11 de enero de 2021

LAS ÚLTIMAS CONFESIONES DEL PILOTO ESPAÑOL DE LA DIVISIÓN AZUL QUE LUCHÓ CON LOS NAZIS EN LA II GUERRA MUNDIAL

 

Gonzalo Hevia Álvarez-Quiñones, “as de ases” de la Escuadrilla Azul durante la II Guerra Mundial al sumar una docena de enemigos abatidos, describió en el tramo final de su vida sus “peleas de perros” más destacadas en el frente ruso

 

Por Manuel P. Villatoro

 

Siempre se recuerda a España como un campo de entrenamiento para las fuerzas aéreas rusas y alemanas. Y eso es innegable. Pero se suele obviar que nuestro país contó con genios de la aviación y de los combates aéreos durante el conflicto. Desde los míticos Lacalle y Herguido por la República, hasta los García Morato y Vázquez Sagastizábal por el bando Nacional. La diferencia es que muchos de los segundos tuvieron una segunda vida militar en las Escuadrillas Azules, los voluntarios que combatieron junto al Tercer Reich en la II Guerra Mundial.

 

De ellos, uno de los más destacados fue Gonzalo Hevia, versado piloto que, tras abatir a una docena de objetivos entre 1942 y 1943, se convirtió en el “as de ases” de los aviadores españoles en la URSS. Al final de su vida narró sus combates más destacados durante la II Guerra Mundial contra pilotos que, en sus palabras, le pusieron las cosas muy difíciles.

 

Escuadrilla Azul en la II Guerra Mundial

 

La historia ha sido esquiva con las Escuadrillas Azules para centrarse en sus colegas de infantería, pero junto a la División Azul partieron también decenas de pilotos voluntarios decididos a combatir en la tildada como “Cruzada contra el comunismo”. Su viaje hacia las gélidas tierras soviéticas, a medio camino entre el aprendizaje y la compensación a la Luftwaffe por su apoyo en la Guerra Civil, comenzó en junio de 1941, tras el asalto del Tercer Reich a la URSS en la llamada Operación Barbarroja.

 

 

El nombre de las unidades nació gracias a la organización de los voluntarios. Aunque los germanos estaban convencidos de que la ofensiva sobre las tierras de Iósif Stalin se extendería unos pocos meses (el ejemplo de Polonia y Francia, atravesadas de punta a punta en apenas un mes, así lo atestiguaba), los españoles fueron más cautos y apostaron por dividir a los aviadores en contingentes que se relevarían de forma sucesiva según pasaran los meses.

 

Hevia

 

Así nacieron las Escuadrillas Azules: un total de cinco grupos que combatieron, de forma escalonada, desde junio de 1941 hasta marzo de 1944 en el frente del Este junto a la Luftwaffe. Lo que se suele obviar es que el contingente reclutado no contó solo con pilotos, sino también con personal de tierra como conductores de vehículos, mecánicos o armeros. Todos ellos, necesarios para que los aparatos pudiesen operar en condiciones óptimas en una Rusia en la que el frío extremo era lo habitual.

 

El signo de distinción de las Escuadrillas fue lo ideologizados que estaban sus miembros. “El Ejército del Aire había estado muy politizado ya antes de la Guerra Civil. Los comunistas tuvieron gran importancia en él. Cuando terminó la contienda, en el Bando Nacional fueron los falangistas los que ocuparon la mayoría de los puestos. Ángel Salas creó todo el “establishment” de las Escuadrillas Azules. Eligió personalmente a los voluntarios y uno de los requisitos principales era ser camisa azul y, a ser posible, camisa vieja”, explica el historiador José Antonio Alcaide (autor de “Alas de España. Escuadrillas expedicionarias españolas en Rusia”) en una entrevista para “Tiempos Modernos”.

 

La 1ª Escuadrilla Azul, al mando del mito español de la Aviación Nacional Ángel Salas Larrazábal, arribó al frente del Este en junio de 1941 formada por un total de tres patrullas de vuelo (15 pilotos en total) y un centenar de operadores. Por desgracia para ellos su destino no fue la primera línea de batalla, sino que la 27ª Ala de Caza germana (en la que estaban encuadrados) los asignó a un Grupo destinado a acabar con objetivos terrestres, llevar a cabo misiones de escolta y derribar bombarderos. Así lo confirma Carlos Caballero Jurado en su obra magna: “La División Azul. Historia completa de los voluntarios españoles de Hitler”.

 

Aunque esa decisión reducía, al menos en principio, sus posibilidades de obtener victorias frente a cazas enemigos (necesarias para ser considerados “ases” de la aviación), las cinco Escuadrillas Azules que lucharon en la II Guerra Mundial atesoraron muchos derribos de este tipo en el Este. Cuando el último contingente español regresó a su hogar en febrero de 1944 habían logrado 164 bajas en 6.000 misiones. Todo ello, a cambio de 19 pilotos caídos.

 

Recuerdos desde Rusia

 

Gonzalo Hevia Álvarez-Quiñones, nacido en Pontevedra el 11 de septiembre de 1916 y versado aviador durante la Guerra Civil, fue destinado a las mencionadas Escuadrillas Azules tras el comienzo de la invasión de la URSS en la II Guerra Mundial. Tal y como afirma el fallecido Coronel (también responsable del Archivo Histórico del Aire de Madrid) Emilio Herrera Alonso en su dossier sobre este personaje elaborado para la Real Academia de la Historia, partió junto a la 3ª de estas unidades para relevar a la 2ª en Orel (ciudad ubicada 350 kilómetros al sur de Moscú) el 30 de noviembre de 1942.

 

Tanto Hevia como sus compañeros se pusieron a los mandos de aviones como el Messerschmitt (ME) Bf-109F, una de las últimas versiones del que fuera uno de los mejores cazas de la primera parte de la II Guerra Mundial por su versatilidad y sus características.

 

 
Miembros de la Escuadrilla Azul

 

En una de las pocas entrevistas que concedió a lo largo de su vida (la publicada en el número 3 de la Revista de Historia Aeronáutica de 1985), Hevia confirmó que comenzó su adiestramiento sobre estos aeroplanos tras el comienzo de la Operación Barbarroja: “Para el entrenamiento nos concedieron los Messer que se encontraban en Reus. Allí fuimos a buscarlos. […] Ya en Orel, nuestros primeros vuelos fueron de reconocimiento del área”.

 

Al poco tiempo tuvo también el privilegio de contar con los más modernos Focke Wulf Fw-190. “Los Focke Wulf eran mucho más sofisticados, auténticas obras maestras de la aviación de caza provistos de un potente motor radial BMW, más veloces, de más alcance y capaces de ascender a mayor altura que los 109”, señala Philip Kaplan en “Ases de la Luftwaffe en la II Guerra Mundial”. Hevia, que sabía entre otros tantos idiomas alemán, fue uno de los pilotos españoles seleccionados para familiarizarse con este aparato y, a continuación, desvelar sus secretos a sus compañeros de la Escuadrilla Azul. Eso le llevó a ser agregado en la Plana Mayor en la Escuadra Mölders, un honor para la época.

 

Combates aéreos

 

Hevia, “as de ases” de la Escuadrilla Azul al haber acreditado un total de 12 bajas durante su estancia en la URSS, narró varios de sus combates (apodados “peleas de perros”) en la entrevista concedida a la Revista de Historia de la Aeronáutica.

 

Uno de los que más le marcó fue una suerte de vuelo de prueba que realizó junto al Teniente Ruy Ozores Ochoa para mostrarle cómo debía proceder contra un caza soviético. “Localizamos sobre el frente a un ruso despistado y solitario. Me coloqué debajo de él, muy cerca, y fui subiendo poco a poco, hasta que lo tenía a cascoporro, no podía fallar. En ese momento apreté el gatillo y… ¡No pasó nada! Me había olvidado del interruptor de disparo de armamento”. El enemigo escapó.

 

Más suerte tuvo en una “pelea de perros” que protagonizó cuando estaba encuadrado en la escuadrilla germana. Aquel día, explicaba Hevia, él y otros tres aviadores salieron muy temprano del aeródromo de Orel para llevar a cabo un ataque de distracción sobre una unidad de cazas soviéticos acantonada en Kursk. Su objetivo era entretenerlos para que, a pocos kilómetros, 25 bombarderos en picado Stuka pudieran lanzar sus explosivos sin oposición. El español, encargado de cubrir a su oficial al mando, el Fedldwebel Tandzer, avistó al poco a un bombardero Petlyakov Pe-2. Ambos se lanzaron de bruces contra él. Comenzaba, una vez más, la caza aérea de la II Guerra Mundial.

 

Me Bf 109


“El Focke Wulf de Tandzer andaba más que el PE-2, por lo que no comprendí por qué Tandzer no redujo su velocidad a la del enemigo para tirar mejor y más tiempo. Cuando rompió fuego pude ver que las trazadoras pasaban por detrás y por debajo del ruso sin hacerle daño al mismo tiempo que se lo comía y le sobrepasaba ascendiendo. A la vista de ello […] me fui a por él. […] Abrí fuego y, casi enseguida, el PE-2 invirtió el sentido del viraje hacia la derecha y siguió virando cada vez más hasta entrar en una barrera muy abierta. Le seguí un rato con la vista hasta que consideré que de aquella no se salvaba y busqué a mis compañeros. Nadie, me encontré solo”.

 

Los problemas llegaron poco después. Y es que, mientras se hallaba perdido, Hevia se topó con dos cazas Yákovlev Yak-1 que volaban en formación de ataque contra él.

 

“Ni me asusté ni me puse nervioso. Me di cuenta de que subían mucho menos que yo y a esperar. Los dos dispararon al mismo tiempo y sin levantar el morro, por lo que me di cuenta de que sus ráfagas pasaban bastante por debajo de mí. […] Seguimos subiendo y ellos venga de gastar munición. Cuando se cansaron o se les agotó esta, viraron hacia el campo. Con mi ventaja de altura coger al más rezagado fue cuestión de un momento. Abrí fuego cuando consideré que lo tenía en muy buena posición y pude ver que mis trazadoras se metían en su fuselaje. […] No le seguí con la vista hasta el suelo porque se me había encendido hacía un momento la luz roja de “corto de combustible” y lo mejor era volver. […] Al pasar por el puesto de mando di dos pasadas: una por el PE-2 y otra por el Yak-1”.

 

“Aquel hombre […] tiraba en cualquier posición. Varias veces le vi disparándome en vuelo invertido. En más de un momento pensé que en una de aquellas le iba a acompañar la suerte y adiós”

 

El 8 de junio de 1943 Hevia participó en uno de sus últimos combates aéreos antes de regresar a España. La batalla aérea se sucedió cuando una “formación enemiga muy numerosa” acompañada de una escolta igual de cuantiosa se propuso bombardear un aeródromo alemán. La unidad de nuestro protagonista recibió órdenes de detener aquel ataque. En pocos minutos, el aviador de la Escuadrilla Azul se encontró a 7.000 metros de altura combatiendo contra un caza Lávochkin-Gorbunov-Goudkov LaGG-3 a los mandos de un piloto experimentado. En este caso pintaban bastos.

 

“Aquel individuo sabía lo que hacía. No era de los que corrientemente solíamos encontrar. Fue aquello una auténtica “pelea de perros”: […] Aquel hombre […] tiraba en cualquier posición. Varias veces le vi disparándome en vuelo invertido. En más de un momento pensé que en una de aquellas le iba a acompañar la suerte y adiós. Sin embargo, la suerte estuvo conmigo, porque excepto en los primeros momentos que disparé, […] mantuve la munición casi íntegra. Ya se te acabará, pensaba yo. Y se le acabó. En ese momento empezó a subir [...]. Me costó alcanzarle, pero estaba dispuesto a hacerlo, aunque me quedara sin combustible”.

 

Los minutos se convirtieron en horas para Hevia. Su mayor temor era que el piloto se escabullera en el interior de unas nubes cercanas. Si aquello sucedía, habría logrado escapar. “Tres segundos antes de que entrara en las nubes, disparé. Fue una ráfaga continua con todo lo que llevaba: cuatro cañones y dos ametralladoras. Tuve la certeza de que le había dado”, añade el aviador en la mencionada entrevista. Aunque no vio como caía, poco después los operadores de radio de la base le confirmaron que un aparato de las características que describía había impactado contra el suelo en una zona cercana. Una baja más para el español.

 

Aquella, y otras 10 o 11 más (atendiendo al autor) le valieron recibir dos Cruces de Hierro de 1ª y 2ª Clase en la II Guerra Mundial.

 

Fuente: https://elpais.com