9 de abril de 2019

EL PRIMER RAID DE LA AVIACIÓN MILITAR ESPAÑOLA: MELILLA-SANTA CRUZ DE TENERIFE


Por Emilio Herrera Alonso

Sin apenas sacudirse el polvo del combate

En 1923 se consideró oportuno aprovechar un período de relativa calma en las operaciones militares
de Marruecos, para llevar a cabo una expedición aérea que hiciera llegar las alas militares españolas
hasta aquellas provincias de la Patria más alejadas físicamente de ella.

El capitán Díaz Sandino llevó a cabo, por orden del General Echagüe, director de Aeronáutica a la sazón, un estudio de los posibles campos de aterrizaje para aeroplanos terrestres y de fondeaderos para hidroavión en la costa del Sahara, y a la vista del correspondiente informe, decidió el Mando que una patrulla de aeroplanos terrestres realizara el viaje desde Larache a Tenerife, y que fuera amparada a lo largo de la ruta, y convoyada cuando sobre el Atlántico volara, por un hidroavión.

El material de vuelo que se consideró más adecuado al propósito del raid fue, para la patrulla de aeroplanos terrestres el Breguet XIV A-2, cuyo resultado en la campaña hacía esperar el éxito en este vuelo, y como hidro de acompañamiento se eligió el Dornier Wal, ya que, pese al poco tiempo que llevaba en servicio, su comportamiento ofrecía garantías de que cubriría con soltura la misión que se le encomendaba; de hecho, este último fue el protagonista de la expedición.

Ilustración 2. …el Breguet XIV A-2, cuyo resultado en la campaña hacía esperar el éxito en este vuelo

Las tripulaciones de la patrulla de Breguet, cuyos aviones recibieron los nombres de Tenerife, Archipiélago Canario y Gran Canaria, estaban compuestas por los pilotos, capitanes Rafael Martínez Esteve y Joaquín Pardo García y el teniente Juan Martínez de Pisón, a los que acompañaban, respectivamente, el teniente Antonio Rexach Praga, el capitán Félix Bermúdez de Castro Feijóo y el soldado mecánico Domingo Boscho Guitart.

La del Dorniel Wal la formaban los capitanes Ramón Franco Bahamonde y Alejandro Mas de Gaminde, piloto y radio-telegrafista, respectivamente, y los mecánicos, cabo Mateo y soldado Panizo. El comandante Guillermo Delgado Brackembury sería el jefe de la misión, y viajaría a bordo del Dornier, al igual que Leopoldo Alonso, fotógrafo oficial de la Aviación Militar, especialmente invitado para participar en el raid. Tanto los Breguet como el Wal, y lo mismo las tripulaciones, estaban curtidos en la campaña de Marruecos, y sin apenas sacudirse el polvo y el humo de los combates afrontaban la aventura de lanzarse a recorrer 1.500 kilómetros la patrulla de biplanos y 4.500 el hidroavión.
Ilustración 3. …hasta el cabo Tres Forcas, fueron acompañados por un Savoia S-16 bis

Se consideró que la fecha ideal para iniciar el raid estaría comprendida en la segunda quincena de diciembre, por ser aquellos días, con toda probabilidad el tiempo más favorable para el vuelo.

Hubo de ser, sin embargo, retrasada la fecha para que el falucho San Francisco, el Servicio de Aviación, llegara a las islas Canarias con los repuestos que se consideraron necesarios; esto ocurrió el 2 de enero, y se decidió que el 3 se iniciaría el raid.

Ilustración 4. Comandante Guillermo Delgado Brackembury, jefe de la misión

Ilustración 5. Capitán Alejandro Mas de Gaminde, radiotelegrafista del Dornier

A las 8 de la mañana de aquel día, cargado y dispuesto el hidroavión Dornier Wal, EM-WAC, número 3, en la base de El Atalayón fue puesto en el agua por la rampa de grava apisonada que cubría la playa; al quedar a flote, le fueron quitadas la ruedas y se le remolcó hasta una boya en la que quedó amarrado. Media hora más tarde embarcaron en él los capitanes Franco y Mas, el cabo Mateo, el soldado Panizo y Leopoldo Alonso; el avión fue remolcado por la canoa y dejado a unos 500 metros de la base.

Ilustración 6. …la rampa de grava apisonada que cubría la playa

Motor y al aire

Se pusieron los motores en marcha, dio Franco unas carreras para calentarlos, y, faltando un cuarto de hora para las 9, se aproó al fortín de la Restinga que se divisaba a lo lejos, e inició el primer despegue del raid, maniobra que, pese a llevar el avión 500 kilos más de peso de los determinados [1] en la casa Dornier como peso máximo al despegue , se realizó con cierta facilidad, ayudado el hidro para abandonar el agua, por el viento que había aumentado y ya era casi de 12 nudos. Una vez en el aire viró hacia el norte, pasando aún a poca altura sobre la plaza de Melilla.

Volando en formación con el Dornier número 3 marchaban el número 2 y el Savoia S-16 bis número 10, que, pilotados respectivamente por el capitán Botana y el teniente Martín Delgado, habían despegado unos minutos antes que el avión expedicionario al que acompañaron hasta el cabo Tres Forcas, donde se despidieron de él con amplios y prolongados alabeos que fueron correspondidos por el número 3.

Puso Franco rumbo al Estrecho, ya que su punto de destino era Cádiz, donde debería recoger al comandante Delgado, jefe de la misión, que allí se incorporaría a la expedición. La primera parte del vuelo se desarrolló con cielo despejado, pero cuando iba transcurrida una hora desde el despegue empezó a observarse que en el Estrecho una espesa niebla cerraba la visibilidad hacia Poniente; Sierra Bullones, en Ceuta, se divisaba bien, no así en el peñón de Gibraltar que quedaba tapado por la niebla. El Dornier, volando sobre un mar de densas nubes que cubrían toda la costa española, llegó hasta la altura de Tarifa; allí, al avisar por un pequeño claro el mar, redujo Franco gases y descendió hasta llegar a 40 metros del agua, continuando el vuelo rozando un toldo de grises nubes.

Pronto se vio forzado a abandonar aquella altura y volar cada vez más bajo, pues las nubes iban aplastando contra el mar al hidroavión que hubo de volar a menos de 20 metros de las olas, hasta llegar a Cádiz en cuya bahía tomó agua a las 12 horas y 43 minutos. El vuelo había durado cuatro horas, y el consumo de combustible había sido de 180 litros/hora.

Ilustración 7. En el puerto de Ceuta, amparado por la fortaleza de El Hacho, quedó el hidro dos días

Amaneció al día siguiente, viernes, con una densa niebla cubriendo la bahía gaditana, por lo que no fue posible despegar hasta las 11 y 22 minutos en que, despejado el horizonte, partió el Dornier llevando a bordo al comandante Delgado. La información meteorológica recibida de Larache era de fuerte viento del suroeste y chubascos. Siguió el hidro la costa hasta Tarifa desde donde se aproó al cabo Espartel que se destacaba sobre el mar, dejando Tanger a la izquierda y teniendo que descender hasta muy cerca del agua igual que el día anterior de nubes que, desde la superficie del agua ascendía para rematarse en las características coliflores del desarrollo vertical.

Pasado el cabo Espartel y ya cerca de Arcilla, la cortina nubosa se hacía más espesa, y empezaron a recibirse en la descubierta cabina del hidro los primeros ramalazos de agua, por lo que ante el castigo que del granizo y los menos recibía el Dornier, optó Ramón Franco por retroceder y dirigirse a Ceuta cuyo puerto le ofrecía más garantía que la poco protegida desembocadura de Lucus, en Larache.

Ya no estaban en Auámara

En el puerto ceutí amparado por la fortaleza de El Hacho quedó el hidro dos días hasta que pasado el temporal despegó el día 6, a las 10 horas y 15 minutos, una hora más tarde la prevista, pues el ancla se agarró al fondo y no hubo más remedio, luego de casi una hora de esfuerzos para desprenderla, que picar el cabo y perderla.

El tiempo estaba despejado y la visibilidad era mucha, pero la turbulencia hizo bailar al hidro hasta algo después de pasado Tánger; sobrevolaron Arcilla y llegaron, siguiendo la costa, a la playa de Ras Remel, junto a la desembocadura del Lucus; allí encontraron tierra, pasaron sobre la ciudad de Larache y se dirigieron al aeródromo de Auámara en el que deberían encontrarse los tres Breguet de la patrulla que allí iniciaría su raid.

No se veía sobre el campo, y un radio del aeródromo comunicó al comandante Delgado que habían despegado a las 11 y 10, iniciando la aventura sin esperar al hidro que debía acompañarlos.

Continuó viaje el Dornier, saliendo al mar y siguiendo la costa se dirigió hacia el sur; poco después pasó por debajo del hidro la desembocadura del río Sebu que, caudaloso y sucio de tierra, dejaba marcado en el azul Atlántico un amplio semicírculo de color ocre. Llevaban ya voladas casi tres horas cuando apareció ante el Dornier, Casablanca; tras una protocolaria vuelta que sirvió a Franco para reconocer el puerto y elegir el lugar más indicado para el amaraje, tomó agua a las 13 horas y 10 minutos, yendo a amarrar a una enorme boya junto a la que esperaba una embarcación con un oficial de la Marina francesa y un barquito fletado por la colonia española en la que un grupo de compatriotas tan ansioso estaba por dar la bienvenida a los aviadores que varios de ellos saltaron a la tambaleante e insegura boya en la que recibieron los primeros abrazos los expedicionarios.

Ilustración 8. …habían despegado a las 11 y 10, iniciando la aventura sin esperar al hidro que debía acompañarlos

Casi al mismo tiempo que el Dornier tomaba agua en el puerto de Casablanca, aterrizaban en el aeródromo militar los tres Breguet, que, aunque llevaban delantera al hidro al pasar éste por Larache, y ser su velocidad de crucero ligeramente superior, se habían visto retrasados en su marcha por viento contrario que soplaba en tierra y que no afectó al Dornier volando sobre el mar.

Agasajos en Casablanca y temporal en Mogador

El recibimiento que se hizo a los aviadores fue extraordinario: las autoridades civiles y militares, el Aero Club, el Centro Español, todos rivalizaron en agasajos y atenciones a los expedicionarios, que fueron alojados en el Círculo Militar. Les fue ofrecido un almuerzo en el Casino Español, y fueronrecibidos y obsequiados en el palacio del Gobierno por el controleur[2], M. Laurente, que celebró un banquete en su honor, en el Aero Club, al que entre muchos otros invitados asistieron, Ricardo Begoña, cónsul de España, y el coronel Chantin, jefe de la Aviación francesa en Marruecos, llegado expresamente de Rabat para dar la bienvenida a los aviadores españoles y organizar lo necesario para que éstos recibieran cuanta ayuda precisaran.

El lunes 7, despegó del aeródromo militar la patrulla de biplanos, a las 9 y media, y algo después, en el puerto, lo hizo el Dornier saliendo al aire entre una maraña de barcos, rozando casi los palos de una goleta grande, y tras una litúrgica órbita sobre el puerto tomó el rumbo de Mogador.

La mañana era tristona, con celaje gris que cerraba el horizonte por Poniente, quedando despejado éste hacia el sur, donde únicamente unos altocúmulos manchaban el azul del cielo. Una mar tendida, de olas largas, rompía en la costa formando una muy visible faja de espuma que se alargaba hacia el sur. Dejado atrás el cabo Cantín y la pequeña ciudad de Safi, surgió frente al hidro Mogador, cuyo blanco caserío se apiña gregariamente encerrado en el perímetro de sus carcomidas murallas; las ruinas del antiguo fuerte portugués que se alzan sobre la isla que ampara el surgidero por el sur, recibían el azote de las grandes olas que al romper levantaban líquidas torres que asaltaban las abandonadas almenas de sus muros. El puerto era un hervidero de espumas de las olas que entrando en él rompían rabiosas antes de ir a morir en la playa. El panorama se presentaba muy feo ante la ineludible necesidad de tomar agua, y Franco, después de dar varias vueltas sobre el puerto buscando el lugar más propicio para amarar, lo hizo al amparo de un barco que se mantenía al ancla en la zona más resguardada del abrigo. Un remolcador llegó en auxilio del Dornier, destacando una enorme chalupa en la que, al mando del comandante de mar, remaba una docena de moros, y que, a pesar de las grandes dificultades creadas por el profundo oleaje que cambiaba constantemente las alturas relativas del hidro y embarcación, lograron amarras con dos anclotes, trasladando luego a los tripulantes del hidro a tierra donde fueron recibidos por las autoridades francesas, la colonia española en pleno y numeroso público francés e indígena; los aviadores de alojaron en el Casino Militar.

Poco después de la llegada del Dornier al puerto llegaron al aeródromo los biplanos Tenerife y Archipiélago Canario; el teniente Martínez de Pisón, con el Gran Canaria, se había visto forzado a aterrizar cerca de Safi, a consecuencia de una avería en el encendido de su motor, avería que, en poco tiempo solucionada, sólo retuvo al Breguet dos horas en tierra, continuando el viaje y llegando sin más contratiempos a Mogador.

El tiempo fue empeorando en la mar hasta convertirse en un verdadero temporal que cerró el puerto; hubo necesidad de remolcar al hidro para meterlo en la dársena interior y evitar así su pérdida, maniobra que resultó dificilísima y muy peligrosa, pues las grandes olas que entraban en el puerto pusieron a prueba la habilidad y el valor del comandante de mar y sus hombres, y de la tripulación del Dornier que, finalmente, a las 5 de la tarde y luego de más de dos horas de esfuerzos quedó amarrado a una boya en la abrigada zona de barcazas, al amparo de todo riesgo.

Los “Breguet” continúan; el “Wal” espera

El día 13 despegaron los Breguet para cubrir los 129 kilómetros que los separaban de Agadir, la más meridional de las poblaciones francesas de Marruecos. Cubrieron el trayecto en poco menos de hora y media, y quedaron allí hasta el día siguiente, en que con no muy buen tiempo se dispusieron a cubrir la “etapa reina” del raid, Agadir-Cabo Juby, de 500 kilómetros. En cielo despejado y atmósfera limpia transcurrió la primera parte del vuelo, pero al llegar al territorio de Ifni fueron violentamente sacudidos los aeroplanos por fuertes remolinos, viéndose envueltos en nubes de arena, llegando a temer que allí acababa la expedición, por lo que impotentes para luchar con la turbulencia decidieron internarse en el mar a donde no llegaba aquella, y siguiendo la costa alcanzaron Cabo Juby luego de tres horas y media de vuelo, siendo recibidos con gran afecto por el coronel Bens, gobernador del territorio y verdadero adelantado de España en el Sahara. Desde allí, por radio, comunicaron a la tripulación del hidro que tanto el tiempo como el estado del mar eran buenos.

Durante los días que los Breguet permanecieron en Cabo Juby esperando la llegada del hidroavión que habría de convoyarlos en su viaje a las islas, realizaron varios vuelos hacia el interior del territorio, a petición del coronel Bens que quería que los indígenas vieran los aeroplanos de España.

Ilustración 9. …fueron recibidos con gran afecto por el coronel Bens, gobernador del territorio y verdadero adelantado de España en el Sáhara.

La zona “abrigada” era un hervidero de espuma

El Dornier que hubo de permanecer en Mogardor retenido por el temporal que en el mar había persistido en aquella zona, una vez amainado algo éste, pudo salir el día 17, a pesar de que aún había bastante mar; la pericia del capitán Franco logró sacarlo del agua sin averías, yéndose al aire a las 8 y 45; volando sobre el mar a poca distancia de la costa sobrevoló Agadir e Ifni, y pronto estuvo sobre la desembocadura del río Dráa, límite meridional, histórico, del reino de Marruecos; faltando pocos minutos para las cinco horas de vuelo llegó a la vertical de Cabo Juby cuyo fuerte resaltaba sobre la arena, en la proximidad de la playa amparada por el arrecife. Cerca del fuerte, en su fachada oriental, se veía a los tres Breguet con sus morros apuntando al desierto, y con sus tripulantes junto a ellos como si esperaran impacientes la llegada del hidro para afrontar las últimas etapas del raid.

El lugar elegido por Días Sandino para la toma del agua del Dornier, en la zona abrigada por el arrecife, era un hervidero de olas que entrechocaban, haciendo impracticable aquel lugar para el amaraje, por lo que Ramón Franco decidió, como mal menor, realizar la toma en mar abierto, donde, aunque con olas largas y bastante altas, como no rompían y rodaban bastante distanciadas entre sí, pudo posarse, a las 13 horas 30, y permanecer manteniéndose con motor hasta la llegada de un bote de remos a bordo del cual iba el coronel Bens, que sería pasajero del hidro hasta Santa Cruz de Tenerife.
Una hora después de haber amarado y repostado de gasolina, con la que en el bote transportaron desde el fuerte, despegaba el Dornier y se mantenía orbitando sobre el ocasional aeródromo, mientras los Breguet despegaban entre nubes de arena, formaban en cuña abierta y ponían rumbo a Gran Canaria cuando faltaba un cuarto de hora para las tres de la tarde.

En el archipiélago canario

El viento, de componente Este, favorecía la marcha de los aviones, y la isla de Fuerteventura, que estaba a la vista casi desde el momento del despegue, se fue acercando con rapidez quedando a la derecha de la ruta, aunque el Gran Canaria pasó por la vertical del Morro del Jable. El sol, aproximándose ya al horizonte, daba en la cara a los aviadores y presentaba a Gran Canaria en un cierto contraluz, resultando muy molesto el reflejo del sol en el agua, aumentando las dificultades de la tripulación del Dornier para no perder de vista a ninguno de los tres biplanos que se iban acercando rápidamente a la Isleta, perdiendo altura a medida que se aproximaban a tierra; los aviones sobrevolaron el puerto y la capital, dirigiéndose seguidamente a la bahía de Gando, pasando a poca altura sobre el Lazareto y tomando tierra uno a continuación de otro, cerca de la torre de Faycal.

El Dornier, que hasta allí los había acompañado, viendo a los tres Breguet rodando hacia el lugar previsto para su estacionamiento, dio una pasada al campo y marchó a amarar al puerto de la Luz; no fue fácil encontrar entre aquella maraña de mástiles una buna zona para tomar agua, pero Franco supo hallarla y finalmente se encontró el hidro en ella, siendo remolcado por una falúa a la boya prevista para él en la que quedó debidamente amarrado; la misma embarcación remolcó al Dornier llevó a tierra a los tripulantes que desembarcaron entre las ovaciones y la algazara de la multitud que abarrotaba los muelles. Tanto la tripulación del hidro como las de los Breguet se alojaron el hotel Metropole, a donde estos últimos llegaron escoltados desde Gando por una caravana de más de 100 automóviles.

Ilustración 10. … remolcado por una falúa a la boya prevista para él, en la que quedó debidamente amarrado

El 21, lunes, se efectuaron unos vuelos de cortesía sobre la ciudad de Las Palmas y otros lugares de la isla, participando en ellos los tres biplanos y el hidroavión; cuando ya en el suelo rodaban después del aterrizaje en Gando los Breguet, el Tenerife, cegado sin duda su piloto, el teniente Martínez de Pisón, por la nube de polvo levantada en el rodaje del Gran Canaria, se fue encima de él rebanándole el fuselaje y dejándole prácticamente sin cola, quedando este avión inutilizado, ya que con los medios disponibles en la isla no se podía pretender repararlo; los desperfectos sufridos por el Tenerife revistieron poca importancia, y en pocos días quedó de nuevo en vuelo.

El 30 se llevó a cabo la etapa Gran Canaria-Tenerife. A las 11 de la mañana despegó el Dornier del puerto de la luz, llevando a bordo además de la habitual tipulación, al coronel Bens, al capitán Rexach y al teniente Martínez de Pisón, y luego de una litúrgica vuelta de saludo sobre la ciudad y el puerto, rematada por una pasada “caliente”, se dirigió a Gando, donde hubo de permanecer orbitando sobre el improvisado aeródromo unos veinte minutos, hasta que el Tenerife y el Archipiélago Canario despegaron tomando el rumbo de Las Palmas para desde Allí dirigirse a Santa Cruz de Tenerife. El freo fue salvado sin complicaciones, vigilados en todo momento por el Dornier ambos biplanos que, luego de sobrevolar la capital del archipiélago, se dirigieron a Arico, a unos 60 kilómetros al sur, regresando el hidro a tomar agua en el laberinto que formaban las numerosas embarcaciones que en el puerto de Santa Cruz se encontraban.

En Arico las cosas no marcharon tan bien: el terreno escogido como aeródromo era de dimensiones reducidas, y con no muy buenas entradas; Pardo, con muchas precauciones logró entrar y quedarse, pero Esteve tuvo la mala suerte de poner las ruedas unos metros antes de lo debido, el terreno era blando allí y las ruedas se hundieron causando el capotaje del avión que quedó inutilizado y sin posibilidad de ser reparado en un lugar tan alejado de los elementos necesarios para ello. Aquello determinó el final del raid de los Breguet, pues el comandante Delgado decidió que regresaran a la Península embarcados, y únicamente el Dornier hiciera el viaje de retorno en vuelo.


Más altos el Teide

El día 1 de febrero, con ánimo de sobrevolar el cráter del Teide, despegó el Dornier a media mañana; fue Franco ganando altura sobre el mar hasta alcanzar el cielo azul por encima de la corona de nubes que envolvía la parte inferior de la montaña, apareciendo ante los aviadores el cono truncado que constituye la cúspide del gigante más alto de España, a 3.760 metros de altitud; de la impresionante cumbre rocosa se desprendían, ladera abajo, amplios regueros de nieve que daban al apagado volcán una gran belleza.

El hidro fue ganando altura hasta superar la del Teide cuarenta y cinco minutos después de haber despegado. Luego de casi dos horas de vuelo en las que se alcanzó una altitud de 4.300 metros tomó agua el Dornier en Santa Cruz.

El día 4 de febrero, tras dejar embalados y listas para el embarque los Breguet, y el repuesto sobrante del raid a bordo del falucho San Francisco, emprendió el Dornier el regreso a Gran Canaria, volando durante una hora y 10 minutos, rodeando la isla por el sur hasta el puerto de la Luz.

A las 10 y media del día 7 despegó con destino a Arrecife de Lanzarote. Antes de poner el oportuno rumbo sobrevolaron los expedicionarios la ciudad de Las Palmas para con este gesto agradecer una vez más las numerosas atenciones recibidas. El vuelo fue bastante movido, por soplar un Oeste fuerte que, muy arrachado e irregular, creaba fuerte turbulencia. A Arrecife llegó el hidro a las 12 y cuarto, y el amaraje fue fácil y bueno, ya que allí el viento era un Nordeste fijo y no muy fuerte que rizaba ligeramente el mar.

La etapa más larga del “raid”

Preparándole para la etapa más larga del raid, Arrecife-Casablanca, de más de 800 kilómetros, se cargó el avión con 1700 litros de combustible, cantidad necesaria para ocho horas y media de vuelo; con esta carga el hidro sobrepasaba el peso máximo determinado en las normas, en 370 kilos.

A las 10 y cuarto del día 9 despegó el hidroavión del puerto de arrecife, con pocas dificultades a pesar del exceso de carga, poniendo rumbo directo a Casablanca para tratar de cubrir la distancia en un solo salto, estableciendo así la nueva marca española de distancia en hidroavión. La primera parte fue la más incómoda y peligrosa, pues al ir el hidro sobrecargado era necesario llevar algo forzados los motores. Hasta esta etapa la navegación del Dornier a lo largo del raid había sido observada, ya que en ningún momento se perdió de vista la costa, y en ella los accidentes geográficos eran fácilmente identificables; en este tramo ya hubo de navegarse a la estima, observando el agua para determinar la dirección e intensidad del viento para con estos datos introducir las necesarias correcciones de deriva.

El viento, del Sudoeste y bastante fuerte, obligó ya, desde el primer momento, a efectuar correcciones de hasta 20 grados. El cielo, que al comienzo del vuelo estaba despejado, se fue cerrando, obligando a los aviadores, para no perder la vista la superficie del mar, a navegar a alturas inferiores a 100 metros, soportando y corrigiendo los meneos de los remolinos que de las nubes se desprendían, lo mismo que los frecuentes chubascos que, mojando a los tripulantes, hacían el vuelo muy penoso, pasadas dos horas, y ya lejos del archipiélago canario, el viento rolaba al sur, por lo que hubo que ir disminuyendo la corrección de deriva hasta terminar quitándola totalmente viéndose notablemente aumentada la velocidad real del avión.

Aunque no se esperaba ver tierra antes de transcurridas cuatro horas de vuelo el fuerte viento de cola favoreció tanto la marcha del avión que antes de tres se divisó entre las nubes que se amontonaban al este una línea de costa que fue identificada como el cabo Sim, lo que se comprobó pocos minutos después, al avistarse la isla y el puerto de Mogador. Aunque el propósito de los aviadores era pasar sobre la ciudad donde tan amablemente habían sido tratados, un fuerte chubasco que en ese momento descargaba sobre la plaza, lo impidió, desde allí hasta Casablanca se habían estimado tres horas, pero el viento continuó en aumento y este tiempo se vio reducido en una hora.

La desembocadura del Tensif pasó como una exhalación por la derecha del hidro, y, quince minutos más tarde la ciudad de Safi. Las nubes eran cada vez más bajas y el Dornier se iba aplastando contra el agua, llegando a volar a menos de 20 metros de las olas, porque Franco, al llegar a cabo Cantín, decidió ascender para volar sobre la capa de nubes, encontrándose entre dos de ellas a 400 metros de altitud. Poco más tarde se abrieron algunos claros que fueron aumentando, y de nuevo pudo descender a 100 metros, manteniendo el contacto visual con la superficie.

A las 3 y media, zarandeados por una fuerte turbulencia, llegaron los aviadores españoles a Casablanca en cuyo puerto tomaban agua cinco minutos después al abrigo del gran malecón que amparaba el surgidero por el oeste. Navegando por sus propios medios y escoltado por dos canoas que conducían a las autoridades francesas y personalidades de la colonia española, se dirigió el Dornier a amarrar a la boya que le había sido asignada en el antepuerto.

Aunque el propósito de los aviadores era descansar un día y partir al siguiente, la insistencia del cónsul de España y de las autoridades francesas, por un lado, y el cariz del tiempo que tendía a empeorar, por otro, les decidió a quedar en Casablanca tres días.

Ilustración 11. Biplano Breguet XIV A-2

¡El peor temporal que he encontrado en mi vida!

No era nada buena la información meteorológica que facilitó a Franco el jefe del aeródromo de Casablanca: viento SO, de 20 nudos de fuerza, 4 kilómetros de visibilidad horizontal máxima, cielo cubierto, lluvia y granizo; el estado del mar muy malo, y todo con tendencia a empeorar. Pese a todas estas circunstancias adversas, sumadas a estar cerrados todos los puertos de la ruta y llegar a Sevilla un telegrama que informaba del fuerte temporal que reinaba en dicha población, el amor propio de los aviadores, y el haber ido al puerto a despedirlos las autoridades francesas y numerosos miembros de la colonia española, les hizo decidir la salida, y aunque en contra de la opinión de los técnicos del puerto, embarcaron en el Dornier, y éste fue remolcado hasta la bocana.

Los motores, que hasta aquel momento habían arrancado perfectamente, esta vez se comportaron de manera muy diferente, y el delantero se resistió a todos los esfuerzos de la tripulación durante una hora en la que el Wal fue zarandeado por el oleaje, hasta que finalmente arrancó, yéndose el avión al aire a las 10 y 25, y tras la protocolaria pasada de despedida, puso rumbo a España, volando a pocos metros de altura, tomando como referencia la ancha faja de espuma que las olas formaban al romper en la costa, ya que las nubes y la bruma reducían muy notablemente la visibilidad.

El avión, violentamente zarandeado por los meneos que hacían muy molesto el vuelo, avanzaba muy rápidamente, empujado por un fuerte viento que soplaba de cola. A los diez minutos del despegue pasaba el hidro sobre el puertecillo de Fedala, y, faltando cinco minutos para las 11, por Rabat y Salé, en la desembocadura de Bu Regreb en cuya barra las olas se hacían aún más violentas; allí la visibilidad aumentaba algo, lo que permitió a Ramón Franco ascender a 200 metros y continuar el viaje a esta altitud.

Sobrevoló el Dornier Larache y, diez minutos después, pasaba la amurallada Arcila como una exhalación por debajo del hidro que apenas veinte minutos más tarde llegaba al cabo Espartel desde donde, era imposible divisar la costa de España, completamente cerrado el paso a Cádiz, por un murallón de negras y espesas nubes que tapaban el horizonte por el norte, Franco, sabiendo que el temporal afectaba a Sevilla optó por refugiarse en el puerto de Ceuta.

Mal lo pasaron los aviadores al doblar el cabo Espartel y entrar en la bahía de Tánger; montes y las barrancadas de Sierra bullones, se potenciaba y adquiría una tremenda violencia, zarandeando a las cinco toneladas del Wal como si de una hoja se tratara. De aquellos momentos escribiría Ramón Franco poco después: “En toda mi vida de piloto no había cogido un temporal tan fuerte; tan pronto estábamos a 100 metros como descendíamos, bruscamente, a rozar las olas; tan pronto la proa del aparato apuntaba al cielo como al mar; conservar la horizontalidad era imposible, y el avión danzaba cada vez más desacompasadamente. Se veía a las alas retorcerse a cada golpe de viento como si se quisieran partir,…” “¡Pobre avión Dornier, que después de las dificultades, malos tiempos y excesos de carga que soportaste todo el viaje, para terminar te someten a unos esfuerzos para los que no te han podido calcular tus constructores, te defiendes, y próximo a hundirte en las aguas del estrecho, te levantas de nuevo para proclamar al hombre vencedor de los elementos! Mi agradecimiento para ti y para esos dos motores que llevas tan dignamente durará mientras viva.”

A las 12 horas y 22 minutos se efectuó el amaraje en el puerto de Ceuta entre fuertes rachas del violento temporal que, como si le hubiera enfurecido más aún ver escapársele su presa, parecía querer castigar a los aviadores rociándoles con fuertes salpicaduras y zarandeando el hidro hasta hacerle tocar los extremos de las alas la agitada superficie del mar, complicando notablemente la maniobra de fondeo.

El raid, de hecho, había terminado; el mal tiempo había hecho de Ceuta el punto en que se iniciara y donde se rindiera viaje. Podía verse como simbólica la coincidencia de que esto ocurriera en “la bien murada Cebta”, la ciudad española de la Península de Yebala, avanzada de España en África, sobre las rutas atlánticas.

El viernes 15 despegó el Dornier de Ceuta, y luego de un apacible vuelo, tomaba agua a la una y media en el canal de Bonanza. Fueron los aviadores recibidos con gran cariño por el general Soriano y jefes y oficiales del recién inaugurado aeródromo militar de Tablada.

Al as 10 de la mañana del siguiente día, sábado, 16 de febrero de 1924, ya sin el comandante Delgado, que se quedó en Sevilla, voló el Dornier a Melilla, cruzando en diagonal el mar de Alborán, en un vuelo de cuatro horas que lo llevó a su base de El Atalayón en la que salió a tierra por la misma rampa por la que en el agua había entrado el 3 de enero.

El raid constituyo un indudable éxito; se había demostrado la posibilidad de establecer el enlace aéreo entre la Península y la provincia más alejada de ella. En doce horas y cincuenta minutos de vuelo había ido el Dornier desde Ceuta a Las Palmas, y había empleado nueve horas y cuarenta minutos en el regreso. A lo largo del raid, en la etapa de Arrecife de Lanzarote-Casablanca, de 817 kilómetros, se había batido la marca española de distancia en hidroavión.



[1] Aunque para esta etapa no era necesario llevar el avión con aquella carga, dado que en alguna de las siguientes sería preciso cargarlo así, Franco prefirió hacer la prueba de máximo peso en este primer despegue, contando con la amplitud de la Mar Chica, en vez de esperar a experimentarlo en una superficie poco conocida y de indudables peores condiciones.
[2] El cargo de «controleur» era similar, en la zona del protectorado francés de Marruecos, al de “interventor” en la española.



Fuente: http://www.ejercitodelaire.mde.es