lunes, 26 de julio de 2010

TRAS LA ESTELA DE SAINT-EXUPERY EN LA ARGENTINA


Entre fines de 1929 y principios de 1931, Antoine de Saint-Exupéry, ya una leyenda de la aviación, llegó a la Argentina como jefe de la Aeroposta para establecer el tramo más difícil e inhóspito de la línea a la Patagonia. A pesar de su mala relación con Buenos Aires y de su indiferencia hacia los círculos intelectuales porteños, aquellos meses atravesando el cielo argentino dejaron no sólo una larga ristra de anécdotas, anotaciones y observaciones de agudeza y lirismo asombrosos, sino una huella en su imaginación, que volvería a asomar en sus ficciones. Ahora, una muestra en la Villa Ocampo, producto de una larga investigación, saca a la superficie aspectos inéditos de aquella estadía que terminó en casamiento.

Por María Gainza

La historia corría de boca en boca y se adelantaba como una sombra a su imponente figura. Decía así: el gerente del aeropuerto de Bamako, en África, quería enviarle un león de regalo a un amigo en Dakar. Había 600 kilómetros de espeso desierto de por medio. Encaprichado, no tuvo mejor idea que pedirle a Saint-Exupéry que lo ayudara. El piloto aceptó, secretamente encantado, y encadenó el animal en la parte trasera de su avión. A mitad del vuelo el león rompió sus ataduras y avanzó hacia la cabina. De lo más divertido, Saint-Exupéry dejó que el avión cayera en picada. La cabeza del león golpeó sonoramente contra el techo de la cabina. El piloto repitió la maniobra varias veces. Cuando llegó a destino, el león estaba convertido en un manso gatito.

A mediados de septiembre de 1929 un barco abandonó el puerto de Bordeaux, Francia, rumbo a Sudamérica. En él viajaba Antoine de Saint-Exupéry, que había sido transferido de Cabo Juby en el Sahara Occidental a la Argentina. Tenía 29 años. El joven llegó a Buenos Aires sin saber que había cambiado los peligros del África por otros peores. Lo esperaban dos héroes de la aviación, Jean Mermoz y Henri Guillaumet. Acostumbrado a los sobrecogedores horizontes del Sahara, caminó por Buenos Aires sintiendo la falta de aire, sofocado por el cemento. Días después, fue designado jefe de tráfico de la Aeroposta Argentina S. A., filial de la Aéropostale.

Estaría a cargo de abrir nuevas rutas al sur y controlar los vuelos a Chile, Brasil y Paraguay. La sola idea de un puesto administrativo lo deprimía: “Me parece que eso me hace envejecer”, le escribió a su madre. Además, encontraba a Buenos Aires odiosa y gris. “Esta ciudad de la cual uno está prisionero”, se quejó mientras buscaba una salida. A los pocos días estaba volando a Bahía Blanca. Entonces la perspectiva cambió.

Una de sus funciones como jefe de la Aeroposta era establecer el segundo tramo de la línea a Patagonia, el tramo más difícil e inhóspito que llegaba hasta Río Gallegos. Habían diseñado una serie de paradas en pueblos desconectados del mundo: Bahía Blanca, San Antonio Oeste, Trelew, Comodoro Rivadavia, Puerto Deseado, San Julián. Fue recién al llegar a esos lugares cuando Saint-Exupéry cayó en la cuenta de la importancia de su labor: sus vuelos terminaban con años de aislamiento. Cada llegada era un acontecimiento, las familias se congregaban en el precario campito de aterrizaje para ver los aviones. Las ciudades recibían a los pilotos con bailes en galpones de chapa. Saintex bajaba de su avión con su gran sacón de cuero, botas y antiparras, como un monstruo caído del espacio o un campesino bajando de su montaña. Alrededor de la mesa de un hotel, el piloto maravillaba a los comensales con sus historias sobre el mundo. Era un héroe, recibido como un Moisés.

Cuando no volaba, desde su cuartel general en el aeródromo de General Pacheco, Saintex auscultaba el cielo con un cigarrillo entre los labios. Llevaba un anotador en la mano para sus impresiones literarias. En los hangares, se inclinaba sobre los barriles de combustible para escribir. La literatura y el vuelo se alimentarían la una de la otra. “Si no realizo algo, si no vivo, ¿cómo voy a escribir?”, se preguntaba.

El paso de Saint-Exupéry por Argentina es el registro de una epopeya. En los primeros días de la aviación, explorar tierras desconocidas, unir pueblos perdidos, requería coraje. Lanzados contra tormentas, brumas, picos montañosos, fortalezas de nubes, una silenciosa fraternidad unía a los pilotos que sostenían su destino en los comandos. A lo que se sumaban los riesgos del mítico “vuelo de noche”, que constituía por entonces la única forma de sacar ventaja por sobre los ferrocarriles y los barcos. Con una tenue luz roja derramándose sobre el tablero, sintiendo la respiración del motor, husmeando la oscuridad como un animal al acecho, descendiendo a tientas sobre pistas apenas iluminadas, Saint-Exupéry surcaba una noche que subía negra como la tinta. Arriba, un cielo tachonado de estrellas velaba por sobre una tierra oscura, sólo iluminada de tanto en tanto por alguna ventanita solitaria. Desde lo alto, Saint-Exupéry miró la humanidad y la oscuridad le reveló su unidad con el mundo: “Esos hombres creen que su lámpara sólo ilumina la mesa humilde, pero a ochenta kilómetros de ellos alguien ya se siente tocado por el llamado de esa luz, como si la agitaran desesperados, desde una isla desierta, frente al mar”.

La línea más austral del mundo” era una gran promoción para la compañía Aeropostal y un reto para los pilotos. El plan era conectar Buenos Aires con los pueblos más olvidados del sur.

El vuelo era arriesgado: los avioncitos con cabinas descubiertas se congelaban en las alturas, y además había que hacer malabares para aterrizar con semejantes vientos (“El país donde vuelan las piedras” llamaban a la zona patagónica los pilotos franceses).

Aquí y allá, un texto perdido, una anécdota registrada al margen de una revista, revela la mirada aguda y omnisciente de Saint-Exupéry, rica combinación de comentario sociológico, aguafuerte e impresión literaria. Pueblo por pueblo queda registrado bajo su pluma: “A lo largo de abras desiertas, las avenidas, algunas casas bajas desparramadas y, sin embargo, eran ya grandes ciudades, no se podía no sentirlo. Eran tan ricas, grandes, en vitalidad, en fe, en audacia”. Debajo de sus pies Comodoro Rivadavia le recuerda la película de Chaplin La quimera del oro: las mismas casas perdidas a lo largo de calles demasiado anchas, los mismos dos o tres cafés, el mismo único cabaret de chapa. La considera “una tierra abollada como una olla vieja. Jamás suelo alguno me dio tal impresión de desgaste... los pilares de hierro y los pozos de petróleo acentúan esta impresión de desolación. Se diría un bosque después del incendio... Comodoro no asimila a los hombres”, observa con maestría. O bien, llega al estrecho de Magallanes, donde “la gente a fuerza de tener frío y de juntarse alrededor del fuego, se ha vuelto simpática”. Sobrevuela árboles achaparrados, casitas humildes y aisladas, una tierra adornada por volcanes y negros glaciares. Unos minutos después, está en Punta Arenas, donde asoma el verde de una planicie salpicada por liebres. Entonces se siente partícipe de un secreto: “De vez en cuando, gracias al avión, ese planeta nos muestra su origen: un charco en relación con la luna revela ocultos parentescos”. Ve un puñado de hombres que lo inspiran y luminosamente anota: “En ninguna otra parte he conocido una mejor raza de hombres que la de los argentinos del sur. No se podría encontrar en otros sitios tanto sentido social, tanto sentido de la solidaridad ni tampoco tanta serenidad. Serenidad de hombres que se enfrentan con grandes problemas”.

Saint-Exupéry, como antes W. H. Hudson, y antes aún, Darwin, fue hechizado por el paisaje patagónico. Las imágenes de esa región desolada, muchos años después de ser vistas, continuarían obsesionando con intensidad y curiosa persistencia la mente de los escritores. Fue también en estas tierras alejadas del ruido donde la imaginación de Saint-Exupéry cobró espesura. Ya se sabe que las alturas y la soledad producen extraños efectos en los hombres. Gran parte del humus de El principito parece haber sido arrancado de la tierra árida pero extrañamente fértil para la imaginación de la Patagonia: los volcanes, las ovejas hundidas en la nieve, las islas, las leyendas indígenas, volverían más tarde bajo la fórmula de una misteriosa fábula que resultaría eterna.

Volar sobre la Cordillera era una segunda odisea: para poder atravesarla los aviones debían aprovechar las corrientes de aire, y a la vez, cuidarse de no ser aplastados contra aristas verticales y cobertores de piedra que caían rectos y desafiantes. En Tierra de hombres, Saint-Exupéry narró la aventura de su amigo Guillaumet. Había despegado de Santiago, Chile, para cruzar los Andes con el correo rumbo a Mendoza cuando fue atrapado por una violenta tormenta de nieve que lo dejó sin combustible. Un aterrizaje forzoso y el avión volcó. Un día después Saint-Exupéry sobrevuela la zona en busca de su amigo. “Los Andes en invierno no devuelven a los hombres... aún si ha sobrevivido a la caída, no ha sobrevivido a la noche”, le repiten. El se empecina. Una semana más tarde llega la noticia: Guillaumet está vivo. Saint-Exupéry salta dentro de su avión y sale a buscarlo. Al verlo, corre a su encuentro, y entonces Guillaumet le dice esa frase legendaria, casi una definición de lo humano: “Lo que hice, te lo juro, ningún animal lo hubiera hecho”.

Y nuevamente la literatura y el vuelo tan íntimamente unidos, alternándose en forma rítmica como la sístole y la diástole de un corazón. En un viaje de reconocimiento a Asunción del Paraguay, Saint-Exupéry decidió bajar en un campo verde a orillas del río Uruguay, cerca de Concordia. Al tocar tierra, una de las ruedas del avión quedó enterrada en una cueva de vizcacha. De la nada, aparecieron dos niñitas rubias, riéndose por lo bajo y murmurando en francés: “¡Qué tonto! No vio la cueva”. Las chicas eran las hijas del Sr. Fuchs, un francés que había alquilado un caserón fastuoso al estilo Luis XV. “Vivían en un castillo de leyenda, una casa donde se aspiraba como incienso ese olor de vieja biblioteca que vale por todos los perfumes del mundo”. Sillas patizambas, revestimientos de madera gastados, “todo estaba ruinoso y lo estaba adorablemente, a la manera de un viejo árbol cubierto de musgo al que la edad ha resquebrajado un poco”, escribió Saint-Exupéry. Las niñas vivían sumergidas en un mundo salvaje y agreste, en contacto con toda clase de animales (tenían un hurón, un criadero de abejas, serpientes debajo de la mesa, un rebaño de ovejas, una iguana, una mangosta, un zorro y un mono). Hay quienes conjeturan que probablemente este encuentro haya inspirado el personaje del Principito. En sus ojos grandes, sus almitas rectas, su forma de espiar por el rabillo del ojo, en “esa realeza que ejercían”, Saint-Exupéry vislumbró a sus “princesas argentinas”.

Pero Buenos Aires no sólo le daría material para sus escritos. Un día, el escritor Benjamín Crémieux llegó al país para dar una serie de conferencias en Amigos del Arte. Allí, presente entre el público de la sala, estaba Consuelo Suncín, una bella salvadoreña, viuda del escritor Enrique Gómez Carrillo. Pequeña, insolente y caprichosa, Saint-Exupéry quedó obnubilado ante esta mujer y logró arrastrarla hasta su avión. Una vez en el aire, le pidió un beso y, como ella se negó, él amenazó con dejar caer el avión al agua. La historia amorosa terminaría coronándose en 1931 con un casamiento en Francia. En la foto nupcial ella lleva una mantilla negra y ominosa; parece un pajarito pequeño posando al lado de Saint-Exupéry, su gran oso de casi un metro noventa de alto. Frívola y fantasiosa, Consuelo no le traería serenidad, pero sí inspiración.

También fue por esos días cuando conoció a Le Corbusier en el hotel Majestic y lo llevó a dar una vuelta en avión. Inspirado por aquellas vistas desde las alturas, Le Corbusier hizo algunos croquis de la ciudad, y, más tarde, dijo acerca de su remodelación: “Algunos cartuchos de dinamita bastarían”.

De regreso a Francia en 1931, Saint-Exupéry se enteró de que la Compagnie Aéropostale estaba por quebrar. Ya no regresaría a Buenos Aires. Pero sobre ese país, al que tanto detestó en los primeros días, en una carta a Rufino Luro Cambaceres escribió: “No hay en mi vida período alguna que prefiera al que he vivido entre ustedes”. El resto ya es historia: un poco perdido, se dedica a volar entre Casablanca y PortEtienne, Marsella y Argelia, Moscú y el Mediterráneo. Un día sobrevuela el desierto de Libia cuando su avión se estrella contra una duna (la palabra “estrella” tendrá en Saint-Exupéry dos acepciones fundamentales). Durante días camina sin agua. Tiene visiones de su pasado: los espacios patagónicos se abren en su mente. Al cuarto día es rescatado por los beduinos.

Triste, exiliado en Nueva York, arrastrando su melancolía como una valija vieja, publica El principito. Mientras, se va quedando solo. Poco a poco mueren sus antiguos compañeros de la aviación: “Soy el único que queda, no tengo un solo camarada en el mundo a quien decirle ¿Te acordás?”. Ya no tiene edad para volar y su cuerpo está muy lastimado por los accidentes. La II Guerra Mundial ha comenzado pero apenas puede servir a los aliados. De todas maneras, de tanto en tanto, en recuerdo de glorias pasadas, alguien le permite pilotear un avión. Le escribe a Consuelo: “Si alguna vez no vuelvo, no me llores. “Eso” pasa rápido. Las balas perforan el cuerpo como las abejas atraviesan el aire”. Entonces, le conceden una última misión: debe tomar fotografías de la Francia ocupada por los nazis. El 31 de julio de 1944 despega de Córcega a las 08:45 am. Se lo espera de regreso al mediodía.

La última vez que el radar lo registró con vida estaba volando cerca de la costa de Marsella, a unos 30 minutos de Lyon, el lugar donde había nacido. Y después, el silencio. Antoine de Saint-Exupéry desapareció ese día a los 44 años. Antes había escrito: “El hormiguero del futuro me espanta y odio su virtud de robot. Yo estaba hecho para ser jardinero”.

Curiosamente, en Tierra de hombres, recordó la muerte de un jardinero que bien podría haber sido su alter ego: agonizando, el hombre se pregunta aquello que lo desvela y que parecería ser la pregunta final a toda una vida: “¿Pero, quién va a podar mis árboles?”.

Estas líneas son fragmentos del texto del catálogo de la muestra Saint-Exupery en Argentina, 1929-1930, organizada por Unesco Proyecto Villa Ocampo y Dirección de Cultura de San Isidro, que reúne fotografías, cartas, afiches de los correos aéreos sudamericanos, correspondencia, documentales sobre el escritor y sobre el Correo Aéreo y maquetas para recrear aspectos inéditos de su estadía en nuestro país.

Fuente: http://www.pagina12.com.ar
Publicado el Domingo, 05 de octubre de 2008