martes, 24 de febrero de 2009

LA ACTIVIDAD AEROSTÁTICA EN LA ARGENTINA

Compilación por Roberto Briend
Si bien en Europa estos artilugios eran ya bien conocidos, la novedad del vuelo de globos tardó mucho tiempo en llegar a nuestro país. Los primeros registros de la utilización de pequeños globos de papel llenos de aire caliente no tripulados datan del 26 de mayo de 1809. Ese día se elevó desde la Plaza de la Victoria, actual Plaza de Mayo, un globo en honor al cumpleaños del rey Fernando VII. Existen muchos otros registros de la época, pero ninguno de ellos deja entrever las intenciones de ser tripulado.

El año 1856 aparece como el punto de partida de lo que sería considerado como el inicio de esta riesgosa actividad en la Argentina. El protagonista sería un ciudadano francés de apellido Lartet quien conmovió a los porteños con sus infructuosos intentos de ascender en un globo. El francés ya había realizado algunas pruebas, con sendos fracasos, en Río de Janeiro y Montevideo y pensaba, con un poco de suerte, demostrar, en Buenos Aires, sus habilidades en el manejo de los globos. Había llegado al país acompañando a una compañía teatral francesa contratada para la inauguración del Teatro El Porvenir programada para el 12 de octubre de 1856. A manera de propaganda, la compañía presentaba la novedosa modalidad de lanzar globos anunciando sus funciones.

Como parte de los festejos por la inauguración del teatro, se anunció la “Gran Ascensión Aerostática” a cargo del aeronauta francés Sr. Lartet, hecho que fue publicado en los diarios de Buenos Aires. El acontecimiento tendría lugar el domingo 19 de octubre de 1856. Se informaba que el evento se llevaría a cabo a las tres en punto en un terreno identificado como del Molino de Viento, ubicado en la calle de la Federación, próximo a la intersección de las actuales avenidas Callao y Rivadavia, cercano a la Plaza Lorea. Allí Lartet intentaría realizar el primer vuelo tripulado en globo sobre Buenos Aires.

Los organizadores colocaron una empalizada rodeando el lugar donde se calentaba el aire para inflar el globo; quienes quisieran presenciar el acontecimiento deberían abonar una entrada de 20 pesos y contarían con el privilegio de utilizar los asientos ubicados en las primeras filas; 10 pesos pagarían los que serían situados en lugares secundarios. A pesar que los periódicos de aquel día informaban que el clima era tormentoso, los preparativos se llevaron a cabo; una banda amenizaba con diferentes tipos de canciones y una multitud se ubicaba en edificios circundantes al lugar. Llegado el momento, el globo se elevó serenamente, pero desplazado por el fuerte viento reinante fue a chocar con la esquina de una casa. El globo reventó a consecuencia de los desgarros y Lartet cayó resultando ileso. Ante la frustración de la gente, el teatro organizó una segunda ascensión para el jueves 30 de octubre. Luego de repetirse los consabidos preparativos, el día programado se realizó un nuevo intento que resultó, al igual que el anterior, fallido. Esta vez el aeronauta fue detenido y conducido a prisión.

El diario La Tribuna relataba de esta manera lo acontecido: “Parece increíble que en un día de trabajo pudiera asistir tan crecido número de espectadores, como el que ayer fue a presenciar la elevación del globo. Sin embargo, millares de personas ocupaban el recinto del molino y demás edificios adyacentes, distinguiéndose entre la concurrencia, infinidad de elegantes damas. A las tres en punto se soltaron las cuerdas que tenían el globo, y empezó a subir majestuosamente. Desgraciadamente dio contra una de las aspas del molino, y se rompió. Entonces el Sr. Lartet aprovechó el primer edificio que halló a su paso, y se dejó caer, no sin riesgo de salir inválido de la caída. Felizmente nada le sucedió. Se remontó el globo un poco más, y después fue a caer a la calle de Cuyo, actual calle Sarmiento. Si este segundo ensayo ha sido poco feliz, no tiene la culpa el Sr. Lartet, que ha mostrado valor y serenidad”.

Lartet sin acobardarse, pidió repetir la prueba y se lo autorizó a intentarlo el 16 de noviembre de 1856, a las tres de la tarde. Ante los fracasos anteriores, el aeronauta decidió cambiar el punto de partida y se trasladaron todos los elementos necesarios para calentar el aire con que se inflaba el globo a la Plaza Lorea. Ese día, Lartet fue conducido al lugar seleccionado por un vehículo de la policía “... lucía pálido como un criminal a quien van a fusilar”. Al llegar al sitio previsto se introdujo en la barquilla sin ningún trámite previo.

El globo comenzó la maniobra de ascenso, recorrió media cuadra y en la azotea del edificio chocó con una pared haciendo saltar al tripulante quien resultó herido en diversos lugares de su cuerpo. El globo fue a caer a unas cuadras del lugar. No se volvió a saber de Lartet, quien partió de Buenos Aires, seguramente dolorido y humillado.

Relatos del primer vuelo tripulado en globo sobre Buenos Aires

Un inglés radicado en Estados Unidos de Norteamérica, R. Gibbon Wells, llegó a Buenos Aires en mayo de 1864 y de repente, la ciudad se mostró inflamada de entusiasmo. Wells era un aventurero con gran simpatía y una buena dosis de temeridad, quien no bien hospedado en un hotel céntrico comenzó a anunciar su intención de hacer demostraciones públicas en un globo que denominaría Washington, “si recibía un apropiado apoyo financiero”.

Logró entusiasmar a la Comisión de Fiestas de la Municipalidad de Buenos Aires, encargada de los festejos para celebrar el aniversario de la Revolución de Mayo, la que le otorgó la suma de $ 60.000 para su proyecto. En pocos días construyó un globo esférico de aproximadamente 1.100 metros cúbicos de capacidad con telas especiales de seda que compró en la ciudad. El ascenso entraría en el marco de los festejos.

El día fijado para la demostración fue el lunes 23 de mayo que se presentó propicio, con cielo despejado y suave brisa. El sitio elegido fue la Plaza de la Victoria, que estaba llena de gente desde muy temprano a pesar que el despegue estaba previsto para las catorce horas.

El público congregado, ávido de sensaciones, al ver que el horario anunciado pasaba y no advertirse indicios de una pronta aparición de la diabólica máquina, se creyó defraudado y empezó a dar muestras de irritación, escuchándose toda suerte de conjeturas. En medio de esa confusión se oyó una ruidosa exclamación, procedente del público ubicado en el corto trayecto que comunicaba la Plaza con el Paseo de Julio, actual avenida Leandro N. Alem, y a los pocos minutos pudo verse como surgía en esa dirección recortada la silueta del Washington.

El globo, que a diferencia de el de Lartet era a gas, fue inflado en la usina de gas del Retiro y llevado por el Paseo de Julio en suspensión a una altura de cuatro a cinco metros del suelo, con la ayuda de improvisados colaboradores que lo sujetaban por medio de cuerdas respondiendo a las indicaciones de Wells, que desde su puesto de mando en la barquilla, ordenaba la delicada maniobra cuidando que el globo no fuera a enredarse en las copas de los árboles que bordeaban la alameda. Una vez llegado a la plaza portando sendas banderas, la Argentina en una mano y la de los Estados Unidos en la otra, descendió frente a la Catedral y se acercó al Presidente Bartolomé Mitre, ubicado en los balcones del Cabildo presenciando la escena, para presentarle sus saludos antes de intentar la prueba.

Concretado el saludo, se acomodó en la barquilla en compañía del joven Styche, voluntario argentino al que, a último momento, aceptó como acompañante accediendo a los insistentes requerimientos de la multitud que lo rodeaba. Agitando las banderas, dio por fin la orden de soltar los cabos que retenían al globo, que fue ascendiendo lentamente. Al principio tomó rumbo hacia el oeste, para quedar luego inmovilizado durante más de una hora debido a la calma que sobrevino; luego empezó a desplazarse pero ahora con marcada tendencia al sur, descendiendo por último en la quinta del Sr. Latham, entre Lomas de Zamora y Quilmes. Al aproximarse el aparato al suelo, Wells lanzó un ancla con objeto de evitar ser arrastrado; no obstante, avanzó a los tumbos seis cuadras más, hasta que tres paisanos a caballo pudieron sujetar la barquilla. Acababa de recorrer una distancia de 27 kilómetros en línea recta. Era el primer vuelo en la ciudad de Buenos Aires, ya que los intentos de Lartet, no habían pasado de tales.

La primera reacción del navegante fue trasladar inflado el globo de regreso a la ciudad, pero desistió de ello por las grandes dificultades que representaba. Evacuado el gas y cargados los implementos sobre un carro, emprendió al atardecer el camino hacia el centro, en compañía del comisario Romero, que por orden del Jefe de la Policía local había seguido desde abajo la trayectoria de la aeronave.

El temple de Wells estaba hecho para soportar emociones fuertes y el cansancio no doblegaba fácilmente su físico, ya que esa misma noche, hizo su aparición en el Teatro Colón, en un intervalo de la función de Hernani, portando la bandera argentina que había paseado por los aires. La ovación que recibió fue estruendosa.

Al día siguiente, 24 de mayo, debía realizarse una segunda ascensión, pero el espectáculo fracasó parcialmente, en razón de las malas condiciones climáticas.

Un artículo publicado en el diario Nación Argentina, describe lo ocurrido: “Debido a causas imprevistas, el globo "Washington" no pudo llegar a la Plaza de la Victoria hasta las cinco de la tarde, hora en que pudo ser conducido inflado desde la usina de gas. Según se corrió en el público, parece que Mr. Wells quería cumplir su compromiso y hacer la ascensión, pero la Comisión de Fiestas de la Municipalidad le pidió que no lo hiciese, por el estado de la atmósfera que amenazaba tormenta. Entonces Mr. Wells se entretuvo en divertir al público, haciendo varias ascensiones y convidando a los que querían acompañarlo; no faltaron aficionados, y algunas personas se colocaron en la barquilla, pero apenas habían subido algo, empezaron a gritar que los bajasen, lo que tuvo lugar en medio de una silbatina general. Mr. Wells concluyó estos juegos, subiendo a una señorita unas 100 a 150 varas”.

La prensa porteña, que mantenía informada a la población sobre las sucesivas postergaciones por el mal tiempo, publicaba la noticia que el día domingo 29, siempre que un viento moderado soplase del sector favorable, se realizaría un tercer ensayo, destinado esta vez a unir dos repúblicas hermanas. Las miras de Wells, eran ahora más ambiciosas, pues pretendía cruzar el ancho Río de la Plata y descender en Uruguay.

Para felicidad de todos, el día amaneció esplendoroso y diáfano. A las diez de la mañana la Comisión de Fiestas avisó al vecindario con disparos de cohetes, que la arriesgada tentativa se efectuaría tal como había sido dispuesta aunque los inconvenientes de siempre retardaron la partida hasta la tarde.

Una vez libre en el aire, contrariamente a lo calculado, el globo enfiló hacia San Isidro y empezó imprevistamente a perder altura. Wells arrojó todo el lastre que llevaba a bordo, llegando a necesitar cortar las sogas que sujetaban la pequeña canasta donde viajaba, quedando aferrado y malamente acurrucado en el arco de unión al cordaje.

Aún así nada pudo impedir que se produjese la inevitable caída en el río. Wells estaba con su cuerpo sumergido más de la mitad y tuvo tiempo de colocarse un salvavidas. El aparato en vez de hundirse, prosiguió una desenfrenada carrera a nivel del agua. La incómoda y peligrosa postura de Wells continuó hasta que la diabólica nave llegó a la costa y empezó a avanzar entre los juncales.

La suerte lo protegió. Luego de zafarse de las ataduras que lo sostenían y tras soportar algunas penurias, Wells llegó a la casa de don Agustín P. Justo, en las cercanías de Punta Chica, donde pudo pasar la noche.

El fallido intento y el peligro corrido, no amilanaron su espíritu. Habiendo quedado destruido el Washington, pensaba afrontar una empresa de mucha mayor envergadura. En una carta que remitiera al diario Nación Argentina, expresó que su plan consistía en...”cruzar el Continente Sudamericano con toda comodidad, perfecta seguridad y en muy poco tiempo, teniendo por meta cualquier punto del territorio chileno”.

El aludido matutino compartió las inquietudes del animoso norteamericano, al grado de comentar editorialmente que de conseguir transponer la cordillera de los Andes, ese hecho sería calificado de sorprendente para toda América.

Wells entendía que la única salida, y por supuesto la más viable y sencilla, era ser favorecido con un subsidio del gobierno, cuyo monto estimado en $ 100.000 serviría para solventar los gastos de fabricación del nuevo globo, que se denominaría Repúblicas Hermanas, y la adquisición del instrumental científico que llevaría consigo.

El esférico, mediría 23 metros de diámetro y 30 de alto, lo cual le daría una capacidad de almacenamiento de 7.000 metros cúbicos de gas, y resultaría por su enorme volumen el más grande de todos los construidos en el mundo hasta esa fecha.

La barquilla tendría una cobertura de lona para hacerla más abrigada, una mesa y sillas, una estufa alimentada a carbón para calefaccionar y cocinar, cajones de provisiones, canastos de champagne, botellas de agua, barómetros de distintas clases, termómetros, telescopios, compases, cronómetros, etc.

Para evitar una repetición de los riesgos ya soportados, un bote de 6 metros de largo, con sus velas y palos correspondientes, iría colgado debajo a los efectos de poder ser utilizado en caso de acuatizaje forzoso en el Pacífico.

Sólo resta mencionar dos detalles importantes; uno se refiere a unos paracaídas de reducido tamaño que el tripulante iría arrojando a medida que el globo sobrevolara diversas villas o ciudades, haciendo llegar a cada localidad los periódicos editados en la víspera de la partida.

El otro, consistía en un ingenioso invento de Wells destinado a averiguar las distintas corrientes de aire; una cuerda de cientos de metros de longitud, colgando durante el vuelo, tendría banderines atados de trecho en trecho, permitiendo de este modo, con el uso de un anteojo, apreciar desde el puesto de mando la dirección e intensidad del viento en las varias altitudes, y elegir en consecuencia la corriente más indicada para mantener la ruta propuesta.

El periodismo porteño no volvió a ocuparse del asunto, o quizá Wells nunca consiguió el dinero necesario, pero la carencia de datos hace fácil presumir que este proyecto nunca se cristalizó.

Mientras tanto y a raíz de la pérdida del Washington, el infatigable anglo-americano se había puesto enseguida a la tarea de construir un nuevo globo. Para su confección decidió emplear lienzo irlandés adquirido en el comercio de don Tomás Duguid, fundador y presidente honorario del Club de Residentes Extranjeros, desechando el uso de telas de seda como se acostumbra en Europa, por constituir un gasto superfluo.

El 24 de junio millares de personas se reunieron en la plaza, y a las dos de la tarde empezó poco a poco a cobrar formas el nuevo esférico que ahora ostentaba el nombre de Buenos Aires escrito con grandes letras que abarcaban una mitad de la periferia, en tanto en la otra se leía ¡Viva la República Argentina!, y que esta vez era inflado en el propio lugar de la partida.

Cerca de las tres de la tarde, faltando aún llenarse una cuarta parte de su contenido, se cortaron algunas cuerdas y por exceso de presión del gas sobre un sector de la envoltura, la barquilla quedó débilmente suspendida y fuera de equilibrio; viendo el peligro que corría toda la operación, Wells dio orden de soltar las amarras que lo retenían en tierra. Al elevarse se observó que un joven espectador quedo enredado en uno de los cordeles, colgando cabeza abajo.

No había tiempo para anular la maniobra. El joven llamado Antonio Premazzi, sin perder la serenidad, ascendió a pulso por la cuerda en un esfuerzo sorprendente, hasta introducirse en un gran paracaídas cerrado que estaba preparado y previsto para el descenso de Wells.

Gracias a la falta de viento que permitió que el globo se mantuviera estacionario sobre la ribera en las cercanías de la casa de Gobierno, el esférico cayó lentamente a 500 metros de la costa, al costado de un vapor, siendo felizmente rescatados ambos tripulantes por un bote. La acción de Premazzi lo hizo popular al punto casi de eclipsar la figura de Wells que, luego de otro intento fallido planeado para el 9 de julio debido al mal tiempo, se diluye en el silencio y la penumbra, y no se vuelve a hablar más ni de su persona ni de sus arriesgados pasatiempos.

Primera utilización militar del globo aerostático en Sudamérica

El 6 de julio de 1866, se produjo el primer empleo militar de aeróstatos en territorios sudamericanos, esto sucedió durante la Guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. En efecto; las operaciones se encontraban estacionadas en las proximidades de la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, a 30 kilómetros de Paso de la Patria. Como consecuencia de las características topográficas, los mangrullos eran insuficientes para observar por encima del formidable dispositivo defensivo levantado por los paraguayos.

Como remedio, el gobierno brasileño decidió adquirir dos globos cautivos en los Estados Unidos. Para tripularlos, la Argentina contrató al polaco Chodasiewicz, que se nacionalizó e incorporó al Ejército con el grado de Sargento Mayor. El aeronauta acreditaba experiencia con el Ejército Confederado durante la Guerra de Secesión
.

El 24 de junio de 1867, Chodasiewicz se elevó a 300 metros dentro de las líneas aliadas, sujetado por tres cuerdas que sostenían treinta soldados. Entre esta fecha y el 22 de julio, los globos aliados realizaron más de veinte ascensiones exitosas. Cumplieron tareas de observación y de reglaje del tiro de artillería de la flota brasileña, factor determinante del franqueo de las defensas paraguayas.

Posteriores ascensiones

El 7 de abril de 1868, el francés Casimir Baraille realizó una ascensión desde la Plaza del Parque en el globo El Zephyr. Para presenciar el evento se cobraba entrada y había una banda que ejecutaba música. El globo partió desde las actuales calles Tucumán y Talcahuano, ascendió serenamente, aterrizando luego al sur del Riachuelo, en Barracas. Realizó un segundo vuelo el 16 de abril.

El 23 de mayo de 1869, a bordo de un globo llamado América, intentó otro vuelo pero el viento lo llevó hacia el Río de la Plata. Salió a rescatarlo el pequeño vapor Cavour. El globo lleno de gas, se inclinó tocando la chimenea de la embarcación, desencadenando una terrible explosión en la que perecieron 2 pasajeros del vapor y 22 resultaron con quemaduras. Otra pequeña barca que también se había acercado a ayudar resulto hundida. Este hecho fue considerado “la primera catástrofe aérea que ocurrió en nuestro país”.

El 27 de abril de 1874, el mexicano Tomás Ceballos, concretó un ascenso en globo en la zona de Belgrano descendiendo en la quinta de Oliver al norte de la actual calle Monroe. Hay constancias que durante este vuelo Ceballos lanzó un perro en paracaídas. En junio de 1877, vuelve a ascender desde el Circo Chiarini, ubicado en calle Rivadavia, entre Sánchez de Bustamante y Agüero, del globo colgaba un trapecio en el cual el francés Blondie efectuaba exhibiciones. En ese mismo sitio efectuó varias ascensiones el español Esteban Martínez.

En 1888, un Capitán español de apellido Sánz efectuó tres ascensiones en el globo Albatros también realizando exhibiciones en trapecio. Utilizaba la zona del actual Hospital Español. El 1º de julio durante su tercera ascensión se cayó desde doce metros de altura resultando con conmoción cerebral, increíblemente una vez recuperado, siguió haciendo demostraciones.

El 20 de julio de 1891, desde la intersección de las actuales calles Florida y Paraguay, el Capitán Amadeo Meyer ascendió en un globo de gas llamado Patria. Posteriormente completó varias ascensiones.

Durante 1898, el noruego Francisco Cetti, realizó ascensiones desde la actual Plaza San Martín.

La revista Caras y Caretas relató así lo ocurrido el 30 de octubre de ese año: “Ante una numerosa concurrencia, que había acudido el domingo último a la Exposición, con el objeto de presenciar la ascensión del globo libre del aeronauta noruego Sr. Cetti, efectuóse esta, en la que tomaron parte, además del dicho súbdito del rey Oscar, el Señor Antonio Demarchi y el célebre profesor de esgrima, Sr. Pini. La falta de presión en el gas que hinchaba el "Nansen", que así se llamaba el aerostato, hicieron que Demarchi tuviese que abandonar la barquilla del globo antes que éste chocase con un pararrayos, y que, a fin de que la ascensión pudiera realizarse, Pini tuviese que arrojarse a la azotea de una casa de la calle de Artes. Libre de peso, el "Nansen" hendió las regiones atmosféricas; el público pudo verle elevarse hasta convertirse en un punto casi imperceptible, volver a aparecer, é irse a perder por fin en las aguas del río, cayendo cerca de la boya que lleva el número 4 en el canal Norte del puerto. La novedad del espectáculo atrajo a gran número de espectadores, que consideraban la ascensión como una de las diversiones más democráticas, ya que de ella disfrutaban, no solamente las personas que se hallaban en la Exposición, sino las que acudieron a la dársena Norte, y las que se limitaron simplemente a subir a las azoteas de sus respectivas casas”.

De esa oportunidad, el mismo Cetti dejó escrito lo siguiente: "Esta es la centésima vez que subo en globo libre y la primera en Buenos Aires. Pero esta ha sido la más peligrosa de todas".

A principios de 1904 llegaron a Buenos Aires los italianos José Silimbani y su esposa Antonieta. Realizaron varias ascensiones desde el Frontón de Buenos Aires, calle Córdoba Nº 1130. En una de ellas, el 31 de enero, el globo fue arrastrado hacia el norte y aterrizó de emergencia en el techo de una casa de la avenida Pueyrredón ante los aplausos de la gente. El globo de aire caliente que utilizaban se llamaba El invencible de Forli.

El 13 de marzo de 1904 Antonieta de Silimbani, ante la insistencia del público, ascendió a pesar del mal tiempo reinante pero el viento la llevó bruscamente hacia el río, cayendo a 500 metros de la costa, la pobre joven murió ahogada. José Silimbani siguió haciendo demostraciones en globo, desde el Pabellón de las Rosas frente al actual edificio de Canal 7, en compañía de su compatriota el Teniente Vasi. En 1907 los dos partieron hacia Brasil.

Los aeronautas argentinos

Los primeros aeronautas argentinos no pudieron sustraerse de la influencia que ejercían las experiencias llevadas a cabo en el exterior, en especial en Francia, donde el proceso aeronáutico era objeto de perseverantes estudios y brillantes intervenciones. A semejanza de lo que ocurrió en otros pueblos, esta actividad nació, en nuestro país, al conjuro de unos pocos hombres empeñados y resueltos pero que tuvo la virtud de despertar en la población un interés singular por la nueva disciplina, interés que más tarde tomó cuerpo en las esferas oficiales.

El 25 de diciembre de 1907 es una fecha crucial para la aeronáutica argentina: pilotos argentinos surcan por primera vez nuestro cielo.
El joven y audaz Secretario Honorario de la Legación Argentina en París, Aarón de Anchorena, había traído de Francia un globo de 1.200 metros cúbicos de capacidad, construido en algodón, al que había bautizado Pampero, nombre criollo de uno de los vientos locales, que lucía estampado en grandes letras rojas algo más abajo del circulo ecuatorial. Había contratado además los servicios de un experto francés, Louis Faberes, que debía acompañarlo en la travesía y ayudarlo con las tareas de preparación del globo.

Aarón de Anchorena no era un novato en este tipo de aventura. En 1905 había debutado nada menos que con Alberto Santos-Dumont como instructor y fue tanta la fascinación que le produjo aquella primera experiencia que se inscribió en el Aero Club de Francia, en cuyo campo de Saint Cloud recibió instrucción de otro célebre aeronauta, Paul Tissandier, de modo que, para esa fecha, ya había efectuado once vuelos de diferente envergadura, algunos de ellos en compañía de su amigo Marcelo T. De Alvear, el mismo que años después sería Presidente de la Nación.

El lugar elegido para el vuelo inaugural del globo Pampero fue el campo de la Sociedad Sportiva Argentina, entidad dedicada a propiciar y difundir el deporte, ubicada en el sitio que hoy ocupa el Campo Argentino de Polo. La ascensión, que estaba programada para el 24 de diciembre de 1907, contaba con la cooperación del Ejército que había asignado veinte soldados del Regimiento de Granaderos a Caballo bajo la dirección de Faberes. A las 10 de la mañana comenzó la operación que debió suspenderse 5 horas después por debido a que sólo se había inflado la mitad del globo. El tendido provisorio de un caño de gas de hulla de la compañía del alumbrado público de la ciudad de Buenos Aires tenía poco caudal y presión y el llenado del globo se realizaba muy lentamente. El experto francés se mostraba inquieto pues consideraba que aquel fluido no era el indicado y con lápiz y papel hacía cálculos y conjeturas sobre la fuerza ascensional que obtendrían. Las condiciones del tiempo permitían mantener el globo semi inflado en el campo hasta que la presión volviera, lo cual aconteció a las 3 de la madrugada del día siguiente. En la mañana del 25, el Pampero se erguía refulgente en medio de la pista.

Gran cantidad de curiosos se habían dado cita desde temprano, decididos a no perderse ningún detalle del insólito acontecimiento. Toda la alta sociedad argentina se había reunido para ser testigos de la hazaña del soltero más codiciado de la época, Aarón de Anchorena. El Ministro de Marina había ordenado que dos torpederas, una en La Plata y otra en Dársena Norte permanecieran en alerta.

Faberes discutía con Aarón pues consideraba un suicidio realizar el vuelo con un gas de tan pobre calidad para el evento que se intentaba realizar. Negándose a suspender la prueba y harto ya de las discusiones, Anchorena tomó los efectos personales del francés que estaban en la barquilla y se los arrojó a los pies en forma despectiva. Después preguntó quién de los presentes deseaba acompañarlo. El Director de Alumbrado de la Municipalidad y destacado deportista, el Ingeniero Jorge Newbery
pidió acompañarlo. Los hombres se estrecharon la mano y subieron a la barquilla.

Anchorena había dispuesto que la lancha crucero de su propiedad Pampa los siguiera y ató dos salvavidas de esta embarcación a la barquilla del aerostato. ¡Larguen! ordenó Aarón a las 11 de la mañana. El Pampero, libre de las amarras se sacudió al separarse de la tierra y finalmente comenzó a elevarse.

La brisa que soplaba del sudoeste lo empujó hacia el Río de la Plata hasta que se perdió de vista. A menos de 1 hora de vuelo alcanzó su altura máxima de 3.000 metros pero empezó a perderla rápidamente. Los navegantes comenzaron a desprenderse del poco lastre que quedaba a bordo y de cuanto podía ser accesorio, pero fue inútil. La fuerza de la gravedad era mayor que el poder ascensional del gas y el globo siguió cayendo. El francés había tenido razón.

Los tripulantes se vieron obligados a arrojar las bolsas de arena que equilibraban la barquilla, las anclas de tierra y marina, los cabos y cuerdas destinadas a asegurar el artefacto en tierra, los salvavidas, el barómetro, el altímetro, el catalejo, el reloj y los demás instrumentos, hasta sus efectos personales. Pero no fue suficiente; en un último esfuerzo por cambiar la situación, los hombres soltaron la canasta y se colgaron de la red que envolvía el globo. Casi a ras de la superficie del río y cuando estaban a punto de estrellarse, un soplo de brisa los empujó tierra adentro. El globo cayó, rebotó con los dos hombres aferrados al extremo de la red, volvió a elevarse unos pocos metros, favorecido por el viento y finalmente terminó su loca carrera algunos kilómetros más adentro. Los aeronautas, algo atontados, se sacudieron la ropa, miraron a su alrededor preguntándose dónde estaban y se confundieron en un abrazo.

En dos horas y cinco minutos, el Pampero había aterrizado en Conchillas, Uruguay, realizando el primer cruce aéreo del Río de la Plata, una proeza que hasta entonces nadie había soñado siquiera. Este vuelo dio comienzo a la aeronáutica argentina
.

El nacimiento del Aero Club Argentino

El 13 de enero de 1908, en la Secretaria que la Sociedad Sportiva Argentina poseía en la calle Florida 183 de la ciudad de Buenos Aires, se realizó una asamblea constitutiva, que dio origen al Aero Club Argentino, organismo que manejaría y orientaría la aeronáutica argentina por muchos años. Fueron 45 los asambleístas presentes, entre los que se eligieron a los integrantes de la primera Comisión Directiva, encabezada por Aarón de Anchorena. Jorge Newbery sería el Vicepresidente 2º. Con este acto, aquel grupo de hombres había colocado la piedra fundamental de la institución precursora y cuna de todas las inquietudes aeronáuticas de la Nación, que habría de ser la vanguardia de la aeronáutica civil y militar, y el primer club aéreo de América.


El 7 de febrero de 1908, desde el campo de la Sportiva, el recién creado Aero Club Argentino inició su brillante historial, con una ascensión con el globo Pampero, donado al club por Anchorena, fue la segunda del país, que como todas tuvo un carácter científico y deportivo. Fue conducido algo más de 5 horas por el Ingeniero Newbery acompañado por el Mayor Waldino Correa, su eficiente colaborador y director de la entidad por un tiempo.

Durante el primer año, la Comisión Directiva del Aero Club se dedicó a reclutar prosélitos para la causa aérea y si bien el club tenía enormes dificultades económicas y contaba sólo con un globo, sus socios poseían gran fe y entusiasmo, estimulados con frecuentes ascensiones aerostáticas, que sumaban a nuevos iniciados en esa novedosa actividad.

Ese año y desde el mismo lugar se efectuaron dos ascensiones más, todas con el globo Pampero. Luego continuaron, desde la quinta Los Ombúes, propiedad del banquero Ernesto Tornquist, en las barrancas de Belgrano, en la actual calle Luís María Campos y Olleros, por tener este lugar mejor cañería de gas.

El 17 de octubre resulta una fecha trágica para la naciente aeronáutica argentina. Cuando mayor era el optimismo entre los asociados, sobrevino la inesperada desaparición del Pampero, conducido por el Doctor Eduardo Newbery, quien era acompañado por el Sargento Eduardo Romero. Fue la cuarta ascensión del hermano menor de Jorge y la novena del Club, intentando establecer el primer récord de distancia y de permanencia en el aire.

Este fatal accidente causo un enorme desaliento en la mayoría de los asociados, quienes comenzaron a abandonar la incipiente actividad aérea y a renunciar al club, situación que se fue agravando con el transcurrir de las semanas y que afectó al mismo Jorge Newbery, quien al sufrir en carne propia la tragedia, presentó la renuncia a su cargo.

Pero Newbery se fue dando cuenta que era el único capaz de sacar de la profunda crisis institucional en que se encontraba el Aero Club Argentino y el que podía revertir esa situación para impedir una segura bancarrota.

La permanencia de Anchorena en Francia, motivó que el club quedara acéfalo, agravando la ya difícil situación por la que atravesaba, hasta que en uno de sus viajes a Buenos Aires y sabiamente aconsejado por Newbery y otros amigos, procedió a convocar a una Asamblea General, con el propósito de obtener el indispensable apoyo de los pocos socios que quedaban y encontrar una solución al delicado problema. En 1909, se adquirieron en Francia dos globos de seda; el primero llamado El Patriota, de 1.200 metros cúbicos y otro bautizado con el nombre Huracán de 800 metros cúbicos. También se compraron algunos aparatos meteorológicos necesarios como apoyo a las operaciones.

Las flamantes aeronaves dieron nuevos bríos al club y las actividades comenzaron a reanudarse lentamente. Los pilotos, llamados hombres pájaros por el público, inspiraban gran respeto y admiración entre la gente. Para distinguirse unos de otros usaban un banderín o gallardete colgando de la barquilla que representaba la insignia de cada uno.

El 21 de Noviembre 1909 se realizó una carrera aerostática de la que participan los aeróstatos Huracán piloteado por Jorge Newbery acompañado por Alberto Mascías y el Patriota piloteado por Felipe Madariaga con Eduardo Bradley y Alfredo Palacios de acompañantes. Ambos esféricos partieron desde la ciudad de La Plata, resultando ganador el Huracán, que llegó hasta Tapiales con una duración de vuelo de 2 horas 10 minutos.

En los años siguientes se batieron records de altura, distancia y tiempos. En 1910 se realizaron nada menos que 48 vuelos, 29 ascensiones desde la Exposición Ferroviaria, como parte de las fiestas del Centenario de Mayo. Durante la misma se realizaban vuelos diarios, supervisados por Jorge Newbery, para aquellos que se atrevían a mirar la ciudad desde el cielo.

A mediados de ese año el Aero Club Argentino ya contaba con instalaciones propias en la calle Guanacache y 11 de septiembre, en Belgrano, detrás del gasómetro. Más tarde se trasladarían al gasómetro de Bernal, por ser más puro el gas. También salieron incontables vuelos desde la Sportiva.

En 1911 se realizaron 15 ascensiones. El 24 de abril de ese año se realizó la copa Tornquist entre cuatro globos resultando ganador el Patriota, y una cacería del zorro, seguidas con mucho interés por el público.

El 05 Diciembre de 1911, Alberto Macías efectuó una ascensión en el aerostato Cóndor elevándose en Belgrano a las 11 horas 30 minutos y descendiendo la mañana del día siguiente en La Colina.

Ya por estos años había comenzado la llegada de los "más pesados que el aire", los aviones, pero los globos seguirían ascendiendo, en 1912 hubo 9 ascensiones, en 1913 hubo 68, en 1914 se registraron 27, al año siguiente 21. Durante los siguientes años iría decayendo, sólo se registraron 6 en 1916, 17 en 1917, 2 al año siguiente y solo 1 en 1919.

El 24 de Junio de 1916, Eduardo Bradley y el Capitán Ángel María Zuloaga conquistaron la Cordillera de Los Andes, al realizar la primera travesía en un globo, el Eduardo Newbery, inflado con hidrógeno, partieron de Santiago de Chile, sobrevolaron las altas cumbres y arribaron a la localidad de Uspallata en Argentina después de 3 horas 30 minutos de vuelo, haber alcanzado una altura de 8.100 metros y soportar temperaturas del orden de los 30 grados bajo cero, marcando una hazaña aérea mundial, no superada por 62 años. La barquilla del Eduardo Newbery, se encuentra en exhibición en el Museo Nacional de Aeronáutica ubicado en la localidad de Morón, Buenos Aires.

Llegaron a registrarse un total de 35 pilotos de globos en el libro del Aero Club Argentino. En la mayoría de las oportunidades el descenso de los globos se produjo dentro de los mismos límites de la Capital Federal, en Villa Devoto, Tiro Federal, Dársena Sur, Mataderos, Villa del Parque, Puente la Noria, Golf Club, Villa Lugano, Floresta, Versalles, Vélez Sársfield y Palermo.

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