10 de febrero de 2023

ASÍ REVOLUCIONÓ ESPAÑA LA HISTORIA DE LOS BOMBARDEOS AÉREOS DURANTE LA GUERRA DE MARRUECOS

 


 

Kindelán, personaje hoy defenestrado por su papel en el golpe de 1936, fue quien realizó las gestiones para adquirir los primeros aeroplanos y disponer de todo lo necesario para que España se dotara de una fuerza aérea con uso militar

 

Posición en la que quedó un avión pilotado por Kindelán tras sufrir un grave accidente.


Por César Cervera

 

El interés de la monarquía católica por el uso militar de máquinas voladoras se remonta a una demostración realizada en el Escorial por oficiales y alumnos de la Academia de Artillería ante Carlos IV el 15 de noviembre de 1792. El éxito de la misma dio lugar a un memorial y a que muchos ingenieros dejaran volar, nunca mejor dicho, la imaginación. Sin embargo, las máquinas voladoras no estarían en disposición de ofrecer nada palpable a las cabezas militares hasta principios del siglo XX, cuando todos los países modernos se enfrascaron en una batalla para sacarle punta militar a los prototipos voladores.

 

Los primeros vuelos

 

Al mando del piloto M. Julien Mamet, un avión surcó los cielos por primera vez en España el 11 de febrero de 1910.

 

El cielo español se familiarizó pronto con la presencia de aviones, incluidos los militares. Alfredo Kindelán, personaje hoy defenestrado por su papel en el golpe de 1936 y en la Dictadura franquista, fue quien realizó las gestiones para adquirir los primeros aeroplanos y disponer de todo lo necesario para que España se dotara de una fuerza aérea con uso militar. En Cuatro Vientos se realizaron los primeros vuelos y se formaron los pilotos militares que habrían de llevar la guerra a las nubes.

 

“Una esforzada, presurosa y casi increíble historia escrita con sangre de ‘locos’, pues por locos fueron tenidos en su tiempo aquellos iluminados precursores de un fabuloso fenómeno que a nosotros, a fuerza de contemplarlo desde estas alturas del siglo, se nos ha convertido ya en rutinaria”

 

Los resultados se vieron inmediatamente en la Guerra de Marruecos, donde fue destinada una escuadrilla de doce aeroplanos al mando del Capitán Kindelán. En noviembre de 1913, despegó del Aeródromo de Tetuán el primer avión en misión de guerra con el Teniente Alonso como piloto y el Alférez Sagasta como observador. El Capitán Kindelán partió en el segundo vuelo, junto con el Infante Alfonso de Orleáns y Borbón, nieto de la Reina Isabel II.

 

Este primo hermano del Rey Alfonso XIII había sido el segundo español en recibir oficialmente el título de piloto, un pionero de un exclusivo club de locos. “Una esforzada, presurosa y casi increíble historia escrita con sangre de ‘locos’, pues por locos fueron tenidos en su tiempo aquellos iluminados precursores de un fabuloso fenómeno que a nosotros, a fuerza de contemplarlo desde estas alturas del siglo, se nos ha convertido ya en rutinaria peripecia de todos los días: el transporte de pasajeros por aire”, relataba ABC en un artículo el 22 de junio de 1977 sobre esos caballeros del cielo con la sangre helada en sus venas.

 

Salida de un aeroplano militar del nuevo aeródromo de Melilla.


Los aviadores españoles realizaron el 17 de diciembre el primer bombardeo específicamente aéreo de la historia mundial, al utilizar contra las tribus rifeñas bombas de diseño especial para la aviación. “Aunque nuestros vuelos de bombardeo en Marruecos no fueran los primeros (antes se habían lanzado bombas desde aviones en la guerra de los Balcanes), los españoles podemos adjudicarnos el haber sido los primeros en hacerlo siguiendo una técnica y más apropiadamente... Al principio llevábamos las bombas sobre nuestras piernas; luego perfeccionamos el sistema atándolas, con cuerdas, al costado del fuselaje del avión; el observador, hecha la puntería, cortaba la cuerda con unas tijeras...”, explicaba años después Alfonso de Orleáns para reivindicar como española la primera campaña en la historia donde se usó la arma aérea de manera “metódica y regular”.

 

Volar a la española

 

El Desastre de Annual (1921), donde incluso sucumbió el aeródromo de Melilla, reforzó la idea de que las ventajas tecnológicas, y con ellas la aviación, eran más necesarias que nunca para resolver el conflicto colonial. Las fuerzas aéreas españolas crecieron en número (en el Norte de África se concentraron hasta 162 aviones), pero también en calidad y en habilidad. Además, se hizo famoso en toda Europa el llamado “vuelo a la española”, esto es, atacar a muy baja altura en cadena a los rifeños exponiéndose a numerosos impactos de bala de arriba hacia abajo.

 

“Desafiaban nuestros aviadores las terribles 'levantaderas' de 80 y 90 kilómetros por hora, y los temporales, con un material fatigado y acechados por un enemigo invisible, gran tirador e implacable con el caído. El porcentaje de bajas, naturalmente, fue elevadísimo”, narraba Tomás Martín-Barbadillo González, vizconde de la Casa González, en un artículo de ABC a medio siglo de crearse la Aviación militar.

 

Curtidos por la experiencia, casi un centenar de aviones españoles, incluido uno conducido por el Infante Alfonso, tomaron parte en el exitoso desembarco de la bahía de Alhucemas el 8 de octubre de 1925, que dio inicio a una ofensiva que cambió el mapa de la colonia. Los aviadores españoles volaron 1462 horas y lanzaron 136 toneladas de explosivos, siendo la duración media de cada vuelo de dos horas.

 

Aviación del bando nacional durante la Guerra Civil.

 

En tiempos de paz, la aviación siguió acrecentando su historia con grandes y sonadas travesías por el mundo, como aquel Palos de la Frontera-Buenos Aires o el Madrid-Manila. “Al término de la campaña de Marruecos, se conoce la etapa histórica más brillante de la Aviación española; fruto, sin duda, de la acertada labor de orientación profesional llevada a cabo por Kindelán y su equipo, unido a la competencia profesional y destacada calidad humana de los Franco, Gallarza, Jiménez, Iglesias, Barberán o Collar, que llevaron las alas españolas a las más altas cotas de prestigio internacional", explica Luis G. Domínguez en la edición de ABC del 3 de marzo de 1979. Una época que podría calificarse como de vuelo “sensacional”, pues eran los propios sentidos humanos los sensores primarios para el control del avión a falta de instrumentos más avanzados.

 

La Guerra Civil, por su parte, fue escenario de nuevas doctrinas aéreas y ensayos de tácticas que serían aplicadas en la Segunda Guerra Mundial. La victoria de los nacionales se debió en gran medida a la actuación de las fuerzas aéreas, pero no fue realmente hasta agosto de 1939 cuando se creó el Ministerio del Aire y se otorgó el 7 de octubre de ese año el grado de Ejército del Aire. La flota de aviones de este primer ejército aéreo estaba compuesta por aeronaves obsoletas que habían combatido en la Guerra Civil, en muchos casos pertenecientes a la Legión Cóndor alemana. En 1940, el Ejército del Aire contaba con aproximadamente 172 aviones de caza y 164 bombarderos, de los que trece eran Junkers-52 de transporte. Comenzaba aquí una laberíntica batalla, que dura hasta hoy, por modernizar la flota a base de acuerdos internacionales y de hacer malabares con unos presupuestos raquíticos.

 

Alfonso de Orleáns más allá de Marruecos

 

Dotado de una personalidad arrolladora, Alfonso fue descrito por Churchill como uno de los hombres más importantes que había conocido. Con la llegada de la República vivió desterrado en los EEUU, donde trabajó bajo el nombre de M. Dorleans como peón en la casa Ford por seis francos cincuenta a la hora. Después se empleó como mecánico de tractores, lavacoches e inspector de ventas. Todo lo aceptó deportivamente hasta poder regresar a España, en cuya Guerra Civil terminó a los mandos de varios aparatos del bando nacional. Al igual que Kindelan, el primo de Alfonso XIII pensaba que el conflicto terminaría con la restauración borbónica, pero no fue así.

 

El Infante don Alfonso y su hijo el infantito don Álvaro.


Finalizada la guerra fue ascendido a General de Brigada y ocupó la jefatura de la Segunda Región Aérea. Sin embargo, Alfonso de Orleáns renunció, en 1945, a sus cargos para mostrar su apoyo al Manifiesto de Lausana, texto en el que Juan de Borbón, jefe de la casa real española, reclamó la restauración de la monarquía. El Infante Don Alfonso escribió al resto de monárquicos que se haría “cargo de la Regencia hasta la llegada del Rey”, en tanto Franco era derrocado.

 

Con esta maniobra, que no llegó a ninguna parte, el Infante Alfonso tuvo que poner fin a su carrera militar y alejarse de los focos políticos. En la parte final de su vida, se instaló en Chipiona, Cádiz, donde sustituyó su fascinación por el aire por el mar. “Conservo aún en mi pecho el recuerdo de mis amigos muertos. Muchos de ellos compartieron conmigo horas difíciles; otros, horas felices. Pero siempre gratas por la amistad”, reconocía el octogenario en un reportaje de 1972 para ABC titulado 'Un caballero del aire'. Allí falleció tres años después por complicaciones cardiacas.

 

Fuente: https://www.abc.es