Por
Salvador Tomás Rubio
Desierto
amigo,
de
mi mano a tus arenas
hoy
quise cambiar
bombas
por poemas.
Y
las palabras brotaron
de
mis labios
como
savia fresca.
Fue
un día del mes de marzo de un ya lejano 1968. Mientras empujaba los mandos de
gases a la posición de alta potencia de despegue y el mecánico de vuelo iba
“cantándome” la lectura de los parámetros del panel de instrumentos, todo el
cuerpo se nos iba llenando con las vibraciones de los 1.600 HP de cada uno de
los motores de mi bombardero Heinkel 111, coloquialmente conocido como “Pedro”.
La
pista fue rápidamente separándose de nosotros a 250 Km. por hora, iniciándose
lo que debería ser una misión más de bombardeo sobre las arenas del desierto.
–
¡Tren arriba!…… Arriba y blocado.
–
Presión de turbo a 0,65……. Ajustada.
–
¡Flaps arriba! …… Arriba y comprobados.
–
2.500 revoluciones…… Ajustadas.
–
Reduciendo turbo a 0,5 …… Reducido.
–
Velocidad de ascenso 240 Km./hora.
Las
órdenes se emitían y contestaban con la precisión matemática de quien ha
repetido los mismos procedimientos cientos de veces. Al unísono, el avión
obedecía dócil a mis requerimientos de mando, como si sus 14 toneladas al
despegue solo fueran realidad en su hoja de características. Pronto la tierra
dejó paso al mar bajo las alas y con un suave “tirón” de la palanca comenzamos
a trepar en busca del nivel de vuelo previamente establecido.
–
Pedro tres, en el aire a las cero seis cero ocho horas – Informó por radio la
torre de control de Gando.
–
Autorizado viraje a la derecha y paso a frecuencia de formación. ¡Buen vuelo!
–
Pedro tres, recibido. Gracias.
La
bella costa de la isla de Gran Canaria se iba quedando atrás mientras mi vista
resbalaba mecánicamente por el motor y ala izquierda de la aeronave, hasta
detenerse en la lejana ciudad de Las Palmas. Traté de localizar mi casa y pensé
en mi mujer, adormecida todavía, intentando dar el primer biberón del día a
nuestro hijo recién nacido. Tan solo hacía unas semanas cuando, al regreso de
una misión de bombardeo similar a la de hoy, vi llegar corriendo hasta mi avión
apenas parados sus motores, a un soldadito de mi escuadrilla para avisarme todo
nervioso que en esos momentos yo estaba siendo padre.
¡Cuántas
caras de asombro debí despertar en el hospital cuando vieran pasar, corriendo
como una exhalación, a un joven despeinado y sudoroso dentro de un mono de
vuelo “color naranja”! Y debía estar, sin darme cuenta, riéndome en voz alta al
recordarlo en ese momento, porque el mecánico dándome con el codo me dijo
pegando su boca a mi oído con el fin de hacerse oír por encima del rugir de los
motores: “Cuéntanos el chiste y nos reiremos todos”.
Hasta
cinco grandes petroleros podían verse haciendo espera para entrar al puerto de
la Luz con sus tripulaciones, imagino, ansiosas por bajar a tierra, después de
largas singladuras en la mar, y poder bañarse en las plácidas aguas de la playa
de las Canteras de dorada arena, o sentarse a refrescar sus trabajados cuerpos
bajo las palmeras del parque Santa Catalina.
–
Pedro uno a escuadrilla. Rumbo uno, cero, cero grados (Llegó por la radio la
voz del jefe de la formación).
–
Reunión en formación abierta.
–
Pedro tres, recibido.
La
orden me volvió a la realidad. Aumenté la presión del turbo. Ajusté
compensadores. Varié diez grados mi rumbo e intenté acercarme al resto de los
bombarderos para ocupar mi posición a la izquierda del jefe lo más rápidamente
posible. Con los otros dos Heinkel a la vista cerrando la formación moví
sabiamente mi cuerpo en el asiento de pilotaje buscando la postura más cómoda.
Teníamos por delante 200 kilómetros hasta la costa de África y otros 100 más
hasta alcanzar nuestro objetivo situado en el Sanguia el-Hamra, que era el
uidian más importante del antiguo Sahara español. Un uidian es un lecho de río
que solo se forma cuando ha habido tormentas.
Con
el avión compensado, los motores “redondos” y en la cómoda situación de una
formación abierta, dediqué un tiempo a observar la tripulación que me había
sido asignada para esta misión. Con unos había volado más veces que con otros,
pero todos eran viejos conocidos. El mecánico se afanaba, en esos momentos, por
cambiar el combustible al depósito más lleno, previniendo, al ser un vuelo de
larga duración, el desequilibrio del avión por un exceso de combustible en
alguno de los depósitos. Enjuto de rostro y cuerpo, la nariz y mejillas
ligeramente coloreadas y delatoras venillas fruto de una afición tal vez
excesiva a empinar el codo. ¡Quién le iba a decir en esos momentos que meses más
tarde compartiría conmigo un amerizaje forzoso, afortunadamente sin víctimas,
frente a las costas canarias del pueblo Castillo del Romeral! Hombre de pocas
palabras, sentencioso y flemático, algún problema pasado, del cual seguramente
el alcohol no estaría muy lejos, lo tenía postergado en sus ascensos militares.
No obstante, gozaba de mi total confianza como profesional.
A
mi derecha, el bombardero, acurrucado en la dureza de su asiento, intentaba
recuperar el sueño interrumpido a una hora tan temprana. Sabía que no se
requerirían sus servicios hasta la proximidad del objetivo y sus muchos años de
“mili” le habían enseñado a aprovechar el tiempo. Siendo para mí el menos
conocido, recordaba, no obstante, haber volado con él al menos dos o tres
veces. Era, con mucho, el de mayor edad de la tripulación, rozando los 50,
ligeramente obeso y de expresión simpática, había demostrado en el chequeo
pre-vuelo una actividad y meticulosidad impropia de su aspecto. Uno por uno
había revisado los fosos de las bombas comprobando colocación y anclaje. En
esta ocasión íbamos al completo, 3.000 Kg. de explosivos repartidos en dos
bombas de 500 kilos, cuatro de 250 Kg. y el resto de 100 Kg. Rompedoras,
incendiarias, metralla… toda una variada colección de muerte.
No
olvido comprobar circuitos en vacío y una por una verificó las ametralladoras
de las góndolas, superior e inferior traseras, así como el cañón de proa.
Después, satisfecho de la inspección, nos gastó un par de bromas con respecto a
la mala suerte que tenía al verse obligado siempre a volar con una tripulación
de niños. Subió al avión y se preparó para una larga siesta.
–
Pedro uno a formación. Nivel de vuelo a 3.500 metros. Crucero económico.
–
Pedro tres, recibido.
Mi
atención volvió a concentrarse en el avión para ejecutar los ajustes
necesarios. Bajé el “morro” y compensé. Aflojé la palomilla de los gases para
un 0,3 de turbo y un paso de 2.500 vueltas. Volví a compensar en dirección y
profundidad y con un vistazo de reojo a los instrumentos sincronicé “a oído”
las hélices. El mecánico se permitió un retoque a mis ajustes, moviendo “un
pelín” los gases. De sobra conocía yo ese gesto. Era su forma de decirme que
los motores eran cosa suya. Después, sacándose un “Coronas” se dispuso a fumar
relajado su primer cigarrillo del día.
Huyendo
de las profundas bocanadas de humo que me llegaban por oleadas, volví la cara
hacia la cola del avión y, a través, del estrecho pasillo que dejaban los fosos
de las bombas, vi las piernas del radiotelegrafista colgado del alto asiento de
su puesto como ametrallador en caso de combate, lugar donde gustaba sentarse
habitualmente, siempre que no tuviera que realizar alguna transmisión. Era “el
radio” un joven de mi edad aproximada, con quien salía frecuentemente por las
noches antes de casarme. Andaluz socarrón y divertido, había pasado demasiado
deprisa del árido campo de su tierra natal al abonado campo de las liberales
turistas suecas y alemanas. Plantó a su novia de toda la vida nada más ser
destinado a las islas Canarias y ahora se dedicaba en cuerpo y alma a
coleccionar vikingas, intentando batir no sé muy bien que récord personal. El
volar lo transformaba en un ser seco y taciturno, cumplidor a rajatabla, pero
no recobraba su habitual alegría hasta que tomando tierra repetía su estribillo
favorito: “Esto de volar es muy bonito, pero debería estar reservado solamente
a los pájaros”. Siempre creí que mantenía su plaza en vuelo únicamente por
dinero.
A lo lejos ya se comenzaba a ver la franja marrón típica de la costa del Sahara. Realmente mis pensamientos habían acortado la conciencia del tiempo de vuelo. Comprobé el rumbo con la marcación del radio-compás sintonizado con El Aaiun (hoy llamado Laâyoune, en el proceso de marroquización del territorio perdido tras la “marcha verde”). Aproximé mi avión a la posición correcta de formación, que había perdido en la relajación del largo vuelo, y me dispuse a comprobar en las cartas de navegación, una vez más, la situación exacta del objetivo.
Entrar
en vuelo en el Sahara procediendo del mar es una experiencia difícilmente
olvidable. El contraste es tan brutal que sobrecoge siempre. Se llenan los ojos
de ocres arenas y distancias eternas, de horizontes profundos y cegadora luz.
El desierto se odia o se ama, pero nadie puede permanecer indiferente ante él.
Yo
fui uno de los muchos a los que marcó con un sentimiento ambivalente de
atracción/rechazo del que nunca pude desprenderme del todo. La zona costera está
formada por una larga franja arenosa con dunas llamada erg, que cambia
imperceptiblemente de forma y posición al arbitrio de los fuertes vientos, el
irifi o alisio, que en determinadas ocasiones provoca tempestades de arena
conocidas como siroco. En personas sensibles o poco acostumbradas el siroco
lleva a enervar el sistema nervioso llegando, incluso, a provocar enajenación
mental. Pues bien, dentro de esta zona arenosa se encuentra la ciudad de El
Aaiun, con su pequeño puerto artificial y blancas casas de bóvedas
semiesféricas. Atractiva ciudad, capital de la entonces provincia española.
Comercial y administrativa. Cuartel y solaz de tropas nómadas.
–
Torre del El Aaiun de formación Pedro.
–
Adelante formación Pedro para El Aaiun.
–
Procedente de Las Palmas en vuelo táctico al interior, autorización de
sobrevuelo.
–
Autorizado. No hay tráfico reportado. Cielo despejado. Viento de tres cinco
cero grados, dos cinco nudos. QNH 1020.
–
Gracias Aaiun. Contactaremos al regreso. Corto y cambio.
–
Recibido. Buen vuelo.
Con
las últimas casas de la urbe mezcladas con los grig de típicas jaimas, cerca de
las cuales se podían ver pequeños rebaños de cabras y algún dromedario, fuimos
dejando atrás lo que para muchos significaba el último reducto civilizado antes
de adentrarse en la terrible hamada o llanura, de suelo duro e intensamente
erosionado por los vientos, que forma la mayor parte del Sahara.
Con
un gesto indiqué al mecánico que fuera despertando al bombardero y este, sin muchos
miramientos, zarandeó su hombro hasta ver que abría los ojos sobresaltado. A la
muda pregunta, ¿qué pasa? Le contesté señalando con un dedo de mi mano el
desierto que se extendía ante la enorme cristalera del morro del avión. Su
experiencia le hizo interpretar rápidamente el gesto y tras identificar la zona
sobrevolada, estiró sus brazos y piernas rematando con un fuerte bostezo.
Hacía
poco que habíamos dejado a la derecha la cinta transportadora de mineral que,
desde los yacimientos de Uad Bu Craa, lleva los fosfatos al puerto de El Aaiun.
Uad
Bu Craa. Mal recuerdo guardo de este lugar. ¿Cuánto tiempo hacía? Dos, tres
años. Volaba yo entonces en la escuadrilla de C-6 de apoyo aeroterrestre en una
de las diarias misiones de reconocimiento de fronteras. Teníamos que hacer el
triángulo Cabo Bojador, Guelta Zemmur (en la frontera con Mauritania), Fos Bu
Craa, El Aaiun. Veníamos cansados de un monótono vuelo cuando al sobrevolar las
minas de fosfatos quisimos despabilar nuestro aburrimiento y alegrar los ojos
del personal que en ellas trabajaban, dando unas impresionantes “pasadas” con
algún que otro “toneau” o rizo de salida. Creo recordar fue en la segunda
pasada cuando al pretender salir de entre un grupo de edificios, a la altura de
cuyos tejados me había bajado, encontré un alto poste de tendido eléctrico o
telefónico, ¡quién sabe!, obstruyéndome totalmente las posibilidades de
maniobra. Solo tenía una alternativa, colocar mi avión con las alas
perpendiculares al suelo e intentar pasar “de canto” entre el poste, las casas,
los cables y el suelo. Inmediatamente enderezar, tirar de la palanca al pecho y
esperar el milagro. Todo en dos segundos y a 450 Km. por hora. ¡Nunca tan poco
tiempo fue tan importante para alguien! El solo recuerdo perla mi frente y
acelera los latidos del corazón.
–
Bombardero a piloto. Posición actual y distancia estimada al blanco.
–
Piloto a bombardero. Sobre El Hamra, a quince minutos del objetivo.
La
actividad había vuelto a mi tripulación. El mecánico manoseaba los fusibles,
ponía las bombas auxiliares de combustible, efectuaba un nuevo cambio de
depósitos, comprobaba instrumentos de motor y apagaba su décimo cigarrillo. “El
radio”, que se había acercado momentos antes a la cabina de vuelo para charlar
con “el bombardero”, lo sentía ahora en su puesto recibiendo en HF el último
parte meteorológico de la zona. Y “el bombardero”, en su asombrosa
transformación, tumbado boca abajo en la camilla de su puesto de combate,
ajustaba el visor, medía la velocidad sobre el suelo, corregía la incidencia
del viento y por enésima vez repasaba los dispositivos eléctricos de disparo.
A
mi derecha el suelo, que se había ido elevando suavemente desde la costa,
empezaba a dibujar en el horizonte las primeras estribaciones del Adrar,
montaña rocosa de 2.470 metros de altura, ya en las proximidades de Smara. Esta
es la ciudad santa del pueblo saharaui, camitas de religión musulmana. Aún
puede verse en Smara restos de una hermosa Mezquita centro de peregrinación del
musulmán pobre sabedor que no podrá hacerlo nunca a la Meca. Nuestro objetivo,
pues, estaba muy cerca, pero era casi imposible abstraerse de la salvaje
belleza que llenaba mis ojos, no por tantas veces contemplada menos intensa.
Fue
entonces cuando surgió la pregunta. La voz del bombardero, tumbado casi a mis
pies, me sobresaltó y sorprendió al mismo tiempo.
–
Jefe, ¿es verdad que eres poeta?
–
¿Se puede saber a qué viene esa pregunta… y en este momento? Debí contestarle.
–
Bueno, no te molestes, pero alguien lo ha ido diciendo en el escuadrón, incluso
alguno asegura haber leído algún poema tuyo.
–
¡Jamás me hubiera atrevido a calificarme como poeta por haber escrito cuatro
versos en un día de arrebato romántico! Maticé.
–
¿Qué puede inspirar el desierto a un poeta? Terció el mecánico, que de esta
forma se incorporaba a la conversación.
–
¿Podrías recitar un verso ahora? Insistió el bombardero provocando. Nunca he
visto a un poeta en acción.
Con
todo ello no puede menos que reír con fuerza. ¡Qué absurdo desatino! En medio
del desierto, a 4.000 metros de altura, a punto de soltar varias toneladas de
bombas, unos hombres duros, curtidos por la vida y a quien nada en su aspecto,
profesión o cultura, podrían relacionar con sensibilidades espirituales,
estaban pidiendo un poema.
Mi
vista barrió el horizonte como buscando explicación a los sentimientos
despertados. Ante mí se desplegaba El Tiris, meseta central del Sahara, cortada
por las curvas arenosas del uidian Sanguia El-Hamra. Salpicadas sus secas
orillas por una escasa vegetación de leñosos arbustos llamados tarfas. Y
rompiendo la monotonía del terreno, de vez en cuando, un cerro aislado de
granito. Y fue uno de esos gueis de bruscas pendientes y orgullosas formas lo
que hizo despertar en mí unos entrañables versos aprendidos tiempo atrás, para
regar con ellos el desierto. Y las palabras brotaron de mis labios como savia
fresca…
A
UNA ROCA
Flor
inmóvil y eterna.
Piedra
dormida bajo el sol y el cielo.
Lágrima
silenciosa de la tierra.
Estrella
solitaria en el desierto.
Te
has quedado en mitad de la llanura
como
un pájaro muerto.
¡Quién
pudiera esculpir sobre ti, roca,
con
el cincel del viento,
un
corazón que, pese a su dureza,
diese
un poco de luz a tu destierro!
–
Pedro uno a escuadrilla. Formación de combate. Objetivo a un minuto.
–
Pedro tres, recibido.
–
Bombardero a piloto. Compuertas de lanzamiento ABIERTAS y circuitos de disparo
CONECTADOS.
–
Piloto a bombardero. ¿Objetivo a la vista?
–
Bombardero a piloto. A LA VISTA.
–
Bombardero a piloto. DOS GRADOS A LA DERECHA.
–
Bombardero a piloto. REDUCE VELOCIDAD.
–
Bombardero a piloto. MANTEN EL RUMBO.
–
¡BOMBAS FUERA! ……. Comprobando y cayendo.
–
¿Trayectoria?
–
Correcta ……. ¡¡BLANCO!!
–
Bombardero a piloto. Luego lo confirmará la fotografía, pero te apuesto que el
70 % está dentro.
–
Piloto a tripulación…… ¡Enhorabuena a todos!
Sé
que fue la brusca sacudida del avión, al sentirse liberado de 3.000 Kg. de peso
de un solo golpe, lo que me devolvió a la realidad. Los últimos minutos había
volado mecánicamente. Mi cerebro ordenando a mis manos, pero mi corazón muy
lejos.
El
amplio viraje que nos devolvía rumbo a la costa nos hizo pasar por encima de
una manada de gacelas que, corriendo despavoridas, huían del pavoroso estruendo
que habíamos ocasionado en el silencio de la llanura. Viéndolas correr
atormentadas hubiera querido decirles en hassanía, que es el dialecto de su
tierra, que hoy unos hombres que tenían en sus manos el poder de la muerte,
habían querido, por unos instantes, cambiar bombas por poemas.
(En
recuerdo del poeta VICENTE GARCÍA DEL REAL de quien tomé prestado unos versos
para regar con ellos el desierto.)
Fuente:
https://www.hispaviacion.es