25 de marzo de 2020

LAS JUSTAS DEL AIRE: AVIONES DE LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL


Las justas del aire: Aviones de la Primera Guerra Mundial 

Por Danni Móstoles

La Primera Guerra Mundial (1914-1918) fue un conflicto que supuso un punto de inflexión entre la guerra antigua y la moderna. Muchos avances militares se emplearon en esta contienda para que los contendientes pudieran obtener el triunfo.

Hasta ese momento, las guerras se habían librado en tierra y en el mar, pero en la Gran Guerra, otro escenario nuevo se estrenó; el aire.

En aquellos comienzos del siglo xx, los inicios de la aviación continuaban avanzando sin detenerse y en la guerra, los aviones fueron un instrumento empleado por los ejércitos de ambos bandos. Anteriormente, en la guerra entre Italia y Turquía (1911-1912) y en la Guerra Balcánica (1912-1913), los aviones ya se habían empezado a usar de forma limitada para vuelos de reconocimiento y ataques aislados.

Mientras que en tierra, miles y miles de hombres morían en los combates, el aire se convirtió en un lugar donde los enfrentamientos entre aviadores se asemejaban mucho a las justas legendarias de los caballeros medievales y fue más propio de una competición deportiva que de combates de guerra. Esto hizo que la aviación en esta guerra tuviera un carácter legendario, que servía para dejar a un lado las miserias y matanzas que se producían en tierra.

Al principio del conflicto, las misiones de reconocimiento fueron realizadas por los zepelines. Más tarde, aquellos primeros aviones biplanos fueron los que llevaron a cabo esas misiones para explorar el terreno tras las líneas enemigas. Un claro ejemplo fue como los pilotos británicos lograron avisar a los aliados de los movimientos de tropas alemanas antes de la batalla de Mons o del cambio de dirección de estos ejércitos para marchar al norte de París en los primeros compases de la contienda.

A medida que fue avanzando la guerra, los aviones y los entrenamientos de los pilotos fueron perfeccionándose y en los biplanos se colocaron ametralladoras para derribar aviones enemigos, dando comienzo a combates individuales entre pilotos de cada bando. Las misiones de bombardear posiciones enemigas en tierra, también comenzaron en esta guerra de forma esporádica, aunque se emplearon los zepelines para realizar ciertos bombardeos como el que sufriría Lieja en los primeros compases de la guerra, o Londres a manos de los alemanes. Un piloto alemán también lanzó bombas de mano desde su biplano sobre París durante los primeros días de la guerra mientras que se producía la batalla del Marne.

Al principio, el problema principal que tenían los aviadores era poder enfrentarse al enemigo cuerpo a cuerpo en el aire utilizando una ametralladora sin que las balas de esta destrozaran las hélices del aparato o rebotaran contra el piloto. El piloto francés Roland Garros logró blindar las hélices y meses después, el holandés Anthony Fokker, que trabajaba para el Imperio Alemán, mejoró el sistema a través de un interruptor que hacía que las balas de la ametralladora dispararan de forma sincronizada con las hélices del avión para no dañarlas. Fue en aquel momento, cuando empezaron los verdaderos combates aéreos de la Primera Guerra Mundial.



Para 1916, en el ecuador de la guerra, los alemanes dominaban el cielo durante la batalla de Verdún, pero los aliados equilibraron la lucha área en la siguiente batalla, la del Somme. Los alemanes necesitaban mantener el dominio del espacio aéreo para mantener motivadas a las tropas de tierra. Para el año siguiente, los mejores pilotos de entre los aliados como, Immelman o Ball, ingleses, más el francés Guynemer, habían muerto en combates aéreos, lo mismo que Boelcke por parte del Imperio Alemán. Todos ellos son considerados los primeros ases de la aviación. Habían marcado lo que sería la lucha aérea durante la Primera Guerra Mundial. Los pilotos se comportaban de forma caballerosa, respetando al enemigo y comenzó a establecerse un ranking de aparatos derribados entre los enemigos. Esta circunstancia hizo que los combates aéreos fueran más bien una competición que una lucha sangrienta.

De los pilotos ya citados, Guynemer había derribado a cincuenta y cinco aviones enemigos y el inglés Ball a cuarenta y cinco. Sin embargo, en la segunda fase de la guerra llegarían los verdaderos ases de la aviación. Pilotos de leyenda que pasaron a la historia por su comportamiento y valentía en el aire.

El piloto más famoso de esa contienda estuvo en el bando alemán, Manfred von Richtofen, más conocido como el “Barón Rojo”. Este apodo lo recibió debido a que su biplano primero, y después su triplano Fokker Dr l era de color rojo. A pesar de la popularidad de este avión debido a su piloto, el mejor caza para los alemanes era el Albatros DV, armado con dos ametralladoras delanteras y era el más rápido, aunque no operó de forma efectiva hasta 1917.


Von Richtofen fue el piloto que más victorias consiguió al lograr derribar más de ochenta aviones enemigos. El Barón Rojo era la bisagra entre lo antiguo, al pertenecer a la aristocracia alemana y lo moderno, pilotando las máquinas del aire. Hasta la muerte de Richtofen estuvo llena de heroísmo al ser alcanzado por una bala durante un vuelo en abril de 1918. Sin embargo, el Barón Rojo logró pilotar su triplano y aterrizarlo para acabar pereciendo en tierra.  Su hermano, Lothar von Richtofen también fue un gran piloto en esta guerra y obtuvo la mitad de las victorias que su hermano, aunque sobreviviendo en este caso al conflicto.

De los pilotos aliados, el más laureado, con setenta y cinco victorias fue el francés René Fonck, pilotando un caza SPAD XIII y siendo junto a Guynemer, un héroe nacional y ganador de la Legión de Honor.

Por parte de Reino Unido, el piloto más laureado fue Edward Mannock, que tan sólo derribó dos aparatos menos que su aliado Fonck. Además, Mannock, como el Barón Rojo, cuenta con la circunstancia de que murió en combate en los últimos compases de la guerra. Algo que ha contribuido a aumentar su leyenda. El 26 de julio su avión SE-5a se estrelló envuelto en llamas tras un vuelo en el que había derribado dos cazas alemanes.

El canadiense Billy Bishop es el cuarto as de la aviación en la Gran Guerra, logrando derribar setenta y dos aviones. También fue piloto durante la Segunda Guerra Mundial y también sobrevivió a ella, siendo uno de los aviadores que más aparatos derribó en una sola incursión en junio de 1917 cuando atacó un aeródromo alemán y derribó tres albatros enemigos, logrando regresar a su base y aterrizar su avión a pesar de tenerlo muy dañado.

Todos estos hombres, junto con muchos otros, denominados ases de la aviación, fueron los pilotos que protagonizaron las primeras luchas en el cielo, surcando los aires y comportándose como caballeros en medio de una guerra sangrienta.

Fuente: https://revistadehistoria.es