Por Jorge Álvarez
El 1 de mayo de 2005, gracias a un minucioso estudio en el City of Westminster Archives Centre (el archivo de la City londinense, que contiene fondos documentales sobre la historia del centro urbano más Marylebone y Paddington), se pudieron localizar y recuperar los restos de un emblemático avión de la II Guerra Mundial: un Hawker Hurricane que había quedado enterrado desde 1940, tras estrellarse durante uno de los combates de lo que se conoce como la Batalla de Inglaterra.
Pero,
aunque todos los que participaron en aquella desesperada defensa ante las
incursiones de la Luftwaffe están considerados héroes (recordemos las palabras
de Churchill: “Nunca tantos debieron tanto a tan pocos”), aquel no era un
aparato más. Su piloto se llamaba Raymond Towers Holmes y había protagonizado
una hazaña tan valerosa como inaudita al impedir que un bombardero alemán
soltase su mortífera carga sobre el Palacio de Buckingham embistiéndolo con su
avión al haberse quedado sin munición.
Ray
Holmes, como era comúnmente conocido, nació en 1914 en la localidad inglesa de
Wallasey (Cheshire). Era hijo de un periodista y por eso siguió sus pasos en
esa profesión, trabajando para el periódico Birkenhead Advertiser, siendo el
encargado de cubrir las noticias sobre crímenes. A mediados de los años treinta
el mundo estaba en un estado de tensión creciente y la Guerra Civil Española se
convirtió en un campo de ensayos para lo que todos veían cada vez más probable,
una contienda de alcance continental. Por eso las principales potencias
empezaron a prepararse y en 1936 Holmes se alistó en la Royal Air Force
Volunteer Reserve, grupos de reservistas voluntarios que, junto con los de la
Royal Auxiliary Air Force, constituían una valiosa ayuda complementaria para la
RAF.
Cuando por fin estalló la II Guerra Mundial, el Reino Unido y sus socios de la Commonwealth eran los únicos en condiciones de ofrecer resistencia a la poderosa Alemania nazi; especialmente en el mar, donde la Royal Navy seguía siendo superior a la Kriegsmarine, que en su Plan Z (un ambicioso programa de construcciones navales) y ante la insuficiencia de tiempo para tener lista una armada del potencial exigido, se centró sobre todo en formar una gran flota de submarinos y barcos pequeños.
Pero
en el aire las cosas se presentaban distintas, pues la Luftwaffe sí había
logrado ese potencial. Durante los primeros compases de la guerra, después de
la retirada británica de Dunkerque y la rendición de Francia, Gran Bretaña
estaba sola y aislada, por lo que parecía inminente su rendición. O, al menos,
así lo creyó Hitler, que ordenó no atacar su territorio en espera de
solucionarlo pacíficamente en lo que esperaba fuera un golpe de efecto que, de
paso, le evitara nuevas pérdidas a su armada como las sufridas en la toma de
Noruega. Sin embargo se encontró con la obstinada resistencia de Churchill, así
que retomó el plan de invasión de las islas, denominado León Marino.
Dada
la inferioridad de la flota germana, para poder atravesar el Canal de la Mancha
y llevar a cabo un desembarco era necesario que la Luftwaffe se encargase de
mantener a raya a la Royal Navy, para lo cual resultaba inevitable conseguir
primero el dominio aéreo. Y para eso había que derrotar a la RAF, cosa que
Hermann Göring prometió que sería realidad en pocos días. Para su desconcierto,
la cosa duró bastante más: cuatro meses que, encima, terminaron en fracaso. Fue
el inicio de la Batalla de Inglaterra, tal como la bautizó el propio Churchill:
“Espero que la Batalla de Gran Bretaña esté a punto de comenzar”.
Empezó
el 10 de julio de 1940 y para entonces Ray Holmes llevaba un mes en el
Escuadrón 504º de la RAF, una unidad de reserva con base en Rutland que inicialmente
se había formado con bombarderos ligeros pero que, en 1939, dadas las
circunstancias, se reconvirtió en escuadrón de combate dotándose de aviones
Hawker Hurricane. Este modelo, uno de los más populares de la II Guerra
Mundial, era un caza monoplaza (el primer monoplano de la RAF) que junto al
Supermarine Spitfire -en menor medida- se encargó de la intercepción de
incursiones alemanas en el espacio aéreo británico.
Los
Hurricane protagonizaron épicos duelos con sus homólogos enemigos, los Messerschmitt
Bf 109, que eran los encargados de escoltar a los bombarderos (aunque no se los
diseñó para eso y por eso su rendimiento resultó irregular, empezando a ser
reemplazados en 1942 por los Focke-Wulf Fw 190). No obstante, el episodio de
Holmes no los tuvo a ellos como adversarios sino directamente a los
bombarderos, que en la Batalla de Inglaterra presentaron dos modelos
diferentes. El primero fue el Heinkel He 111, muy resistente pero cuyas
limitaciones en velocidad y maniobrabilidad, junto con una insuficiente
defensa, terminaron por dejarlo obsoleto antes de acabar la contienda.
El
otro era el Dornier Do 17, un tipo de avión apodado Fliegender Bleistift (Lápìz
Volador) por su esbeltez, que le proporcionaba ligereza y rapidez sobradas para
dejar atrás a los cazas. y por eso inicialmente se diseñaron sin
ametralladoras, aunque luego se decidió incorporarles una MG 15 dorsal y otra
ventral trasera. En realidad, el Dornier también se quedaría anticuado y aunque
participó en toda la guerra, ya desde el verano de 1940 empezó a ser
sustituido, primero por el Junkers Ju 88 y después por el Dornier Do 217.
Antes, un par de unidades se encontraron con el Hurricane de Holmes en el cielo
de Londres.
La
Luftwaffe llevaba dos meses y medio efectuando continuas oleadas de bombardeos,
sin conseguir su objetivo de desanimar a la población británica, cuando el 15
de septiembre de 1940, ascendido a Sargento y pilotando un Hurricane, Holmes
estaba allá arriba, cumpliendo con su deber. Se hallaba sobrevolando el entorno
de Londres cuando vio una formación de tres Dornier Do 17 pertenecientes al KG
76 (Kampfgeschwader 76) un ala de combate creada en 1939 y compuesta por tres
grupos de bombarderos, de los que ese trío constituía uno.
El
rumbo que habían tomado les llevaba directamente al centro de la capital
británica, por lo que estaban claras sus intenciones. Holmes se lanzó sobre
ellos centrando su ataque en uno, pero otro le disparó con un lanzallamas y si
bien el Hurricane salió ileso -pues ese tipo de arma no está pensada para su
uso a los casi cinco mil metros en que estaban y el fuego se consumió antes de
alcanzar al avión-, el parabrisas quedó impregnado de combustible, lo que
dificultaba la visión del piloto.
Holmes
sólo podía esperar a que el flujo de aire frontal lo eliminase, pero cuando al
fin pudo ver algo descubrió que estaba prácticamente encima del Dornier, al que
tuvo que esquivar para evitar una colisión, pasando bajo su panza muy
apuradamente. Se volvió entonces contra el otro enemigo soltándole una ráfaga
que hizo caer algo del aparato. Al principio, Holmes pensó que había logrado
partirle el ala, pero luego resultó que la pieza que caía era en realidad un
tripulante herido saltando en paracaídas.
Lo
malo fue que las cuerdas se engancharon en el ala del Hurricane,
desestabilizándolo. Holmes tuvo que alabear y girar a un lado y otro hasta que
consiguió desprenderse de aquella insólita carga y así pudo enfilar al tercer
bombardero mientras esquivaba los disparos de sus MG 15 traseras; probablemente
en ese momento el piloto británico hubiera deseado que los Dornier se hubieran
construido según su diseño original, sin armas, confiando en su velocidad punta
de 390 kilómetros por hora.
Pero ello también hubiera supuesto que el avión alemán se le escaparía y Holmes estaba decidido a impedirle soltar su mortífera carga sobre el centro de Londres, donde el Palacio de Buckingham se perfilaba como su objetivo. Así, le adelantó y a continuación giró para atacarle de frente, a salvo de las ametralladoras… y cuando accionó las suyas descubrió que no disparaban; había agotado la munición. Apenas tuvo unos segundos para tomar la gran decisión de su vida, acaso inspirado por el incidente anterior: embestir frontalmente al Dornier.
Ahora
bien, no era un kamikaze. La idea no consistía en chocar sin más, lo que
suponía la muerte segura, sino pasar justo por encima y romperle la cola, que,
según dijo él mismo, “parecía muy frágil y atractiva”. Y, en efecto, con una
arriesgada maniobra pasó sobre fuselaje y le arrancó la aleta de babor,
pensando que aquel avión quedaría incapacitado para seguir adelante y mucho más
para regresar. Pero, de hecho, le había destrozado toda la mitad trasera sin
pretenderlo. El Hurricane tampoco salió ileso, perdiendo el control y cayendo a
plomo.
Incapaz
de dominarlo, Holmes saltó, no sin antes golpearse primero contra la carlinga y
luego contra la aleta. Al final pudo abrir su paracaídas y mientras descendía
observó cómo el Dornier se estrellaba cerca de la estación London Victoria. Una
cámara filmó la batalla y captó el dramático momento, como se puede ver en la
imagen inferior. El piloto alemán, por cierto, se llamaba Robert Zehbe y
sobrevivió en primera instancia porque, al parecer, había abandonado la nave
junto a su tripulación dejando el piloto automático puesto (es decir, Holmes
embistió a un avión vacío) pero estaba malherido y falleció un poco más tarde.
La
caída del británico no resultó muy épica: tuvo que balancearse para evitar los
cables eléctricos del Metro y eso le empujó contra una manzana de casas.
Aterrizó violentamente sobre el tejado de pizarra de un edificio de tres pisos
y se deslizó por él sin poder frenar, temiendo que se iba a matar de forma
absurda. Al final la tela del paracaídas se enganchó a una tubería y le detuvo
justo cuando tocaba ya el suelo con los pies. La gracia del asunto fue que
éstos quedaron dentro de un cubo de basura.
Estaba
en el pequeño jardín de un patio interior y mientras se quitaba los arneses dos
chicas del jardín vecino corrieron a ayudarle; “pasé por encima de la valla y
todos nos besamos” contaría. En ese momento todavía no sabía que su singular
duelo con el bombardero alemán había tenido numerosos testigos: un grupo de
personas desde Hyde Park; varios niños que jugaban al fútbol sin hacer caso de
las sirenas de alarma, desde Victoria Station (y aportaron el curioso detalle
que, al reventar la tubería, el agua inundó las cercanías)…
Todos
corrieron a abrazarle y darle la mano mientras él, un tanto confuso, veía como
lo subían a hombros para llevarle al cuartel de Chelsea. No fue sino el
principio de una auténtica oleada de popularidad, debidamente jaleada por la
prensa no sólo por salvar Buckingham Palace sino también por la forma en que lo
hizo, ya que embestir al enemigo no formaba parte de ningún manual de la RAF
(sentaría escuela porque en 1941 un MIG-3 soviético embistió a otro Dornier
17). No es de extrañar que recibiera una nota de felicitación del testigo más
inesperado de su heroica acción: la reina Guillermina de Holanda (estaba
exiliada en Londres).
Gran Bretaña ganó la Batalla de Inglaterra al mes siguiente, en la primera mitad de octubre de 1940, cuando la Luftwaffe, incapaz de doblegar a la RAF, puso fin a León Marino para dedicarse a la Operación Barbarroja (la invasión de la URSS). Pero la guerra continuaba y el Blitz (los bombardeos) también. Y Holmes seguía siendo piloto, por lo que una vez recuperado se incorporó al Escuadrón 81º y fue enviado a Murmansk (URSS) como instructor de vuelo, para enseñar a los pilotos soviéticos el manejo del Hawker Hurricane, pues les habían entregado varias unidades. Se sabe que también allí se apuntó otra victoria, un caza Messerschmitt Bf 109.
En
abril de 1941 contrajo matrimonio con Elisabeth Killip -con la que tuvo dos
hijas- y en los años siguientes fue ascendiendo a Oficial de vuelo y Teniente.
Volvió a Inglaterra en 1943, continuando como instructor dos años más en la
base aérea de Montrose (Escocia) pero terminando la guerra en el Escuadrón 541º
a los mandos de un Spitfire. Al finalizar el conflicto y tras una breve etapa
en los Corps of King’s Messengers (correo diplomático del Foreign and
Commonwealth Office), retomó su trabajo de periodista en la agencia de prensa
de su padre.
En
1964 se quedó viudo y dos años más tarde contrajo segundas nupcias con Anne
Holmes. Su fama seguía siendo considerable, hasta el punto de que en 1989
publicó una autobiografía titulada Sky Spy. From Six Miles High to Hitler’s
Bunker. Murió de cáncer en 2005, menos de dos meses después de que se
encontraran los restos de su avión; se exhiben junto a los del Dornier en el
Imperial War Museum.
Fuente:
https://www.labrujulaverde.com