30 de mayo de 2021

MIJAIL DEVYATAYEV, EL PRISIONERO SOVIÉTICO QUE PROTAGONIZÓ UNA EVASIÓN EN LA II GUERRA MUNDIAL ROBANDO UN AVIÓN ALEMÁN

 

Por Jorge Álvarez


Un Heinkel He 111 como el utilizado en la evasión/Imagen: Bundesarchiv, Bild, en Wikimedia Commons

 

La ciudad de Kazán, capital de la República de Tartaristán (Rusia), tiene un casco histórico medieval en cuyo exterior se ubica el cementerio local. En él hay un monumento en recuerdo de la II Guerra Mundial y, al lado, una artística tumba en cuya lápida puede leerse el nombre de Mijail Devyatayev, que fue un personaje con una historia más que curiosa: protagonizó una de las evasiones más asombrosas de la II Guerra Mundial -y aquí hemos visto unas cuantas– y, pese a todo, estuvo considerado sospechoso en su país durante mucho tiempo hasta que la verdad salió a la luz y pasó de villano a héroe.

 

El camposanto de Kazán se denomina Campo de Arsk, que deriva de Archa Darugha, una de las divisiones administrativas de lo que fue el antiguo Khanato de Kazán, a su vez parte de la Horda de Oro, hasta el siglo XVI. Ha de ser un lugar fascinante porque además de sepulturas tiene detrás una turbulenta historia: allí se situó el campamento tártaro que sitió Kazán a las órdenes de Iván el Terrible, allí se enfrentaron las tropas gubernamentales a las rebeldes de Pugachev en 1774 y allí se reunieron los bolcheviques en octubre para iniciar la versión local de la revolución en 1917. 

 

La tumba de Mijaíl Devyatayev en el cementerio Arskoe de Kazán/Imagen: Bodganov-62 en Wikimedia Commons

El sitio parece perfecto, pues, para un personaje como Mijail Devyatayev, aunque no era oriundo del lugar. Nació en un pequeño pueblo de la República de Mordovia llamado Torbeyevo y lo hizo precisamente en ese revolucionario año de 1917. Su familia era campesina y muy numerosa, pues él era el décimotercer hijo, a pesar de lo cual pudo estudiar en la Escuela de Navegación Fluvial, graduándose en 1938 e iniciando su vida profesional en ese sector como oficial de un barco que realizaba travesías por el Volga.

 

Sin embargo, tuvo que interrumpir su trabajo al ser llamado a filas e incorporado al Ejército Rojo. Curiosamente, no fue destinado a la marina sino a aviación: ingresó en la Escuela de Vuelo de Chkalov, de la que salió convertido en piloto en 1940. Justo a tiempo porque soplaban vientos de guerra: por un lado, la Unión Soviética mantenía desde septiembre de 1939 un conflicto con Finlandia, la llamada Guerra de Invierno, que ganó pírricamente en marzo; por otro, Alemania y Francia y Reino Unido también se habían alzado en armas en septiembre, tras la invasión de Polonia. 

 

Molotov firma el pacto de no agresión en presencia de Ribbentrop y Stalin/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

 

En realidad, la II Guerra Mundial estaba en un extraño impasse, una situación de inmovilidad que se conoció como Guerra de Broma pero que terminó en mayo con la invasión de Francia, Bélgica, los Países Bajos y Luxemburgo por parte de la Wehrmacht, paralelamente a la ocupación de Noruega y Dinamarca. La contienda se iba extendiendo y ampliando, por lo que era cuestión de tiempo que el Pacto Ribbentrop-Molotov, un acuerdo de no agresión entre alemanes y soviéticos que llevaba el nombre de sus ministros de Exteriores, saltara por los aires.

 

Los dos países eran conscientes de ello y se estaban preparando, pero Hitler empezó su Operación Barbarroja antes de lo que Stalin preveía, de ahí que la primera fase del ataque, iniciada el 22 de junio de 1941, fuera tan fulminante. El Ejército Rojo estaba todavía en pleno proceso de modernización, dado que la revolución y la guerra civil posterior lo habían retrasado, así que en aquellos primeros momentos los germanos pasaron como una apisonadora sobre las defensas soviéticas.

 

Un joven Mijaíl en su época de piloto/Imagen: dominio público en Wikimedia Commons

 

En ese contexto, la aviación jugaba un papel fundamental, por eso Mijaíl fue uno de los primeros militares en entrar en combate en lo que en la URSS se conoce como Gran Guerra Patria. Lo hizo inmediatamente a los mandos de su avión y el 24 de junio, es decir, dos días después de la agresión teutona, logró el primer derribo de un Junkers Ju 87, el célebre modelo conocido como Stuka, que la Luftwaffe empleaba en bombardeos en picado para allanar el camino a las tropas de tierra.

 

Al igual que otros compañeros, su esfuerzo en aquellos primeros y dramáticos momentos fue crucial y se le reconoció premiándole con la Orden de la Bandera Roja, una condecoración para méritos militares que fue la más importante del país desde su creación en 1918 hasta 1933, en que la desplazó la Orden de Lenin. De hecho, Mijaíl también ganaría esta última, entre otras. Y es que, pese a que el 23 de septiembre fue herido de gravedad en una pierna y pasó una larga temporada convaleciente, luego regresó al frente.

 

La Orden de la Bandera Roja/Imagen: Fdutil en Wikimedia Commons

 

Primero le destinaron a un Polikarpov Po-2, un biplano que fue el modelo de avión del que se hicieron más unidades en la historia de la aviación. El Po-2, que se diseñó en 1927, resultaba completamente obsoleto en 1941 y por eso apenas se utilizaba en combate, en ataques nocturnos, de hostigamiento o propaganda; en general servía más bien para entrenamientos o para transporte ligero de pasajeros, sin contar usos extra como ambulancia o fumigador (de hecho, era motejado Kukuruznik, que significa maíz).

 

Mijaíl estuvo casi toda la guerra volando en misiones médicas, pero tras una reunión con Aleksandr Ivanovich Pokryshkin consiguió que cambiaran las cosas. Pokryshkin era un as de la aviación nacional, un visionario que había inventado la ametralladora ShKAS (un arma accionada por gas y gran cadencia de disparo que se incorporó a cazas y bombarderos) y el avión de reconocimiento Polikarpov R-5 (muy utilizado en la Guerra Civil Española como bombardero rasante, lo que hizo que se lo apodara así) y que llegaría a mariscal; pero ya era un héroe entonces y medió para que a Mijaíl le dieran otra vez un destino de combate.

 

Réplica de un Polikarpov Po-2/Imagen: Alan Wilson en Wikimedia Commons

 

Así fue cómo en mayo de 1944 se integró en el 104º Regimiento de Pilotos de Combate Guardianes, en el frente ucraniano, donde, con el grado de Teniente Mayor, se apuntó nueve victorias en dos meses a los mandos de un Bell P-39 Airacobra (avión de fabricación estadounidense de los que se enviaron a la URSS por la Ley de Préstamo y Arriendo). Sin embargo, tampoco esta vez tuvo suerte y volvió a ser derribado cerca de Lwów (Leópolis), una ciudad del extremo occidental de Ucrania (por entonces de Polonia) ocupada por los alemanes tres años antes y que el Ejército Rojo estaba intentando reconquistar. Como no lo conseguiría hasta el 27 de julio, Mijaíl, que sobrevivió a la caída de su avión, pero con considerables quemaduras, cayó en lo que todavía era territorio enemigo.

 

Hecho prisionero, fue ingresado en el campo de concentración de Łódź, actual Polonia. Se trataba de una urbe que apenas sufrió daños durante la guerra y donde se había erigido un gueto judío de veinte mil personas del que, cuando Mijaíl llegó, ya sólo quedaban menos de un millar, hasta el punto de que se cerró para repartir a los supervivientes por los campos de las cercanías. Entre ellos estaba la infame prisión Radogoszcz, donde se procedió a su exterminio ante la inminencia de la caída de la ciudad (finalmente optaron por prenderle fuego al edificio con los presos dentro).

 

Un Bell P-39 Airacobra con distintitvos soviéticos/Imagen: Martin Čížek en Wikimedia Commons

 

Por tanto, todo aquel lugar destilaba muerte por todas partes y Mijaíl no quiso esperar su turno. El 13 de agosto se fugó, pero no pudo ir muy lejos y, otra vez capturado, le trasladaron al campo de concentración de Sachsenhausen. Todo un problema porque éste se encontraba ya en Alemania, en Oranienburg (Brandeburgo), dificultando cualquier tentativa de evasión. El recinto se había inaugurado en 1936 para albergar el exceso de población reclusa de Esterwegen, un campo secundario del de Neuengamme donde se habían internado prisioneros de guerra franceses, belgas, holandeses y checos.

 

Esterwegen quedó inicialmente para presos políticos, pero luego se amplió la nómina a judíos, polacos y soviéticos (también republicanos españoles; allí estuvo internado Largo Caballero). En agosto de 1944 la marcha de la guerra ya se inclinaba tan claramente del lado aliado que el Ejército Rojo marchaba hacia allí sin que nadie pudiera pararlo, por lo que las SS empezaron a ejecutar prisioneros. Mijaíl, consciente de que más temprano que tarde le llegaría su turno al ser piloto (a los que se consideraba más peligrosos potencialmente), se las arregló para intercambiar su identidad por la de un infante fallecido y consiguió regatear a la muerte de momento.

 

Restos de los hornos crematorios del campo de Sachsenhausen/Imagen: Sally Scott en Wikimedia Commons

 

A continuación vivió un nuevo traslado, esta vez a Usedom. Se trataba de una isla de la costa del mar Báltico, frente a la desembocadura del Oder, que hoy se reparten Alemania y Polonia pero que en aquellos momentos usaba el régimen nazi como campamento para los equipos de trabajadores forzados que servían en una base del noroeste insular, la de Peenemünde. Esta posiblemente le suene más al lector, ya que en ella se desarrollaron los programas de misiles V1 y V2, el arma que Hitler impulsaba a la desesperada para intentar dar un vuelco a la marcha de la contienda.

 

Los prisioneros se empleaban en reparar las pistas y limpiar manualmente el terreno de las bombas que no habían explotado, pues los Aliados sabían de las actividades que se llevaban a cabo en aquellas islas y lanzaron sobre ellas unas mil seiscientas toneladas de ellas. Las condiciones de trabajo eran muy duras, no sólo por el peligro de que un artefacto hiciera explosión o de caer a manos de los bombardeos amigos sino también por la crudeza del invierno y el trato brutal de los guardias.

 

Ubicación de la isla de Usedom con Peenemünde marcada en rojo/Imagen: TUBS en Wikimedia Commons

 

Por eso Mijaíl estaba decidido a escapar otra vez, a pesar de estar en el corazón de un país hostil y no hablar ni alemán ni polaco; prefería morir en el intento que esperar sufriendo el mismo inexorable destino. El 8 de febrero de 1945 convenció a tres camaradas de armas llamados Sokolov, Krivonogov y Nemchenko -luego se sumaron cuatro más- para colaborar en una fuga, poniendo en práctica su plan una noche, a la hora en que solían cenar los guardias y había menos efectivos vigilando. Estaban trabajando en una pista cuando Krivonogoc mató al guardia con su pala.

 

Entonces otro prisionero llamado Peter Kutergin se puso su uniforme y guio al grupo de nueve prisioneros, como si los fuera escoltando, hasta el aeródromo. Allí subieron discretamente al Heinkel He 111 que utilizaba el comandante del campo y despegaron con rumbo este; Mijaíl era quien pilotaba, obviamente, no en vano había estado reuniendo información sobre cómo era el cuadro de mandos. No fue tarea fácil porque primero los burlados alemanes trataron de interceptar el avión -un caza que volvía de una misión se cruzó con ellos, pero había agotado su munición- y después fueron los antiaéreos soviéticos los que dispararon frenéticamente contra aquel bombardero enemigo.

 

De hecho, el Heinkel resultó alcanzado, pero aun así la pericia del piloto permitió tomar tierra en la aldea de Gollin, en la URSS. Los evadidos pasaron un tiempo en el hospital para recuperarse de la desnutrición y la fatiga mientras se los sometía a un duro interrogatorio por parte del NKVD, que no les creyó. Al recibir el alta a finales de marzo, cinco de ellos fueron reenviados al frente en un batallón disciplinario y murieron en combate a lo largo de las semanas siguientes. Los demás, al ser oficiales, quedaron apartados del servicio mientras durase la investigación que se abrió, ya que al servicio secreto le resultaba una historia imposible.

 

En noviembre de ese año, a los dos meses de finalizar la guerra, Mijaíl fue dado de baja en el ejército sin que se hubiera resuelto dicha investigación, que quedó postergada al no correr ya prisa. Eso supuso que seguía siendo sospechoso oficialmente y, por tanto, se le trató como a tal, no encontrando un empleo acorde a su titulación y debiendo ganarse la vida como estibador en el puerto fluvial de Kazán. Esa injusta situación se prolongó hasta 1957, cuando Serguéi Koroliov, jefe del programa espacial soviético y diseñador de cohetes, se puso a analizar la información que aquellos presos habían facilitado años atrás sobre las V1 y V2 germanas. 

 

Koriolov descubrió que los datos aportados eran tan valiosos que ningún agente enemigo los proporcionaría, así que desenterró el expediente de los evadidos que aún vivían, lo presentó a las autoridades explicando el valor de sus testimonios y ese mes de agosto Mijaíl pasó de ser un paria a convertirse en Héroe de la Unión Soviética, siendo aplaudido unánimemente, recibiendo distinciones, protagonizando libros y artículos, etc. Así fue cómo reunió algunas de las condecoraciones más destacadas del país, como la citada Orden de Lenin, la Orden de la Guerra Patria (primera y segunda clase), la ciudadanía de honor de la República de Mordovia y muchas más.

 

Acaso en lo personal su mayor recompensa fuera retomar aquel empleo de capitán fluvial en el Volga, donde estuvo al mando de los primeros modelos domésticos de hidroala o aliscafo (un tipo de nave que alcanza gran velocidad al llevar el casco por encima del agua). En 1972 escribió un libro de memorias y en 2002 le llegó el momento de dejar este mundo al que tanto se había aferrado en tiempos difíciles. Un museo en su casa natal recuerda sus hazañas y se puso su nombre a un cohete, pero probablemente sea más curioso que haya un monumento en su memoria en la isla Usedom.

 

Fuente: https://www.labrujulaverde.com