemigos se dieron cuenta del artilugio que llevaba en su avión y que le daba tan buenos resultados en los combates aéreos.

Los restos de la máquina de Rolland Garros, se los llevaron a Antony Fokker, que decidió mejorar el sistema y sincronizar las ametralladoras con la hélice. De esta manera, ésta tenía más rendimiento al quitar las placas blindadas y además mejoraba la cadencia de tiro, y la puntería del piloto.

A partir de aquí empezó la auténtica aviación de caza.

Detalle del sistema de Antony de Fokker, mostrando el engranaje Stangensteuerung conectado directamente al accionamiento de la bomba de aceite en la parte trasera del motor. Wikipedia.
Detalle del sistema de Antony Fokker, mostrando el engranaje Stangensteuerung conectado directamente al accionamiento de la bomba de aceite en la parte trasera del motor. 

LOS HÉROES DEL AIRE

Se trataba de derribar los aviones de bombardeo que machacaban a las fuerzas terrestres y sobre todo a los aviones de observación, que dirigían a la artillería, aumentando la exactitud de sus disparos. Pero estas escuadrillas, iban protegidas por otros aviones. Cuando los enemigos trataban de derribar a las máquinas de reconocimiento que ayudaban a los artilleros en tierra a machacar las trincheras enemigas y a destruir sus cañones, los aviones que los defendían y los que trataban de derribarlos, se empezaban a enzarzar en luchas aéreas que acababan en lo que conocemos como los combates en el aire.

Pronto empezaron a conocerse a pilotos que habían vencido en estas “justas” aeronáuticas y que, habiendo derribado aviones enemigos, salieron vencedores en la pelea.

La propaganda ensalzaba a esos guerreros victoriosos para aumentar la moral de la gente, adjudicando a aquellos que habían derribado o destruido más de 5 aviones el término de “as”.

Pero en un principio los alemanes nada más reconocían a aquellos que habían podido derribar más de 10 aviones. Los llamaban Überkanone, o gran pistola. Sus nombres aparecían en la prensa, y eran agasajados como grandes gladiadores, invictos en esa lucha cuerpo a cuerpo contra otro aviador.

¿Era esta una lucha noble y caballeresca? Pues juzguemos por estas palabras de un antiguo cazador.

“De lo que se trata para tener éxito (en derribar aviones) es sorprender al contrario sin que éste note nuestra presencia. Si hay nubes y no podemos subir por encima del avión enemigo, lo que hay que intentar, es volar aproximándonos por debajo y por detrás del otro avión, de manera que éste no nos llegue a ver. Si está despejado hay que volar por encima y por detrás, jugar con el sol, y cuando calculemos que lo tenemos totalmente en nuestra espalda, deslizarnos hacia el avión enemigo que no nos podrá descubrir por estar deslumbrado por la luz del astro rey.

Si nos aproximamos sin que noten nuestra presencia, no abrir fuego hasta estar a unas decenas de metros, y disparar no al avión, sino al piloto y a ser posible a su cabeza, para matarlo en el acto sin que pueda defenderse…”

No parece muy edificante. Algo bastante distinto a lo que se ve en las películas del oeste, o en las justas medievales, en donde los hombres se miden de frente, con honestidad, no como lo que contaba este viejo cazador, sorprender por la espalda y a hurtadillas, al contrario, sin darle la más mínima oportunidad de defenderse.

LAS MÁQUINAS

A los diseñadores se les pidió entonces que construyeran aviones con más potencia, más maniobreros y cada vez más rápidos. El culmen de la técnica fue pasando de un bando a otro. En primer lugar, lo tuvieron los alemanes con el Albatros. Los ingenieros ingleses a la vista de que este avión era superior a los que tenían las fuerzas aliadas, llegaron, después de sesudos estudios a construir el SE-5 y el Camel. La respuesta alemana fue el Fokker DR-1 y principalmente el Fokker D-7, seguramente el mejor avión de la contienda, pero llegó ya demasiado tarde, cuando le guerra ya se decantaba en contra de los alemanes.

Gráfico: The Barons Last Sunset by Steve Anderson ( http://www.fokkerdr1.com)
Gráfico: The Barons Last Sunset by Steve Anderson (http://www.fokkerdr1.com)

Lo curioso es que Anthony Fokker, que aunque había nacido en la isla de Java era holandés, construyó aviones para Alemania a partir de 1910 (con poco más de 20 años de edad)… y un poco antes de la Gran Guerra ofreció sus servicios a Gran Bretaña, siendo declinado su ofrecimiento, ¡tremendo error!

De las primeras máquinas aéreas al comienzo de la guerra en julio de 1914, hasta que finalizó en noviembre de 1918, a las que había al final de la contienda, el salto tecnológico fue abismal.

Hay que tener en cuenta que, al empezar el conflicto, la aviación tenía tan solo diez años de historia, de hecho, los generales de ambos bandos, apenas creían que esos artefactos que eran como veletas, sirvieran para algo. Al principio había unas decenas de aparatos por cada contendiente. Cuando acabó la guerra los aliados disponían de miles de aviones.

Curiosamente, aunque la aerodinámica, los motores y la potencia de estos y la maniobrabilidad mejoraron exponencialmente, el armamento de los aviones de caza progresó muy poco. En general estaban equipados con dos pequeñas ametralladoras de bajo calibre y con sistemas de puntería muy básicos, no existían visores sofisticados y se apuntaba con todo el avión a base de acercarse lo más posible al enemigo. Nadie pensó en poner cañones y sistemas de mira más exactos para poder disparar a distancias superiores.

LOS ASES

¿Por qué los pilotos de caza tuvieron ese aura de guerreros medievales? ¿Conocemos los nombres de los valientes soldados que fueran “especiales” en las trincheras? Pues no. La lucha aérea se idealizó en la prensa por parte de ambos bandos. Parecía a ojos del público que un aviador, que ya en esa época tenía la fama de ser una persona deportiva, moderna, y audaz, ¡eso solo por montarse en un avión! para que decir si encima se enzarzaba en duros combates en el aire, era un hombre pleno de valentía.

También algo que motivó al “publico” es que no todos los pilotos provenían de la aristocracia y la nobleza o familias pudientes, como Richthofen, o Guynemer. Otros como Mick Mannock, o Boelcke, tenían una extracción humilde, y gracias a su valor destreza, y ¿por qué no? suerte, se hicieron famosos. Es curioso que, al principio, el objetivo de los pilotos de caza era tan solo impedir, fundamentalmente, que los aviones de observación pudieran dar instrucciones a la artillería para mejorar sus disparos contra el enemigo.

Edward “Mick” Mannock 1917 (Wikipedia) https://en.wikipedia.org/wiki/Mick_Mannock
Edward “Mick” Mannock 1917  

Pero al final de la guerra, ya había auténticas “justas” aéreas, en las cuales uno y otro piloto se buscaban en el aire para desafiarse y entablar combate, sin el propósito de derribar los aviones de reconocimiento, tan solo intervenían en esas luchas los aviones de caza de ambos contendientes.

No hay que menospreciar en absoluto a estos pilotos de un valor enorme. En primer lugar, los aviones eran muy poco fiables y la instrucción pobrísima, lo cual hacía que la vida media de un piloto desde que llegaba a un escuadrón, no solía sobrepasar un par de semanas. Si después de este tiempo seguía vivo, la experiencia le ayudaba a continuar adelante.

Como hemos dicho el armamento era de muy bajo calibre, y esas balas, del tamaño de las que dispara un mosquetón lo único que hacían era agujerear la tela de la estructura del fuselaje, sin más daño, a no ser que se le diera al cuerpo del piloto o a alguna parte sensible del avión como el depósito de gasolina o el motor.

Por otra parte, los pilotos volaban sin paracaídas, pues se consideraba un “deshonor” que alguien intentara escapar en el fragor de la batalla. No se daban cuenta de que era mucho más fácil sustituir un avión que un piloto.

Hablando con un amigo mío, antiguo piloto republicano durante la guerra civil, él me contaba como en el “Chato” o en el “Rata/Mosca” el armamento era de muy bajo calibre, 7.62, el mismo que el de un fusil de infantería, pero los aviones eran mucho más veloces y acercarse al enemigo a muy corta distancia era francamente difícil. También un cambio drástico era que los pilotos tenían en el cockpit un blindaje que les protegía de los disparos laterales o desde atrás.

Este amigo me decía que, en los combates durante la Guerra Civil Española, lo normal era que, aunque pudieras mandarle buenas andanadas de balas a tu enemigo, muchas veces lo único que hacías era agujerear la chapa o la tela de la estructura del avión, pero no mucho más.

Portada de un libro de Osprey antiguo sobre la guerra aérea. Polikarpov I-16 Mosca
Portada de un libro de Osprey antiguo sobre la guerra aérea. Polikarpov I-16 Mosca

Fuente: http://www.hispaviacion.es